por Adriano Dell´Asta
Profesor de Lengua y Literatura Rusa en la Universidad Católica de Milán y Brescia, Vicepresidente de la Fundación Cristiana Rusia, miembro de la Academia Ambrosiana.

 

«Estamos en guerra». Cuántas veces al inicio de la pandemia amigos europeos, rusos y americanos me animaron diciéndome: «Ánimo, que estáis en guerra», y hoy nos alentamos unos a otros diciéndonos: «Estamos en guerra»; insinuando que al final, quizá, conseguiremos vencerla.

Pero ni a mí ni a mis amigos puede ni debe bastarnos este optimismo implícito de quien está convencido que al final «todo irá bien». En la ciudad en la que vivo, cerca de Bérgamo, estamos literalmente rodeados por la muerte. Algunos días después del inicio de la tragedia que ahora todos vivimos, una de nuestras iglesias empezó a usarse como morgue porque ya no sabíamos dónde meter a los muertos.  Pero si “lo conseguimos”, si incluso al final vencemos, ¿qué diremos a quien mientras tanto no “lo haya conseguido”? Y ¿cómo haremos nosotros mismos para “conseguirlo” sabiendo que familiares y amigos no “lo han conseguido”? ¿Cómo haremos para que no nos asfixie el peso de una pregunta que no podremos eludir: «¿Por qué ellos y no nosotros?»?

La esperanza tiene que tener razones si no quiere transformarse en el irresponsable y egoísta «dejadnos vivir, nosotros somos fuertes» o en el paralizante fatalismo del «vendrá alguien a salvarnos». ¿Dónde se funda nuestra esperanza para que no sea la nueva ilusión de quien se creía dueño del mundo y se ha encontrado que ya no puede ni siquiera salir de casa, o para que no sea la vieja ilusión de quien cree arreglárselas confiándose a cualquier señor del mundo y que, así, terminará siendo igualmente prisionero, aunque de forma diferente?

¿Tenemos una razón para no desesperarnos en esta Europa que de nuevo parece no esperar otra cosa que poder perderse de nuevo en el cinismo de los ricos o en la rabia de los siervos rebeldes?

Pensando en este dilema entre la muerte que nos rodea y la Pascua, me ha venido a la mente una persona que no dudó de que hubiesen razones para no caer en la desesperación: se trata de Madre Marija Skobcova, una monja ortodoxa rusa que acabó viviendo en París y que después murió mártir el Sábado Santo del 1945 en Ravensbruck, donde los nazis la habían deportado por la ayuda que había prestado a los judíos. Madre Marija se había visto obligada a abandonar Rusia justo después de la Revolución soviética, en la cual había participado al principio compartiendo el sueño de liberación y renunciando por ese sueño a todo lo que tenía: el prestigio y las riquezas de su familia noble. Había sido una lucha dura que había combatido en el partido de los socialistas revolucionarios (terroristas) hasta convertirse en la primera alcalde mujer de la historia rusa. Después se dio cuenta de que sus sueños habían sido traicionados y fue expulsada de Rusia por voluntad de los nuevos señores bolcheviques. Se encontraba, así, en Occidente, en París, de nuevo sin nada; es más, con dos matrimonios a las espaldas, muchas aventuras sentimentales (de una de ellas había nacido incluso una niña) y nuevas tragedias, porque en aquellas condiciones de extrema pobreza y marginación llegó a perder otra hija, muerta de meningitis con cuatro años.

Ordenada monja, con esta historia en el trasfondo, Madre Marija escribió: «¿A qué nos compromete el regalo de la libertad que se nos ha dado? Estamos fuera del alcance de los perseguidores. Y hemos sido liberados también de las tradiciones seculares. Estamos fuera de cualquier costumbre. ¿Es esto una casualidad? En el campo de la vida espiritual no hay lugar para el azar, ni existen épocas más o menos afortunadas; en cambio, hay signos que necesitamos comprender y caminos que debemos seguir. Y nosotros estamos llamados a grandes cosas, porque estamos llamados a la libertad».

Había perdido todo, riquezas, reputación, posición: ¿qué era? ¿una cristiana un poco fundamentalista o una vieja revolucionaria? ¿una monja un poco desenfrenada o una noble fallida?

Pero aquella que para todos era, si no ya una derrota, una amarga broma del azar, se convirtió en libertad para ella: terminó en Ravensbruck donde hizo grandes cosas, encontrando la muerte en condiciones muy parecidas a las de san Maximiliano Kolbe. Hoy, canonizada por la Iglesia Ortodoxa, es Santa María de París y la Francia laica le ha dedicado también una calle en el corazón de su capital.

También para nosotros el mundo se derrumba y corremos el riesgo de perderlo todo, divididos entre cínicos y rebeldes, pero tenemos razones para encontrar un camino diferente y tenemos testigos que nos muestran ese camino.

Y no se trata sólo de la Madre Marija, una santa de un pasado lejano; se trata también de lo que el Papa Francisco llamó los «santos de la puerta de al lado», gente normal, como una estudiante mía, una enfermera profesional, que anteayer, después de tres noches de trabajo sin dormir, se desmayó y lo único que le preocupaba era que hubiese alguien que la reemplazara. Pero si hay gente así, también «nosotros estamos llamados a grandes cosas».