Paz Cuenca Villena. Graduada en Derecho y Administración de Empresas. Alumna del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

 

Aunque fuese a través de una pantalla, os vi las caras y me sentí, una vez más, agradecida. En todos imperaba la necesidad de diálogo, de conversación para entender el mundo. Os hice saber que estaba bien, que había pasado el Covid de una forma muy leve y que quien se había llevado la peor parte había sido mi pareja, ingresado diez días en el hospital por una neumonía pero bueno, ya está bien. Sonreí, guardé silencio y dejé que hablara el siguiente.

Después me quedé pensando en ese “pero bueno, ya está bien” pues, para no generar preocupación, resumí, probablemente, los peores momentos de mi vida.

El viernes, un día antes de que se decretase el estado de alarma, mi novio volvió del trabajo a eso de las doce de la mañana, me dijo que no se encontraba bien, que tenía un poco de fiebre y que, por precaución, en el hospital lo habían mandado a casa. No había pasado una buena noche, es cierto, pero peor fue la siguiente: empezó a sofocarse, a no respirar bien… Pareció mejorar al despertar pero, por la tarde, volvió a caer en fiebres altas, delirios y fatigas. Y así fueron los siguientes cuatro días: cuando parecía que mejoraba volvía a caer y cada vez más profundo. Las cinco veces que llamamos al teléfono habilitado obtuvimos la misma respuesta: “es joven, que aguante en casa”.

La madrugada del martes lo encontré deambulando por toda la casa y, entre delirios, decía “creo que mi sistema inmune me está atacando a mí mismo, no lo entiendo, no lo entiendo, este virus lo está volviendo loco”. La peor sensación de esos días no fueron las noches sin dormir, no poder acercarme a él o tener que utilizar guantes para algo tan ordinario como poner un termómetro. Tampoco fue no poder abrazarle para transmitirle mi fuerza, como hacen las madres cuando nos ponemos enfermos. Nada de esto fue lo peor porque nuestras miradas, que por esos días ya hablaban, se elevaron y aprendieron a cantar.

La peor sensación era verle en ese estado de desconcierto, pues él, hombre de ciencias de la salud, que llevaba años estudiando e investigando, no comprendía la enfermedad que lo embestía una y otra vez. 

Finalmente, llamó al hospital y sólo pronunció tres palabras: “no puedo más”. Tras varias pruebas y horas de espera, la doctora me comunica que debía quedarse allí: tenía una neumonía bilateral muy grave y apenas llegaba oxígeno a sus pulmones. A mí me recomendó no salir de casa durante quince días, pues era muy probable que estuviera contagiada.

Regresé pero sin rumbo. Estaba allí pero, a la vez, no sabía, no entendía, no estaba… Lloraba, dormía y rezaba. ¿Cuánto había pasado? ¿Segundos, días, horas, meses? Aclaraba la voz cada vez que hablaba con mi madre y ponía mi mejor tono para que no se preocupara y pudiera escuchar ese “mamá, estoy bien”. ¡Qué haríamos sin ellas!

A pesar de no poder estar a su lado y de que mi única información era la llamada diaria de un médico, era consciente de que estaba en las mejores manos, las de sus compañeros. Recibí decenas de mensajes de ánimo, de personas muy cercanas y de otras que se acercaron todavía más. Así supe que estaba protegido por todos aquellos que lo encomendaban.

Durante esos días de angustia, las predicciones de la doctora se confirmaron, pues perdí por completo el sentido del olfato y del gusto. Algunos amigos me comentaron que aprovechara para comer aquello que no me gustase. Sin embargo, me vi valorando la presentación de un plato o apreciando la textura de la comida. Pequeños detalles en los que nunca nos fijamos demasiado.

Soledad, tristeza y fe serían las palabras que resumirían esos días. Hasta que los mensajes del médico comenzaron a ser positivos y esas tres palabras se transformaron en una sola: esperanza.

Volvió a casa débil, pero con hambre de vida. Vuelven las sonrisas, los abrazos, las comidas ricas, las miradas que cantan… Le enseñas tus avances al piano con Para Elisa y tu nuevo hobby de confinamiento, el yoga. Le enseñas a volver a casa, y él te recuerda lo que era el hogar. Vuelve el orden, el sosiego, la paz. Vuelve la vida, tu vida.

El domingo de Pascua el mundo volvía a sonreír, el sol nos acariciaba a través de la ventana, la 25ª sinfonía de Mozart colmaba el ambiente mientras leíamos. Entonces, mi padre llama por teléfono. La abuela había fallecido.

¡Qué dolor! Me abrasaba no poder decirle adiós ni acompañar a mi padre en el desconsuelo. ¡Una madre! Temía llorar, pues el llanto es algo tan íntimo que no nos gusta manifestarlo. El único sosiego que pude encontrar esa mañana me lo ofreció el papa Francisco en la misa del domingo de Resurrección. Que las rivalidades, dijo, “no recobren fuerza, sino que todos se reconozcan parte de una única familia… No es tiempo de egoísmo porque el desafío es de todos. No es tiempo de división. Que Cristo ilumine a los que tienen responsabilidades en los conflictos… La resurrección de Cristo es la victoria del amor sobre la raíz del mal.” Este año había sido mi abuela quien había acompañado a Jesús en la ascensión a los cielos.

Recuerdo su rostro alegre cada vez que nos veía, sus besos eternos que culminaban con un pellizco en la mejilla, no precisamente suave, y su “¡qué hermosura!”. Los veranos que pasábamos en el pueblo y el guiso (o guisote, como ella decía) de patata, carne y espinacas. El genio, parecido al de mi hermano, que asomaba las veces que se enfadaba. Maravillosa similitud. Y su espíritu trabajador, ejemplo de que con esfuerzo y sacrificio es posible empezar de cero y construir un pequeño imperio.

Un año antes, el día que falleció mi abuelo, cogí en Atocha el primer tren que salía para casa. Durante el trayecto leí un librito de Jesús Montiel y me guardé los siguientes versos:

“Acaba de posarse una paloma en el alféizar. Me ha mirado algunos segundos y un movimiento mínimo ha bastado para que emprenda el vuelo. La vida es también un paréntesis entre dos vuelos. Primero caemos de un nido oscuro, inmemorial, en esta vida extraña. Luego, en el segundo vuelo, partimos a un nido envuelto en bruma, secreto. Quien parte con más amor, curiosamente, vuela más ligero.”

No se me ocurre mejor forma de despedirla que rememorando esos versos para desear que se encuentre con mi abuelo y que vuelen muy alto, juntos, y desde ahí arriba cuiden de nosotros.

 

Antonio Peiró Amo. Pandemia.  Escultura en piedra de 20 kilos de peso, tallada sin medios mecánicos.

 

Día tras día, una ve el avance de la situación. Escuchamos las cifras de contagiados, fallecidos y recuperados. Los test y mascarillas que no llegan, los que llegan y son defectuosos. Las curvas tipo V, tipo U, tipo L, tipo W, ahora V asimétrica. Las familias con niños que pueden salir a la calle, también las “monomarentales”. Las fases de la “desescalada”, la fase 0, la fase 1 que no es la primera pero sí la inicial, la fase 2 que a pesar de haber cuatro es la intermedia y la fase 3 cuyo fin es alcanzar la “nueva normalidad”. O titulares como este: “Mientras la cifra de fallecimientos se mantiene estable, el FMI prevé que la economía española se desplome un 8%…” ¿Se mantiene estable? ¡Son cientos de vidas que se apagan cada día!

Sin duda, a muchos entretendrá este circo de curvas, fases, estadísticas, titulares vacíos y palabras inexistentes. Ya decía Javier Gomá hace unos años que, quizá, “el estado actual de la lengua es deficiente por la plasmación en el ámbito lingüístico de esa vulgaridad ética y estética hoy dominante”. Y no se equivocaba. Se esconde la tristeza y se exponen mensajes triviales que no suscitan sentimiento alguno, y si algo generase que sea, si acaso, una sonrisa, que el llanto es demasiado incómodo. 

Espero, sin embargo, que otros muchos necesiten más. Que les preocupe la crisis económica, sí, pero que sientan una gran desazón por la crisis humana que padecemos. Que deseen con lo más profundo de su alma que la espiritualidad vuelva al mundo.

Dicen que es fácil callar, pero no es cierto. La sociedad inquieta no calla. No obstante, ahora que el tiempo se mide diferente, que corre más despacio, tenemos la oportunidad de escuchar y de hablar. Ahora, más que nunca, hay que contar el dolor: es íntimo, pero ha de ser escuchado. Convivimos en este humus pero son los sentimientos los que nos hacen verdaderos seres humanos. Solo hay que poner atención y escuchar el grito, escuchar cómo se transforma cada día el enfado, la rabia y la decepción social en versos, en música y en arte. Ahora, más que nunca, la sociedad inquieta llora.

Hay que humanizar las cifras, poner nombres y contar historias. Hoy os he contado la de José María, mi superhombre y la de quien da el título a este humilde escrito, mi abuela Anuncia.