Entre el deseo personal y la realidad del poder: populismo y COVID-19

Juan Pablo Serra. Profesor de Humanidades y Política en la Universidad Francisco de Vitoria y la Escuela de Liderazgo Universitario.

Como una suerte de flujo y reflujo, durante estos meses de confinamiento se han sucedido tanto los pronósticos de los intelectuales acerca del mundo posterior a la pandemia como la crítica subsiguiente que señala las carencias de sus augurios. Es normal, se dice, que abunden las predicciones en tiempo de crisis. Creer, sin embargo, que alguien puede saber cómo serán las ciudades, los empleos, la educación o las relaciones humanas del futuro más inmediato es no entender la naturaleza de un vaticinio, que se basa en aislar algún factor de la totalidad de la situación y dejar en la oscuridad el resto.

¿Con qué criterio? A veces —como Fukuyama o Harari—, asumiendo que la crisis traerá algunos cambios pero no modificará las tendencias que ya había antes. Otras veces —como con Zizek, Agamben o John Gray—, enfatizando que la novedad será la nueva norma. Es cuando ponemos a “dialogar” estas proyecciones que advertimos el modo en que adaptan la observación del presente a la teoría previa o, en feliz expresión de Arias Maldonado, que “toda predicción se sostiene secretamente en el deseo”.

Algo de este cariz me ha parecido que subyace en los análisis de periodistas, especialistas y observadores que se han asomado al desempeño de los gobiernos populistas en relación al COVID-19. La crisis de la democracia asociada al resurgir del populismo ya era, antes de la llegada del virus, uno de los grandes temas de nuestro tiempo. De esta guisa, a la hora de analizar la reacción y las medidas adoptadas por los distintos líderes populistas a lo largo y ancho del globo, si algo sale a la luz es, justamente, la idea previa de sus autores tanto respecto al populismo —su origen, alcance y previsible deriva— como sus deseos secretos acerca del tipo de democracia que entienden valiosa.

 

 

El problema es que la teoría no termina de explicar in toto las acciones de los populistas en estos meses. La discusión académica señala la ambivalencia del populismo, pero, más o menos, coincide en señalar que el populismo es un estilo de hacer política y una ideología delgada (Cas Mudde) de crítica de la democracia en nombre de la democracia que considera a la sociedad dividida básicamente en dos campos homogéneos y antagónicos, el pueblo (puro) frente a la élite (corrupta) y que sostiene que la política debe ser la expresión directa de la voluntad general del pueblo.

¿Puede sobrevivir el populismo al COVID-19?, se preguntaban en un reciente paper de Relaciones Internacionales y en varios artículos de medios extranjeros. La intuición de muchos, también en España, es que los gobiernos populistas son malos gestionando un problema de esta envergadura y, por tanto, que la epidemia pasará una factura política a la sociedad y al populismo. La realidad, no obstante, no coincide del todo con estos deseos, pues la pandemia ha forzado a más de uno a abandonar el estilo y retórica populistas y adoptar, a cambio, un perfil más político y estadista.

Es cierto que, al inicio de la crisis, Erdoğan en Turquía, López Obrador en México, Bolsonaro en Brasil o Putin en Rusia desoyeron las advertencias de los expertos de la OMS y evitaron las restricciones de movimientos y las medidas de distanciamiento social. Pero también lo es que al poco tiempo, y aún sin decretar el encierro total, Turquía respondió con agilidad y aumentando el número de tests; que el incremento de muertos modificó la inicial pasividad de Donald Trump y le llevó a declarar la emergencia nacional y el cierre de fronteras (aunque posteriormente volviera a las andadas y anunciara la suspensión de la contribución estadounidense a la OMS); y que la magnitud de la amenaza “redimió” momentáneamente a Boris Johnson, que se puso en manos de sus asesores científicos y decretó un estricto confinamiento.

Otros líderes populistas, en cambio, aprovecharon la coyuntura para concentrar poderes, reprimir libertades e imponer penas de cárcel para quienes difundieran información alarmista, como Viktor Orbán en Hungría o Rodrigo Duterte en Filipinas, que enarbolaba la ley marcial mientras perseguía a opositores y activistas. La pandemia, en fin, ha dado cobertura para recuperar medidas severas ejecutadas por la policía o el ejército como toques de queda, porras y gas lacrimógeno en Kenia, Sudáfrica o la India. Y, a la vista del éxito en la contención de la enfermedad en países asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Singapur), se ha llegado a cuestionar la reticencia de las democracias occidentales a la hora de monitorizar a sus ciudadanos, sobre todo cuando los gobiernos han podido restringir movimientos, intervenir empresas, cerrar colegios, negocios y tráfico aéreo sin apenas protesta.

Ahora bien, ¿es la reaparición del músculo del poder algo específico del populismo? En absoluto. El empleo de la fuerza, los decretos, la ausencia de debate parlamentario o incluso la llamada a gobiernos de concentración no son definitorios del populista. En cierto sentido, escribe David Runciman, pertenecen a “la esencia de la política”, que consiste en que “algunas personas dicen a otras qué deben hacer”. En una emergencia de las características que estamos viviendo, las democracias no son tan distintas de otros regímenes en su voluntad de poder y orden.

Teóricos como Jan-Werner Müller identifican este resurgir de la política en toda su crudeza con un primado de lo político del que sería razonable prevenirse. Confunde, creo, lo político con la forma del Estado totalitario, que es, a decir del jurista de Estado Javier Conde, una forma política en la que todo es político y una organización determinada por la posibilidad de la guerra total. Sin embargo, que la crisis revele el modo en que lo político sobresale por encima de la economía no significa que todas las decisiones de los políticos sean las mejores ni las más aceptables. Pero sí nos recuerda que, en el núcleo de toda política, hay una arbitrariedad inevitable. La falta de conocimiento que rodea al COVID-19 hace evidente que no hay respuestas “fijas” ni absolutamente mejores con que guiar su prevención y gestión política. Por eso, añadía Runciman, no es irrelevante cómo sea el gobierno de tu nación: “a pesar de que la pandemia es un fenómeno global, y se experimenta de modo similar en muchos lugares distintos, el impacto de la enfermedad está en gran medida determinado por las decisiones que toman los gobiernos particulares”. A las democracias les cuesta tomar decisiones difíciles y prefieren dar largas a los asuntos pero, cuando no queda otra, se adaptan, resisten y conviven bien con los riesgos. El autoritarismo chino también dilata el momento de pasar la acción, pero llega mucho más lejos en sus confinamientos y otras medidas de prevención en tanto prima los resultados inmediatos.

Puede que sea insensato anunciar lo que ocurrirá con el populismo de aquí en adelante. Lo que, quizá, podamos asegurar es que la presente crisis premiará a aquellos que hayan sido auténticos políticos, esto es, a aquellos que, reconociendo la necesidad humana del poder, lo ejerzan como servicio, como responsabilidad personal y, sobre todo, con humildad y conciencia de la limitación propia de todo ser humano. Si hacemos caso a Romano Guardini —que es quien me inspira estas ideas sobre el poder—, no sería descabellado pensar que los políticos que admitan errores fortalecerán su poder. He ahí una sugerencia —y, sí, un deseo— para futuros acontecimientos.


 Ricardo Franco: El compás jondo de cada día

Ricardo Franco. Director de la Editorial Nuevo Inicio.

Qué difícil es meter en la exigua horma de este artículo todas las palmas y silencios de nuestro cante. ¿Cómo  voy a canalizar todo este torrente para que ustedes beban? Pero algo hay que decir; así que me arranco…

  Podríamos aludir a un estrato popular como “verdad musicalizada de la experiencia”, pero ciertamente, una descripción así no llevaría a nadie al Sacromonte o a un tablao de madrugada. Por eso, es mejor partir del contenido emotivo, humano, por tanto universal, del cante jondo.

  Para ir haciendo boca, y polarizando al máximo el ejemplo,  imaginemos a un hombre  que sufre  ese escalofrío mortal que nos atraviesa a nosotros, sobre todo ahora. Pero su creatividad y su sensibilidad, en este contexto de fatiguita doble, sublimó el escalofrío en tercios y coplas acompasadas, aprendidas de otros, quién sabe cuándo. Al ver pasar un carro hacia la morgue reconoció una mano. Quizá de su hija. Quizá de su madre, o de su amada: 

“En er carro de los muertos,

ayer pasó por aquí,

yebaba la mano fuera...

por eya la conosí”

Esto es el Cante Jondo. Pellizco, picotazo, y gañafón de un drama incomprensible. De nuestro mismo drama por antonomasia. Un drama a compás de nudillo y palmas  donde descargar el peso de la jornada o ensalzar un fugaz e inesperado gozo. 

El cante es como un árbol del que cuelga la trágica  seguiriya, la solemne Soleá y los Fandangos arracimados en centenares deTarantas, Granaínas, y Malagueñas, pero su raíz nace de una herida sin anestesiar de sufrimiento y belleza indescriptible, excepto para el cantaor, que se convierte, de este modo, en voz rumiante y profética de nuestra experiencia humana. 

Todavía cae la sombra sobre el origen y formación de nuestro arte. Ahí tienen trabajo de sobra filólogos y musicólogos.  Sí podemos decir que el Mediterráneo esparció hasta nuestra costa el milenario canto de Tartessos, el lamento judío y el musulman; cómo no, también el cristiano; incluso vinieron sones del Nuevo Mundo para desembocar como riachuelos en el aljibe profundo de un hombre andaluz, que recoge en su memoria todo ese flujo milenario. 

Desde el romance de Castilla hasta el cancionero de Demófilo, padre de los Machado, la literatura cede, -o el Flamenco toma- un torrente de imágenes y contenido. También los cantaores, analfabetos de cuna,  pero doctores de vivencias, crean  infinitos tercios sobre el amor y los celos, la vida y la muerte, el vino y el hambre. Porque la creatividad no distingue clase social ni pajaritas blancas para ser culta. No hay más que recordar a Manuel  Santos Pastor “Agujetas”, flamenco salvaje, paradigma gitano, desentendido de la  servidumbre educativa y selectiva del payo, que abandona su fragua e inventa mil estrofas sembradas de noche y paridas al alba de su memoria sin fondo, como si la ausencia de letras y números hubiera dejado el espacio necesario donde desbocar su poética rabia. Y yo me pregunto si eso no es cultura ¿No hacen lo mismo el compositor o el poeta? Entonces, ¿Por qué el Flamenco es mirado con desdén? ¿Quién decide la altura cultural de una expresión? ¿Quién sabe…?

 

El hecho es que el Flamenco ha sufrido dos grandes desprecios:

El desprecio clasista de cierta intelectualidad que lo desterró al limbo de lo “folclórico”, y la ignorancia supina de las españolitos, acomplejados de sí mismos, y religiosamente entregados a colonizadores divertimentos foráneos, “porque eso sí que es moderno…” Pero el Flamenco,-no lo olvidemos-, es la celebración poética y musical de la vida -sin censuras melindrosas- cuyo nacimiento no está en conservatorios o pentagramas, sino alrededor de las fogatas de las gañanías, los patios de vecinos, las fraguas, las barberías, los bares y burdeles con un mismo fuego: el fuego del hombre hecho Cante como profecía sedienta de otro mundo. 

Su génesis está circunscrita a las familias- sobre todo gitanas-, a los amigos, a las comidas y las cenas, a las tareas diarias que conforman lo humano, cuando el hombre no sufría  la injerencia abusiva de la tecnología, y necesitaba encontrarse y divertirse con los otros. De hecho, y como muestra de este triste botón desgastado, ya no nacen artes como el nuestro: único y misterioso. Es más, casi parece que ya no nace nada realmente bello, desde que nos abrazamos a un eterno presente que desdeña la tradición, el encuentro fraterno y el pasado.

En cualquier caso, el Flamenco no necesita defensa, porque se defiende solo. Le basta ser visto y escuchado,-en vivo a ser posible-, y dejarle respirar: que respire un poco en su silencio. Porque el Flamenco fetén, “el que sabe a sangre” en la boca de la Piriñaca -no el de radiofórmulas de hora punta-, es un acontecimiento  de humanidad tal que la televisión o la radio no logran reproducir. Hace falta estar encima, escuchar el aliento cantaor y el golpe de los dedos en la guitarra, como llamadas en la puerta de una vida que no ha cumplido su palabra. Entonces sí comprenderemos aquel temblor remoto, primigenio y anterior a todo, incluso al dinero y al prejuicio, para ver la fragua, la mina, el corredor carcelario, la flor silvestre, los amores, el agua clara, el verde oliva de unos ojos que ronean, y los tragos de asombro que se vuelcan en las grietas de esta voz centenaria. 

Quiero terminar recordando el eco jerezano de mi amigo José Duende, cantaor de las Cavas de mi Madrid calé, que en noches insomnes invocaba al espíritu melancólico de la Soleá para aligerar el peso de nuestra penas entrelazadas “como la morera por los vallaos”, y  mi corazón entonces, soñaba en sueños un no sé qué de horizonte atardecido, donde liberarnos por fin del peso de las duquelas y sus bajonazos. 

Por Undebé se lo pío…Acérquense al Flamenco. Háganse el favor. Háganme caso. Seguramente vibre en su alma algún compás perdido de ese Espíritu que sobrevolaba el  primer amanecer del mundo, alumbrando un nuevo canto.


Editorial

Víctor Pérez Díaz ha teorizado en numerosas ocasiones acerca del ruido mediático que intoxica la conversación pública. Los bulos, el exceso de datos que recibimos y la propia incapacidad para elegir de quién queremos fiarnos, contribuyen a una intoxicación del debate. En esta situación que no es de desinformación, sino de sobreinformación, es imprescindible, en primer lugar, recuperar la perspectiva y, en segundo lugar, saber detenerse allí donde uno reconoce su desconocimiento.

Si observamos lo que está sucediendo y lo hacemos sin un ánimo partidista podemos ver a un Gobierno que hace lo que puede y que se desenvuelve bastante mal gestionando problemas concretos. Desde el principio fue un Gobierno que nació con la gran dificultad de que las partes que lo integraban no se deseaban mutuamente, y así lo declaró Pedro Sánchez en repetidas ocasiones. Un Gobierno que multiplicó Ministerios de trampantojo para satisfacer cuotas de poder y de imagen, pero que no estaban pensados para responder a problemas concretos ni ocupados por los más capaces.

La respuesta a la crisis fue lenta y ha multiplicado exponencialmente los efectos del virus. La miopía del Gobierno para entender la situación y responder pronto merece ser estudiada con detenimiento. Se puede entender que se debe a un Gobierno inútil e ideologizado que solo se interesa por las cuotas de poder, pero una simplificación de esta naturaleza solo nos impediría ver que el desmembramiento del Estado y las políticas nacionalistas a lo largo de cuarenta años han convertido a la Administración en un monstruo con pies de barro. El ejemplo más sangrante lo encontramos en el Ministerio de Sanidad, incapaz de recibir datos fidedignos de contagios y muertos. No es que el Gobierno mienta siempre, es que tenemos un Estado al que hemos dejado ciego y sordo, y ahora le pedimos que corra y llegue pronto sin tropiezos. Pero también el Ministerio de Educación ha resultado poco operativo y ha generado mucha inseguridad. Tenemos un modelo que ni delega realmente en las Comunidades Autónomas, ni apuesta por una centralización. Nuestro modelo regional se encuentra en una indefinición insostenible fruto de componendas a lo largo del tiempo y solo ha conseguido sobrevivir gracias a la inercia histórica, pero el así llamado “problema catalán”, y ahora el COVID-19, muestran la urgencia de una revisión. 

Al lado del Gobierno, pero en la otra orilla, se encuentra una oposición igualmente desubicada que se debate en una crisis ideológica interna y que, dividida, pugna por mostrar cuál es más auténtica. Una oposición que se opone para definirse y que se preocupa más por la imagen que quiere dar que por los problemas concretos con los que debe colaborar. No hemos visto una oposición que tenga la autoridad para corregir al Gobierno con sensatez, ni para apoyarle cuando ha debido hacerlo. En los últimos años se limitó a un discurso institucionalista que se escondía en el formalismo jurídico para evitar tomar decisiones sobre el sentido y significado de la política. Por un lado acusaba a la “izquierda” de salirse del marco constitucional, lo cual no es cierto, y por otro se resistía a tomar decisiones de fondo. La desatención de la derecha española al sistema educativo, al modelo territorial del Estado, al sistema sanitario, la cultura, o al problema del cuidado de los más vulnerables ha dejado en manos de los socialistas la definición del contenido material de nuestra vida en común. La derecha debe asumir con serenidad su mendicidad ideológica y revisar sus ideas a la luz de la experiencia colectiva que estamos viviendo. Esto le permitirá ser leal con el Gobierno sin desdibujarse y sin desatender sus obligaciones de crítica y corrección al poder.

Tenemos una sociedad mucho más sana de lo que podría parecer. No es cierto que “tenemos lo que nos merecemos”, porque ni lo que tenemos es tan malo, ni nosotros somos lo que decimos ser. Esta forma de vernos es parte del pathos típicamente español y de un “neo-regeneracionismo” al que le encanta predicar las miserias patrias. El español parece recrearse en el nacional-masoquismo y esto le impide ver lo valioso que tiene ante sí. El pueblo español en su conjunto está demostrando ser uno de los pilares más sólidos sobre los que construir la política de los próximos años. Vemos una sociedad que no está dispuesta a claudicar ante ninguna tentación autoritaria, que exige libertad de prensa, que critica las ineficiencias y que comenta al minuto los Decretos del Gobierno provocando rectificaciones inmediatas. Una sociedad que tiene buen gusto y criterio para aplaudir y señalar las acciones generosas, heroicas y solidarias de los demás, que aprecia los gestos de unidad y de colaboración y que, en su conjunto, rechaza la crispación y el odio. Hemos visto una sociedad que, tan solo un mes después de los debates sobre la eutanasia, ha demostrado querer hacer un sacrificio enorme por los ancianos. Estamos viendo también una preocupación general por nuestros muertos y un cuidado exquisito por conservar los cuerpos. A pesar de la dureza de las imágenes de las morgues, los cuerpos están ordenados, con su nombre, un ataúd, y una enorme dignidad. ¿Por qué damos por supuesto que no se hayan hecho fosas comunes y que se no se hayan hacinado los cuerpos? Todavía valoramos a nuestros mayores, reconocemos la dignidad del cuerpo y la necesidad de velarlo, lo cual es signo de una gran altura cultural. 

Valga esto como ejemplo de que quizás lo que en verdad nos pase a los españoles es que no sabemos observar y que, por vicio nacional, criticamos lo que tenemos, y solo defendemos lo que ya hemos perdido.

Hay una crisis grave que lo sacude todo, pero esto no debe distraernos del debate esencial en este momento. Debemos centrarnos en la duración del estado de alarma y en la teleología de las medidas económicas excepcionales, que deben ser transitorias y orientadas a fines precisos para que no se hagan estructurales. La economía debe volver a tener pulso, y si eso se produce en un plazo compatible con la supervivencia de las familias, el debate será agrio e intenso, pero pasajero. 

 

Por Fundación Conversación.


Daniel Capó: Una traición esperanzada

 

Daniel Capó.

Como era habitual entre los antiguos, al papa san Gregorio Magno le gustaba detenerse en la numerología. Hay, diríamos, un mundo que se oculta tras el eco sigiloso de los guarismos y las letras. El número siete –explica Dom Nault- le fascinaba especialmente: hay siete vicios y siete virtudes, siete dones del Espíritu Santo y siete bienaventuranzas. Como sorteando una arquitectura laberíntica, el pontífice romano localizaba pasadizos secretos que conectaban una estancia con otra. Sabía que los símbolos dicen siempre más de lo que dicen, ya sea por su valor alegórico o por el matiz que sugiere una imagen, por las emociones que suscitan o por su riqueza expresiva. Como monje, san Gregorio conocía bien la tradición del desierto y sus tentaciones. Una de ellas, la más conocida, es la acedia, el demonio del descuido, que san Gregorio traduciría como “tristeza”; aunque quizás fuera mejor decir “tristia”: las tristezas, así en plural, como los poemas de Ovidio.

La tristeza nos habla de un alma agotada, desengañada del mundo, sin grandes esperanzas. De ahí a la pereza, al abandono de las obligaciones y la depresión apenas media un paso, un leve gesto de la voluntad. Lo que es pasajero se convierte así en una tierra baldía. Además, los padres del desierto reconocían otra modalidad de tristeza: esa pesadez agobiante del verano que agita las moscas y las azuza furiosas contra hombres y animales. La ira característica del activismo, ese ajetreo agónico de quien no puede permanecer en silencio ni a solas consigo mismo son propios también de la acedia. Tanto en el abatimiento como en la airada desesperación arraiga un mal proteico que arrastra la conciencia de los hombres y los pueblos hacia una estación Termini nada extraña para nosotros: la de una esclavitud del alma capaz de encerrarnos tras los pesados barrotes de una realidad que percibimos asfixiante.

También la Europa actual da la impresión de ser un lugar definido por la tristeza: una sociedad cansada, envejecida y presuntuosa, que se mueve entre la ira ideológica y la desesperanza. El continente se sueña a sí mismo como un espacio puro que oculta nuestras culpas, lo cual es como decir que reniega de su responsabilidad mientras que la verdadera grandeza de la cultura europea se sustancia en algo muy distinto, en una traición esperanzada. Se diría que el orgullo de pertenecer a “una nación de traidores” –en palabras del ensayista Rémi Brague– define el camino de Occidente. Traidores a esa tristeza consistente en pensar que la realidad no es capaz de más, que la Historia nos aplasta y nos reduce a la impotencia y la esterilidad. Brague lo argumenta con exactitud en un librito precioso titulado La vía romana, en el cual reivindica la provechosa fecundidad de una idiosincrasia que se abre continuamente a la potencialidad de lo elevado. Ya hace muchos miles de años, el poeta Homero nos habló de una guerra trágica: la de Ilión, que hermana a los pueblos en la desgracia común de la humanidad; y de un héroe: Odiseo, que persigue su destino más allá de los mares. Es el mismo impulso que se rebela contra el mal de la tristeza en nombre de la esperanza. 

Otro autor, el alemán Ernst Jünger también observa en algún lugar de su obra que el hombre se sitúa entre dos polos: uno es el pasado que empuja, otro es el futuro que atrae a sí como un imán. El pasado representa la carga de la historia manifestándose incluso en las diminutas variaciones genéticas del ADN o en los pliegues ocultos del cuerpo. El imán, en cambio, se encuentra fuera de nosotros, como un país lejano que nos invita a marchar hacia lo desconocido. No se trata de la proyección de nuestras debilidades, de nuestros miedos o de nuestro abatimiento, sino de la esperanza de un horizonte que conjure la maldición solipsista.

¿Qué queda de ese horizonte en nuestro mundo? ¿A qué nos llama la UE? ¿Hacia dónde nos dirigimos? No lo sabemos y, al ignorarlo, vamos quedando encorvados en el estrecho cerco de lo inmediato. La tragedia de la Unión reside en un relato que ya no aspira a decir nada relevante y que se conforma con ir contando las horas de modo circular, sin propósito ni destino. Nos aguantamos unos a otros por el común beneficio de estar juntos, pero sin atrevernos a dar un paso adelante. En ocasiones, surgen movimientos populistas que reflejan un hondo malestar y llaman a romperlo todo. En otras, se impone la inapetencia de los intereses pequeños, la letra menuda de la contabilidad presupuestaria, mientras el debate público se degrada, los salarios se erosionan y la fractura social se agranda. Europa emprende su particular viaje de invierno, rota en mil fragmentos –nacionales y familiares, individuales y de género–. Y lo cierto es que la tristeza llama también a una soledad sin vínculos, a una soledad enferma. Nada que no supiera ya hace siglos un viejo papa romano, fascinado por la simbología secreta del siete: que toda ruina es combatida por una nueva esperanza. Busquemos esa esperanza en nombre de la civilización.   


Ramón González Férriz: Sabemos lo que nos pasa

 

Ramón González Férriz

Ramón González Férriz es periodista. El mes que viene la editorial Debate publica su nuevo libro, "La trampa del optimismo. Cómo los años noventa explican el mundo actual".

 

En un artículo publicado en 2014, después de la crisis financiera pero antes de la oleada populista, el filósofo estadounidense Mark Lilla lamentaba que hubiéramos dejado de pensar en la Guerra Fría, el marco político que rigió el mundo durante casi cuarenta y cinco años. Y, sobre todo, en lo que su final había significado. “No hemos reflexionado lo suficiente acerca […] del vacío intelectual que dejó” decía. “Aunque no sirviera para nada más, la Guerra Fría nos hacía estar concentrados”. Al menos, sabíamos que había dos sistemas en competición, el comunismo y el capitalismo, y sabíamos lo que defendía cada uno: no sólo cuáles eran sus ideales más o menos inalcanzables, sino cómo se traducían en la práctica, en la vida de cientos de millones de personas. En 2014, decía Lilla, “el fin de la ideología no significa que haya desaparecido la oscuridad. Ha traído una niebla tan espesa que ya no podemos leer lo que está justo frente a nosotros. Vivimos en una era ilegible”.

Diría que ya no es así. En los años transcurridos desde que Lilla escribiera eso, se han aclarado unas cuantas cosas. En primer lugar, en el seno de los países occidentales la gran batalla se libra no solo entre los bloques clásicos de la socialdemocracia y la democracia cristiana, sino, más lenta y profundamente, entre los defensores de un sistema democrático con libertades liberales y los partidarios de una concepción mucho más autoritaria y plebiscitaria de la democracia. A escala global, se está definiendo un panorama muy parecido al de una nueva guerra fría entre Estados Unidos, que tiene sus propias derivas nacionalistas pero sigue siendo básicamente una democracia liberal, y China, un poder emergente que ha convertido el comunismo en un tecnoautoritarismo nacionalista. Esta guerra fría tiene lugar en los ámbitos del comercio internacional, la tecnología y, cada vez más, en la lucha por la influencia en terceros países. En este contexto, la Unión Europea tiene varias opciones. Puede a) intentar convertirse en el tercer gran poder del escenario geopolítico;   b) seguir siendo una fiel aliada de los estadounidenses, aunque deteste a su presidente; c) intentar mantener calmado a Estados Unidos mientras teje alianzas con China ahí donde a los estados europeos, individualmente, les convenga; o d) ser perfectamente irrelevante como lo fueron los países no alineados durante la Guerra Fría. Esperen una combinación de la c y la d.

Pero quedémonos en el frente interior. En los últimos años, se ha producido una cascada de acontecimientos que ha favorecido de una manera increíble (no sabemos aún qué nos queda por ver) las perspectivas de los autoritarios. Una inmensa crisis financiera provocada en buena medida por la ineptitud de las élites regulatorias, una gestión de esa crisis por parte de las autoridades del euro que evidenció las muchas deficiencias de la arquitectura institucional de la UE, la entrada masiva de dos millones de refugiados en Europa durante la guerra de Siria en 2015 y 2016, el auge de las guerras culturales en torno a la identidad (en las que muchas veces la derecha ha copiado las tácticas victimistas de una parte de la izquierda) y, finalmente, esta pandemia, en la que muy probablemente las autoridades tradicionales volverán a perder prestigio, crecerá la tentación de controlar a los individuos y aumentará el peso del Estado para poder frenar los contagios y sacar a la economía de un parón sin precedentes.

 

Editorial DEBATEEditorial Debate

 

Estas tentaciones, en su grado máximo, son ya una realidad en lugares como Hungría, donde el presidente Viktor Orbán ha aprovechado la crisis del coronavirus para hacerse con poderes casi absolutos y sin límite temporal, mucho más propios de una dictadura que de una democracia con contrapesos entre las diferentes ramas del Estado. Pero es algo que cabía esperar vista la deriva iliberal del país, por no hablar de Rusia o la propia China. Más preocupante que eso, en cierto sentido, es que incluso los estados dirigidos por partidos democráticos con impecables credenciales liberales van a tener la tentación de extender el poder del ejecutivo. Sin duda esto puede tener sentido en una crisis como la actual, y muy probablemente deberíamos apoyar a los gobiernos que así lo hagan. Pero sabemos que a los estados luego les cuesta enormemente renunciar a los poderes adquiridos en tiempos de crisis. Y sabemos perfectamente que las medidas autoritarias —las que invaden la privacidad, las que cuestionan los derechos cívicos, las que perjudican a las clases trabajadoras por sus ocupaciones o sus costumbres— son en muchos casos obra de gobiernos bienintencionados que creen que se limitan a racionalizar el comportamiento del Estado y de los ciudadanos sin darse cuenta de que están subvirtiendo su carácter democrático. De modo que adelante con las aplicaciones que rastreen nuestros movimientos para prevenir contagios, adelante con alguna forma de DNI biológico, adelante con la restricción de movimientos en función de la edad de los ciudadanos. Si estamos seguros de que son medidas imprescindibles y, en todo caso, reversibles y temporales, deberíamos aceptarlas, aunque resulten inquietantes. Pero no sin dejar de recordar con frecuencia su carácter excepcional y su potencial destructor de la democracia.

Todavía no sabemos definir exactamente las ideologías que van a enfrentarse en esta inminente nueva guerra fría, salvo que descienden del capitalismo de la posguerra mundial, por un lado, y de variaciones al autoritarismo, por el otro, y que no son exactamente las mismas de hace una década y media, antes de la crisis financiera y la oleada de populismo. Pero una vez más va quedando claro que el centro de la disputa, además de la desnuda lucha de poder, lo van a ocupar dos —o tres, si Europa decide aparecer— concepciones distintas del papel del Estado en la vida de los ciudadanos, concepciones distintas, en última instancia, de las libertades cívicas. Todo lo que no sea una modulación prudente y actualizada de las viejas libertades liberales supondrá una amenaza para nuestra forma de vida, sea cual sea nuestro color político. Nuestra era empieza a ser legible. Pero resulta igualmente oscura.

 

 


Adriano Dell´Asta: “Entre cínicos y rebeldes”

por Adriano Dell´Asta
Profesor de Lengua y Literatura Rusa en la Universidad Católica de Milán y Brescia, Vicepresidente de la Fundación Cristiana Rusia, miembro de la Academia Ambrosiana.

 

«Estamos en guerra». Cuántas veces al inicio de la pandemia amigos europeos, rusos y americanos me animaron diciéndome: «Ánimo, que estáis en guerra», y hoy nos alentamos unos a otros diciéndonos: «Estamos en guerra»; insinuando que al final, quizá, conseguiremos vencerla.

Pero ni a mí ni a mis amigos puede ni debe bastarnos este optimismo implícito de quien está convencido que al final «todo irá bien». En la ciudad en la que vivo, cerca de Bérgamo, estamos literalmente rodeados por la muerte. Algunos días después del inicio de la tragedia que ahora todos vivimos, una de nuestras iglesias empezó a usarse como morgue porque ya no sabíamos dónde meter a los muertos.  Pero si “lo conseguimos”, si incluso al final vencemos, ¿qué diremos a quien mientras tanto no “lo haya conseguido”? Y ¿cómo haremos nosotros mismos para “conseguirlo” sabiendo que familiares y amigos no “lo han conseguido”? ¿Cómo haremos para que no nos asfixie el peso de una pregunta que no podremos eludir: «¿Por qué ellos y no nosotros?»?

La esperanza tiene que tener razones si no quiere transformarse en el irresponsable y egoísta «dejadnos vivir, nosotros somos fuertes» o en el paralizante fatalismo del «vendrá alguien a salvarnos». ¿Dónde se funda nuestra esperanza para que no sea la nueva ilusión de quien se creía dueño del mundo y se ha encontrado que ya no puede ni siquiera salir de casa, o para que no sea la vieja ilusión de quien cree arreglárselas confiándose a cualquier señor del mundo y que, así, terminará siendo igualmente prisionero, aunque de forma diferente?

¿Tenemos una razón para no desesperarnos en esta Europa que de nuevo parece no esperar otra cosa que poder perderse de nuevo en el cinismo de los ricos o en la rabia de los siervos rebeldes?

Pensando en este dilema entre la muerte que nos rodea y la Pascua, me ha venido a la mente una persona que no dudó de que hubiesen razones para no caer en la desesperación: se trata de Madre Marija Skobcova, una monja ortodoxa rusa que acabó viviendo en París y que después murió mártir el Sábado Santo del 1945 en Ravensbruck, donde los nazis la habían deportado por la ayuda que había prestado a los judíos. Madre Marija se había visto obligada a abandonar Rusia justo después de la Revolución soviética, en la cual había participado al principio compartiendo el sueño de liberación y renunciando por ese sueño a todo lo que tenía: el prestigio y las riquezas de su familia noble. Había sido una lucha dura que había combatido en el partido de los socialistas revolucionarios (terroristas) hasta convertirse en la primera alcalde mujer de la historia rusa. Después se dio cuenta de que sus sueños habían sido traicionados y fue expulsada de Rusia por voluntad de los nuevos señores bolcheviques. Se encontraba, así, en Occidente, en París, de nuevo sin nada; es más, con dos matrimonios a las espaldas, muchas aventuras sentimentales (de una de ellas había nacido incluso una niña) y nuevas tragedias, porque en aquellas condiciones de extrema pobreza y marginación llegó a perder otra hija, muerta de meningitis con cuatro años.

Ordenada monja, con esta historia en el trasfondo, Madre Marija escribió: «¿A qué nos compromete el regalo de la libertad que se nos ha dado? Estamos fuera del alcance de los perseguidores. Y hemos sido liberados también de las tradiciones seculares. Estamos fuera de cualquier costumbre. ¿Es esto una casualidad? En el campo de la vida espiritual no hay lugar para el azar, ni existen épocas más o menos afortunadas; en cambio, hay signos que necesitamos comprender y caminos que debemos seguir. Y nosotros estamos llamados a grandes cosas, porque estamos llamados a la libertad».

Había perdido todo, riquezas, reputación, posición: ¿qué era? ¿una cristiana un poco fundamentalista o una vieja revolucionaria? ¿una monja un poco desenfrenada o una noble fallida?

Pero aquella que para todos era, si no ya una derrota, una amarga broma del azar, se convirtió en libertad para ella: terminó en Ravensbruck donde hizo grandes cosas, encontrando la muerte en condiciones muy parecidas a las de san Maximiliano Kolbe. Hoy, canonizada por la Iglesia Ortodoxa, es Santa María de París y la Francia laica le ha dedicado también una calle en el corazón de su capital.

También para nosotros el mundo se derrumba y corremos el riesgo de perderlo todo, divididos entre cínicos y rebeldes, pero tenemos razones para encontrar un camino diferente y tenemos testigos que nos muestran ese camino.

Y no se trata sólo de la Madre Marija, una santa de un pasado lejano; se trata también de lo que el Papa Francisco llamó los «santos de la puerta de al lado», gente normal, como una estudiante mía, una enfermera profesional, que anteayer, después de tres noches de trabajo sin dormir, se desmayó y lo único que le preocupaba era que hubiese alguien que la reemplazara. Pero si hay gente así, también «nosotros estamos llamados a grandes cosas».

 

 

 

 


Mario Colleoni: Un clamor se escucha en Ramá.

por Mario Colleoni

A lo largo de los siglos, muchas cosas se han considerado sagradas; coincidiremos, sin embargo, en que muy pocas lo han sido con certeza. El silencio, la mayor y más íntima expresión de esa sacralidad, se presenta hoy como un desafío y quién sabe si no también como una necesidad. Desafío porque el silencio exige un esfuerzo en el que sólo hallamos obstáculos (para los que cada vez tenemos menos tiempo), es enemigo del régimen supracomercial en el que vivimos, nos empuja a un ejercicio con el que no estamos familiarizados y su naturaleza, como es lógico, resulta molesta y en ocasiones hasta grosera, y es así por una sola razón: parece inhabitable. Si Bernanos lo llamó «genio de la nada», pudo ser tal vez porque —la nada— es un vacío donde el ser humano se enfrenta a la ausencia de voz, la suya (despojada, abandonada de sí, sin ropajes, desnuda, sin necesidad de retórica, sin posibilidad de testigos, totalmente confesional), y genio porque en ese forcejeo con el vacío se desvela la naturaleza íntima de la no-palabra, nuestra voz interior.

En la actualidad, mientras un virus invisible se está llevando por delante a decenas de miles de personas en el mundo, al otro lado, al compás de la injusticia, la deshonestidad y los cadáveres, un grueso de personas esboza ingeniosas teorías sobre la pandemia: agudas observaciones de escritores expertos en virología exprés, abstrusos discursos de falsos filósofos elevados por el común denominador al rectorado de la intelectualidad —nuestra será la infamia inolvidable de haber alzado la mediocridad sobre el pedestal de la sabiduría—, una bífida homeopatía llamada coaching no duda en seguir sacando crédito de la desgracia amenazando con destruir la psique humana, periodistas que parecen políticos, opiniólogos metidos a chamanes, youtubers e influencers convertidos en tertulianos de primero de Sálvame y un largo, larguísimo etcétera de indignidad. Qué difícil es apaciguar la rabia o no señalar con el dedo cuando nada en realidad importa más de lo que importa la vida. Qué difícil no mancharse las manos con ese juego entretenidísimo y envenenado del ruido y la contaminación verbal. Y qué difícil, en definitiva, pensar por una vez en los demás antes que en uno mismo. Si la malversación del discurso, el abuso del poder periodístico, la manipulación de la opinión pública o la perversión psicológica de lo humano no fueran más que algunas de las consecuencias de nuestra siempre terca relación con el silencio, deberíamos ir siendo conscientes de lo crucial que es saber dominarlo. Él es el primer nutriente de todo aquello que cultivamos por amor, con él conseguimos hacer de nuestro hogar un lugar acogedor, nos libra de rumores espurios, nos inclina al sosiego y la serenidad, y, por si fuera poco, es nada menos que la fábrica ontológica del pensamiento, la única en la que éste puede forjarse.
Un gran historiador como Alain Corbin, conocido en España desde aquella formidable enciclopedia en dos tomos titulada Historia del cuerpo humano (Taurus), ha vuelto recientemente con Historia del silencio (Acantilado), un librito breve y hermoso en el que, haciendo gala de una portentosa humildad, nos regala su erudición en un pequeño manojo de citas, impresiones o fragmentos que desentrañan la naturaleza del silencio en la cultura occidental. Corbin nos enseña, a través de un amplio espectro de obras y autores, el valor y el sentido que ha tenido esa suerte de superpoder con el que, con el mero acto de abrir un libro, cualquier persona puede suspender el tiempo y el espacio y encontrar refugio en la lectura. En su libro hay algo más que aliento o consuelo: también hallamos ejemplo; aunque cabe preguntarse, viviendo como vivimos hoy en una sociedad que desliza sus complejos de inferioridad por debajo de las sábanas de la indignación, cuántas personas están predispuestas ante cualquier lección o enseñanza ejemplar.
Sea como fuere, en una realidad inmediata que inquietantemente se parece cada vez más a una serie como Juego de Tronos —que, entre otras muchas cosas, nos habla de la importancia de preservar la memoria o de la única guerra que se combate, la de los vivos contra los muertos—, tal vez sea el silencio el único déspota ilustrado que nos queda, el único en el que podamos confiar para salir indemnes de este desafío humanitario. En un pasaje de su libro, refiriéndose a Victor Hugo, Corbin dice: «en su buhardilla se entrelazan trabajo, pureza, piedad y silencio». Tal vez no exista una mejor glosa como esa para definir lo único que necesitamos de forma urgente en este momento. Tal vez no necesitemos, aquí y ahora, ninguna otra cosa para aplacar ese clamor ensordecedor de Ramá, que no es el júbilo de los que llegan, sino el dolor de los que se están yendo.

 


Ángel Rivero: Conversación

por Ángel Rivero
Profesor Titular CCPP UAM

Señaló Agustín de Hipona (354-430) que la diversidad de idiomas es fuente de conflicto social por el distanciamiento que causa entre los hombres. Nos decía que, si imagináramos a dos hombres de lenguas distintas que se vieran forzados a vivir juntos, su convivencia sería imposible: “con mayor facilidad convivirían dos animales, mudos como son, de especies diferentes, que estos dos hombres”. Para Agustín esto sería así porque en los hombres, el no poder comunicarse por la diferencia de idioma, va en detrimento de su naturaleza común. Los hombres tienen, sí, una misma naturaleza, pero la diversidad de las lenguas los separa de modo que la convivencia entre seres de la misma especie se hace imposible. Remata su argumento diciéndonos que “hasta tal punto esto es así, que más a gusto está un hombre con su perro que con otro hombre extranjero” (La ciudad de Dios, libro XIX, capítulo VII).

No hay duda de que para Agustín el hombre es un ser social que mediante la palabra puede concertar la vida con los otros hombres, pero solo y de manera imperfecta con los próximos, y de ninguna manera con los forasteros. La vida humana transcurre en un espacio donde la mayor proximidad permite la vida social, así en el hogar, pero rebasado éste, al alejarse, en la ciudad -el lugar de la vida con los otros forasteros-, o el mundo -el continente de la humanidad, los extranjeros-, la sociabilidad natural del hombre ya no opera como vínculo que permita la concordia, sino que la vida con los otros se hace cada vez más difícil. Para Agustín, alejarse de la casa es como irse sumergiendo en aguas cada vez más profundas y, por tanto, más peligrosas. Así, el hombre en la tierra es un peregrino para el otro hombre, un forastero, un extranjero y hasta un enemigo, y su naturaleza social solo se verá restaurada, el vivir con los otros en armonía y concordia, en el cielo.

Conversación es, según el Diccionario de Autoridades de la RAE “la plática, razonamiento y discurso (…) entre dos o más personas, ya sea por diversión, o por otro cualquier motivo y ocasión; vale también trato, comunicación y comercio recíproco (…) de unos y otros entre sí”. La conversación humana es el trato con los demás que puede tener lugar en la concordia, pero también a la discordia. Para Agustín, como hemos visto, la conversación humana está averiada porque su sociabilidad ha quedado maltrecha desde la expulsión del hombre del Paraíso. Pero esto no quiere decir que el hombre sea insociable por naturaleza. El hombre es sociable y anhela la vida en concordia con los otros, pero ésta no es realizable en la tierra. Este anhelo es justamente el que le guía en dirección al cielo. Somos, nos dice, ciudadanos de la ciudad de Dios, peregrinos en la ciudad de los hombres. Ya antes Pablo había señalado, en su “Carta a los filipenses” (c. 50, 3. 20. Biblia de Jerusalén) que “somos ciudadanos del cielo”, esto es, que nuestra verdadera casa está en el cielo o, como traduce de forma más elocuente la Biblia del rey Jacobo: “For our conversation is in heaven”, y que Jesucristo vendrá de allí para redimirnos.

Por ello no deja de resultar sorprendente que, si nuestra conversación en la Tierra está tan averiada, si verdaderamente no tiene remedio, Alonso de Castrillo escribiera en 1521, en medio de la guerra civil que asolaba Castilla que “ninguna otra cosa es la ciudad sino una multitud de hombres juntamente allegados y ligados con algún concierto de compañía”. Y que se preguntara: “¿Qué cosa puede ser más dulce que la amigable conversación, pues es poderosa para sustentar las gentes que la natura cría? ¿Qué cosa puede ser más digna de maravilla que las gentes extrañas y de diversas lenguas, las cuales dividió la Divinidad por la soberbia de las gentes, verlas concertadas por la buena conversación de los hombres” (Tratado de República, Burgos, Alonso de Melgar, 1521, cap. II). 

Si para Agustín no podría haber conversación civil, pues solo había conversación santa, para Castrillo la conversación como trato mediante la palabra no está asociada al conflicto, sino que es sobre todo instrumento de la concordia. Las diferencias, de lenguas, pero también de gentes, pueden ser concertadas mediante la buena conversación de los hombres. La ciudad es el espacio de la conversación más dulce, donde el hombre realiza su naturaleza social al alcanzar la concordia con la palabra, esto es, conversando.

 

El cenotafio de Michel de Montaigne está en el museo de Aquitania, en Burdeos. Fotografía de Ángel Rivero.

 

Michel de Montaigne (1533-1592) va un paso más allá en el valor que atribuye al hablar con los otros. En sus Ensayos, escritos también en un tiempo de cruenta guerra civil en Francia, reflexiona sobre ello en “El arte de la conversación” (libro III, capítulo VIII), y nos hace saber que “el más fructuoso y natural ejercicio de nuestro espíritu es a mi ver la conversación: encuentro su práctica más dulce que ninguna otra acción de nuestra vida, por lo cual, si yo ahora me viera en la precisión de elegir, a lo que creo, consentiría más bien en perder la vista que el oído o el habla”. Pero la conversación no es ya únicamente un instrumento de concordia social sino una búsqueda concertada de la verdad:

“Yo entro en conversación y en discusión con libertad y facilidad grandes (…) ninguna proposición me pasma, ni ninguna creencia me hiere, por contrarias que sean a las mías. (…) Así pues, las contradicciones en el juzgar ni me ofenden ni me alteran (…) Huimos la contradicción, en vez de acogerla y mostrarnos a ella de buen grado (…) Cuando se me contraría, mi atención despierta, no mi cólera; yo me adelanto hacia quien me contradice, siempre y cuando que me instruya: la causa de la verdad debiera ser común a uno y otro contrincante”. 

Hay en Montaigne una humanización de la discrepancia pues ya no se trata de que nuestra sociabilidad esté averiada sino de que somos distintos por naturaleza. La conversación entre los que piensan distinto no solo nos civiliza, sino que es propio de nuestra condición. En este sentido nuestro contemporáneo Michael Oakeshott ha dejado escrito que la conversación es el lugar en el que se encuentran la diversidad de expresiones que componen nuestro interactuar humano. Así el objeto de la conversación no es buscar ni descubrir la verdad, ni convencer ni demostrar nada, porque lo importante es la conversación misma, esto es, reunirnos, y esto no es posible en ausencia de una diversidad de voces. Para Oakeshott, “lo que distingue al ser humano del animal y al hombre civilizado del bárbaro” es justamente la capacidad para participar en una conversación, hasta el punto de que la educación no es sino “la iniciación en la capacitación y participación en la conversación, aprendiendo a reconocer las voces, las ocasiones oportunas para intervenir, y donde adquirimos los hábitos intelectuales y morales apropiados para conversar” (The Voice of Poetry in the Conversation of Mankind, 1959).

Si para Agustín la conversación era difícil por la diversidad de voces, para nosotros es la diversidad de voces la que nos reúne en una conversación.

 


Jorge Freire: "La cultura de la agitación exagera sus aspavientos para disimular su impotencia"

 

"Si todos somos plenamente libres, ¿por qué hacemos lo mismo?". Se lo pregunta Jorge Freire (Madrid, 1985) en Agitación. Sobre el mal de la impaciencia, último Premio Málaga de Ensayo y que acaba de publicar Páginas de Espuma. El filósofo y escritor –autor de dos ensayos biográficos sobre Edith Warton y Arthur Koestler– muestra su perplejidad ante ese Homo agitatus que parece incapaz de bajar el ritmo de su huida hacia adelante y detener la rueda de hámster del ocio compulsivo, ya se trate de acudir a conciertos, hacer rafting en el Gran Cañón, casarse en la Riviera Maya o celebrar una despedida de soltero en Marbella. Obstinación en nombre de una libertad llena de "experiencias nuevas" en una "agónica kermés de la agitación" de la que parece difícil escapar. 

Una actitud que troca la evasión por el sentido, y que confirma la denuncia que Blaise Pascal ya formulara en el siglo XVII, cuando el pensador francés identificaba el origen de nuestros problemas en la incapacidad para quedarnos solos e inactivos en una habitación. El Homo agitatus vive una continua puesta a punto, denuncia Freire, costumbre que sin duda sufre en estos días de cuarentena colectiva. 

 

Estos días de confinamiento obligado están poniendo a prueba muchas de las cosas que tú identificas en tu libro, El Homo agitatus tiene ante sí una prueba de estrés importante. ¿Crees que recapacitarán y redescubrirán algo?

No. Cada vez que hay una crisis, los más optimistas afirman que saldremos de ella cambiados, ¡transfigurados!, cayendo en una retórica mesiánica y redentorista que exige mucha fe. Hay quien ahora dice lo mismo que se dijo al calor de la recesión: que abandonaremos la mentalidad de lucro, que la empatía aumentará como por ensalmo y que seremos mejores. Wishful thinking. A estas alturas cuesta tragarse el mito del Hombre Nuevo, sobre todo si es de garrafón. 

 

Desde luego, el mundo parece hecho a su medida, incluido el mundo de la reclusión, con tantas plataformas de cine y series, videojuegos, ¡incluso libros!

Debemos jugar con sus reglas, aunque no nos apetezca. Es imposible rehuir ciertas cuestiones. En una escena de Casa desolada, de Dickens, la protagonista ve a un niño con la cabeza enganchada entre dos barrotes. Después de un rato tironeando de las piernas, advierte que el niño es notablemente cabezón, de suerte que, contra la opinión del resto de los presentes, propone meter el resto del cuerpo. Algo así nos sucede cuando algunas cabezas gordas y pensantes nos meten en ciertos atolladeros. Son tan invasivas que es imposible zafarse, así que solo queda introducirse de hoz y coz en ellas. No solo pienso en productos de entretenimiento, sino en ciertos debates de la agenda política.  Solo hay algo más triste que leer un best-seller tres o cuatro años después de su publicación: leer un periódico de hace un año y ver las cuestiones intrascendentes que nos quitaban el sueño.

 

Aunque, casi mejor hablar en primera persona del plural. Todos somos un poco el villano de tu libro, ¿no?

Soy la diana de casi todos mis dardos, porque participo de buena parte de los males que describo. Además, los pecadillos del Homo Agitatus son, en el peor de los casos, veniales, porque la sociedad hedonista anula la virtud y, con ella, el vicio. Así que, aunque el ensayo parezca escrito a cara de perro, hay una cierta piedad. Su crítica es esencialmente incruenta.

 

Hablas de la agitación como una manea de exorcizar miedos. El precio es dejar de buscar el sentido para sencillamente acumular experiencias y que el tiempo pase mientras el Homo agitatus se entretiene. Visto así, parece un derroche, pero, ¿qué decir si le funciona? ¿No te pasa que a veces has contemplado al Homo agitatus con secreta envidia? 

 

Yo creo que no funciona. Comparo la agitación con la décima carta del Tarot, titulada “La rueda de la fortuna”. Tres esfinges das vueltas en torno a una noria que flota sobre el mar. Si se detienen, se hunden. Puede que nuestros coetáneos se sientan encarcelados en la habitación de Pascal, pero al aire libre recuerdan sobremanera al viejecito de Danzad, danzad, malditos, embarcado en un extenuante maratón de baile. Para colmo, este va patéticamente disfrazado de marinerito, lo que lo asemeja a nuestros adolescentes de cuarenta años. Y la adolescencia, etimológicamente, no es solo la época del crecimiento, sino también del dolor, así que, en efecto, no me da ninguna envidia. 

Otra cosa que estamos viendo estos días es que las costumbres del Homo agitatus sostienen una economía agitada, que necesita que no se deje de pedalear, so pena de trompazo colectivo. ¿Cómo salir de ese bucle? También le pegas una buena zurra al decrecentismo y a cierto discurso neorurral como una forma de bandazo del Homo agitatus, pero no como su negación. 

La frivolidad de nuestros intelectuales roza en ocasiones la negligencia. Nuestros maîtres à penser celebran el desorden en casa ajena mientras un escuadrón de mucamas y palafreneros aguardan en el chalet en perfecto estado de revista, más firmes que una vela. Goethe decía que el noble siempre aspira al orden y que vivir sin capricho es cosa de plebeyos. La novedad es que hoy el acomodado se disfraza de agitador. Volviendo a Dickens, no son pocas las similitudes entre los disturbios de Barnaby Rudge y las tentativas de agitación dirigida que vivimos hoy. A las élites les conviene sembrar la cizaña. Si la turbamulta se foguea plantando cruces amarillas en la playa y haciendo flashmobs por los presos, no le quedarán ganas para protestar por el tres per cent.

 

Es verdad que parecemos correr, incluso huir de algo, pero no sabemos hacia dónde ni con qué propósito ahora que la idea de progreso ha decaído y el futuro no pinta bien. Sin embargo, insistimos en "lo nuevo", sin saber por qué, ni si es bueno.

Es imposible ser novedoso sin interrupción. Ciertas experiencias, como la irrupción de lo nuevo, se definen por su carácter excepcional, por lo que la mejor manera de neutralizarlas es incorporarlas a lo cotidiano. Pero la cultura de la agitación es esencialmente homogeneizadora y, a falta de auténtica diversidad, atiza aquello que Freud llamó el narcisismo de la pequeña diferencia.

 

Se han instalado palabras que definen un tiempo: "innovar", "generar impacto" o "disrupción" marcan un camino en el que lo estático, necesario para reflexionar, parece demodé. ¿Por qué es importante salvar este aspecto del mundo, pese a todo?

Respecto a las expresiones, coincido contigo en que, por muchas capas de estuco retórico que se le pongan por encima, el discurso de la novedad constante está presente en todos los ámbitos de la vida. El lenguaje define el pensamiento y, de alguna manera, da forma al mundo; es lo que los griegos llamaban logos spermatikós. Dice Orwell en La política y la lengua inglesa que hay que mantenerse en guardia frente a las frases hechas, porque se libra una batalla de conquista por nuestra propia mente. La lucha contra el tópico es una tarea moral. Por eso hay que evitar embestir todos los capotes que nos tienden. Debemos poner una cierta distancia y asumir lo que Nietzsche llamó el pathos de la distancia, o, por usar un sintagma que se ha popularizado estos días, a cuento del coronavirus, una cierta “distancia social”. Un gesto de alejamiento que nos permita dominarnos, en lugar de que nos dominen.

 

Dado que quienes diseñan y definen el mundo parecen agitados, ¿el Homo agitatus es víctima o verdugo? 

Como producto de su época, el Homo agitatus es verdugo de sí mismo. Bogando sin rumbo en una marejada de estímulos, es ajeno por completo a la voluptuosidad del instante. Así que podríamos decir que en el pecado lleva la penitencia. Esto se aprecia en los más enconados enemigos del exotismo, que son los turistas: si viajar consiste en una recolección planetaria de souvenirs y experiencia, lo propio es que el viaje no amplíe nuestros horizontes, sino que los estreche.

 

Hablas de los agitados como sujetos ideales de la propaganda de movimientos como los nacionalistas.

La agitación es un peligro para la democracia porque, entre otras cosas, lleva a la anomia cívica. Todos conocemos los temores que manifestaba Tocqueville en el primer tomo de La democracia en América hacia la tiranía aritmética que representaba la mayoría sin contrapesos. Menos conocida es aquella amenaza que, un lustro después, señaló en el segundo tomo de su obra: la atomización, el repliegue, la destrucción de la sociedad. El ciudadano que no se domina se torna masa; y la masa pide ser dominada.

 

En una escena de 'Hechizo de luna', una de las protagonistas ha conocido a un profesor con un afán ligón sorprendente, y una noche le pregunta por qué hacen esas cosas los hombres. Él, tras pensarlo unos segundos, dice: "es por los nervios". Esto, aunque se trata menos en tu libro, también es parte de esa agitación, ¿no? El Homo agitatus tiene un tipo de relación superficial con todo, también con las personas. Esto de cambiar tanto de pareja, o más que antes, o la menor duración de las relaciones, también se justifica mucho con eso que criticas del discurso de "sentirse libre".

 

Si algo define la cultura de la agitación es la manera en que exagera sus aspavientos para disimular su impotencia. Ya no se trata de bordar la bandera de la libertad, a lo Mariana Pineda, sino de agitarla espasmódicamente. Me pregunto si cuando proclamamos nuestra libertad no estamos tratando de convencernos a nosotros mismos, como si tratásemos de espantar el fantasma del determinismo. Libre no es quien recorre la Ruta 66 ni quien se tatúa en el omóplato “soy el capitán de mi destino”, como rezaba aquel blockbuster de Hollywood, sino quien sabe gobernarse a sí mismo. Lo demás son sueños de libertad in vacuo, como decía Santayana; pagar con tarjeta sin tener cuenta en el banco. Confucio decía que quien se domina es como la estrella polar, que se mantiene en su sitio mientras el resto de estrellas giran en derredor. La libertad no es anarquía, sino disciplina; no es incontinencia, sino dominio. No basta con sentirse libre; hay que aprender a serlo.

 


Editorial

El siglo XXI ya ha sido bautizado como “el siglo de las incertidumbres”. Los atentados del 11-S provocaron una incertidumbre política y un nuevo tipo de guerra asimétrica, con fronteras difuminadas y equilibrios geopolíticos nuevos; la
crisis financiera de 2008 provocó una incertidumbre económica y una desconfianza generalizada en el sistema; y hoy, en 2020, vivimos una crisis cultural cuyo alcance verdadero aun no somos capaces de valorar.

Las épocas en las que las creencias compartidas se debilitan son épocas de voluntarismos políticos y movimientos de masas. Son momentos de inestabilidad porque las personas no saben bien a qué atenerse, se duda de unas instituciones que no responden bien a la necesidad de cambio, se duda de las personas porque surge la desconfianza, y se pierde la esperanza porque el futuro se vuelve algo amenazador.

No obstante, estas épocas como la nuestra también lo son de esperanza y de oportunidades. Empiezan a aparecer nuevas iniciativas, análisis agudos que apuntan hacia las fuentes de creatividad, respuestas inteligentes a los problemas nuevos, y nuevas formas de representación y liderazgo. No vivimos solo en una época de amenazas o de pérdidas, sino que se están abriendo ante nuestros ojos nuevas formas de relaciones personales y laborales, equilibrios internacionales diferentes, diálogos y reacciones artísticas y culturales cargadas de originalidad, y un sinfín de iniciativas de enorme valor.

Desde la Fundación Conversación pensamos que esta época exige un esfuerzo intelectual serio y riguroso por detectar las grandes preguntas que subyacen en el fondo de los cambios que percibimos y exponerlas al público para que se desarrolle un diálogo constructivo. Estamos convencidos de que nuestra mayor responsabilidad pasa en estos momentos por ofrecer razones del cambio que aquieten nuestra sed de comprender, para que la incertidumbre se convierta en esperanza y nuestras acciones sean constructivas.

En este periodo de aislamiento en el que las conversaciones presenciales no son posibles, queremos ofrecer públicamente la oportunidad de un diálogo con algunos de nuestros colaboradores, todos ellos importantes analistas, para que a lo largo de unos meses nos acompañen con sus juicios de fondo.

Hemos creado el blog “Conversaciones” y publicaremos una entrada cada jueves de aquí al comienzo del verano. Esperamos con esta iniciativa arrojar un poco de luz en estos momentos de incertidumbre y ofreceros la mejor compañía que sabemos dar.