Antonio García Maldonado. Consultor y ensayista.

Desde el inicio de la pandemia, junto al drama cotidiano de los muertos y el derrumbe económico, ha convivido otro fenómeno curioso: el de inquirir a expertos en distintos campos del saber y de distintos sectores «cómo será el mundo tras la Covid-19». Nuestros medios y redes sociales se llenaron desde el comienzo de vaticinios, afirmaciones, predicciones y opiniones sobre cómo luciría el mundo tras superar el trauma del coronavirus. Y no era tanto un exceso de oferta como una hipertrofia de la demanda de respuestas: casi todos los que opinan lo hacen porque se les pregunta. Algo lógico, porque el ser humano necesita certidumbre –por más que el mundo económico y laboral, entre otros, se basen en gran medida en lo contrario, y de ahí bastantes de nuestros males colectivos–. Decía Cicerón que «la seguridad de la gente es la Ley Suprema», y en base a ella buscamos coordenadas básicas para manejarnos en este interregno doloroso.

Sin embargo, nadie sabe nada. No hay ningún arcano que ningún Oráculo pueda desentrañar para nosotros consultando ni las tripas de un ave ni recurriendo al Big Data. Porque no puede haberlo, o mejor, porque no debe haberlo. Asumir que podemos saber cómo serán las ciudades, o los empleos, o las casas, o las familias del futuro inmediato, es tanto como aceptar que nuestro papel en dicho futuro es nulo, en la medida en que si se puede anticipar es porque está prefijado. Sin duda hay tendencias de fondo, muchas de las cuales se venían observando antes de la pandemia, que nos ponen tras pistas sólidas en cuanto al funcionamiento de nuestra sociedad y de sus instituciones formales e informales. Pero de ahí a establecer escenarios tan definidos y cerrados, media un buen trecho que deberíamos –ciudadanos y expertos de todo tipo– tomar con cautela.

Sin embargo, esta profusión de vaticinios, así como la demanda que la provoca, nos muestra algo importante. El coronavirus ha funcionado como una suerte de solución de contraste, como esos brebajes utilizados en medicina para ver mejor el interior de un cuerpo que quizá necesite tratamiento o cirugía. Cada pregunta y sus respuestas nos enseñaban, más que un vaticinio sobre el futuro, una clara insatisfacción con determinados aspectos del presente y del pasado reciente. Síntomas no tanto de cómo creemos que deben ser nuestras sociedades, sino un hartazgo claro ante algunas de sus realidades actuales. De ahí que sea lícito ver en este exceso de vaticinios el síntoma positivo de una mínima esperanza de que las cosas deben cambiar –por más camufladas que estén las afirmaciones en un van a cambiar–, y no el cinismo desencantado tan habitual en otros momentos.  

 

Cuando se vaticina un nuevo impulso a las relaciones afectivas con amigos y familia, emerge la soledad presente. Cada vez que se prevé un futuro de ciudades más cohesionadas, verdes y mejor conectadas, asoma detrás el hartazgo por la insalubridad de unas urbes contaminadas e incómodas para vivir, no digamos para criar una familia. De la misma forma que cada vez que se augura el impulso definitivo a flexibilidad del teletrabajo, lo que destaca de fondo es el empacho de los atascos, la sensación de derroche vital al llegar a casa a deshoras con demasiada frecuencia. Si creemos que las democracias serán más consocionales y los líderes más dialogantes no es tanto porque ningún elemento nos lo haga creer así –las opiniones divergen aquí mucho–, como por el cansancio lógico ante una polarización exagerada, agobiante y desbordada. O si creemos que los ciudadanos aumentarán su consumo de prensa seria y rechazarán los bulos se debe más a nuestro deseo de cambiar el ambiente de una conversación pública imposible que porque los datos objetivos nos indiquen que vaya a ser así. Como le gusta decir a Manuel Arias, «toda predicción se sostiene secretamente en el deseo».

Uno de los vaticinios más significativos ha sido el de que muchos trabajos poco o mal considerados hasta ahora tendrán más reconocimiento material y simbólico en el futuro. Dado que entre quienes más nos han ayudado a sortear el confinamiento han estado cajeras, repartidores, riders, camioneros o kiosqueros, es lógico pensar que así será, al menos por un tiempo. Pero no deja de ser, también, una denuncia de un presente y un pasado reciente realmente cruel a este respecto. Décadas en las que se desplegó un lenguaje excluyente y darwinista social respecto al valor de determinados empleos y sectores –y regiones e incluso países– que no podía terminar bien. En nombre de la innovación y la competitividad –objetivos loables, en principio– se ha despreciado a mucha gente tratada sólo en base a sus habilidades –o skills, en la jerga–, sin más consideración ni a su dignidad, ni a su papel en el mundo, ni a sus necesidades más elementales, entre las que están un salario suficiente, pero no sólo eso.

Todo este debate se ha resumido en la pregunta dicotómica de si de esta pandemia saldremos siendo «mejores o peores». El hecho de que preguntemos y vaticinemos transformaciones positivas implica que esperamos algo digno del futuro, y eso ya es significativo respecto al pasado inmediato. Por eso, la solución de contraste de la pandemia ha revelado las múltiples caras del malestar, pero también ha mostrado que seguimos atesorando expectativas y esperanzas. Como si el médico que nos analizara hubiera encontrado múltiples patologías, pero también una fortaleza inesperada en nuestro sistema inmune capaz de doblegarlas pese a que el primer diagnóstico apresurado nos daba por perdidos. No es poco.