¿Cómo estar en la Unión Europea?

Esther Olmo Lucio. Economista. Alumna del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

 

Tras ver la deliciosa El sol siempre brillara en Kentucky (1953), de John Ford, a cualquiera le entran ganas de hacer un llamamiento a los valores esenciales de la comunidad y a la unidad entre diferentes. Unos ideales que, para quienes seguimos de cerca la política, nos trasladan a la Unión Europea y a la situación tan crítica que atraviesa en el contexto actual. Una situación donde es inevitable que aparezcan el egoísmo y la comparación. Así, mientras escuchaba a cada país más aventajado negarse a mutualizar —esto es, a hacer que algo sea recíproco— la deuda colosal que está generando la crisis sanitaria, no podía dejar de preguntarme ¿dónde están aquellos valores de ayuda al prójimo, esos con los que Ford nos hace vibrar, los mismos que recoge la tradición bíblica tan cara a Occidente y que, en cierta manera, a todos nos han enseñado desde la cuna?

Me adelanto realizando una autocrítica, pues mi propio comportamiento a diario no me deja en buen lugar. Quizá es que esos valores que admiramos y hemos aprendido a admirar son, realmente, utópicos. Si, a nivel individual, en una comunidad de vecinos o en un ambiente familiar de convivencia, miramos por lo propio, entonces ¿dónde queda la sintonía con la humanidad como manual de vida?

Aun recuerdo la teoría de juegos que estudiaba en la carrera, aquella que busca el resultado óptimo o subóptimo, pero que todos salgan beneficiados sin perjudicar a nadie (o casi). ¿Será que asistimos a un choque de mentalidades? ¿Mentalidad individualista enfrentada con el interés general? Pero, entonces, ¿cuál es la solución? ¿Qué podemos hacer sin arrastrar a otros países con nuestra deuda colosal? Rondando desde hace años el 100% de deuda pública respecto al PIB, parece que solo su condonación —una medida que el papa Francisco ha llegado a sugerir para los países más pobres— nos suscita esperanza por nuestras futuras generaciones.

En un contexto así, se apela a la solidaridad europea. Muchos observadores nos instan a ponernos en el lugar del otro y decidir si haríamos lo mismo que les estamos pidiendo hacer a los países del norte. Esto es, si fomentaríamos el derroche del vecino, cuya mala gestión e inoperancia han originado unos pasivos exacerbados en su balance domestico difíciles de acometer.

¿Será excesivo, quizá, imaginar que nos puedan ver cómo parásitos en lugar de cómo a prójimos? 

Económicamente hablando, si nos prestan dinero, nos pondrán condiciones. ¿Pero qué condiciones son estas? Porque España e Italia juegan a tener un déficit perpetuo y al rescate constante de la UE. Cuando hay un rescate económico, tendemos a pensar que se introduce pensamiento ortodoxo y cordura, y que los españoles lo van a asumir con conciencia. Pero se ha demostrado que, al final, lo que alimenta es la irresponsabilidad o el extremismo. Muchos países rescatados no se inclinan por posturas más liberales, abiertas u ortodoxas. Argentina recibió el mayor rescate del FMI hace dos años con una sola condición, que el gasto público no se redujera. ¿Qué pasó? Que volvió al derroche. Los rescates, en fin, incitan a mantener el gasto público a toda costa y, con ello, se aumenta el daño y se aplazan las reformas. 

Prem Rawat, maestro hindú de la paz interior, comenta que son los individuos los que constituyen la sociedad, no la sociedad al individuo. El día que el prisionero empieza a mirarse a sí mismo, sucede algo muy profundo y es que se da cuenta, quizá por primera vez, de que tiene más poder del que pensaba y llega así a la revelación: no puedes cambiar la historia, pero puedes cambiarte a sí mismo.

Dentro del plan de financiación que nos van a conceder, deberían obligarnos a sanear nuestras cuentas. Pero será mejor si antes lo hacemos nosotros, pues entonces será una intervención con condiciones endógenas, que se forma o engendra en el interior de algo. Lo que realmente falta es una limpieza del propio sistema español, a través de una concienciación general y con mucha humanidad, si es posible. Una restructuración interna, un reajuste de cuentas, una auditoria de los gastos superfluos que a día de hoy son visibles y públicos en los propios presupuestos generales del Estado, o incluso un recorte de aquellos gastos que, por la situación actual, son innecesarios o poco urgentes en un largo plazo de cinco años. En otros países, como Nueva Zelanda, el propio gobierno ha comenzado por recortarse el sueldo un 20%. Si esto puede hacerse ya, ¿qué no podrá hacerse en un lustro? En un escenario muy optimista, esto será lo que tarde en “arrancar” —esto es, en dar frutos— un plan económico de emergencia. Si en algo apreciamos a la Unión Europea, esforcémonos por no parasitar.

 

 


Anuncia

Paz Cuenca Villena. Graduada en Derecho y Administración de Empresas. Alumna del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

 

Aunque fuese a través de una pantalla, os vi las caras y me sentí, una vez más, agradecida. En todos imperaba la necesidad de diálogo, de conversación para entender el mundo. Os hice saber que estaba bien, que había pasado el Covid de una forma muy leve y que quien se había llevado la peor parte había sido mi pareja, ingresado diez días en el hospital por una neumonía pero bueno, ya está bien. Sonreí, guardé silencio y dejé que hablara el siguiente.

Después me quedé pensando en ese “pero bueno, ya está bien” pues, para no generar preocupación, resumí, probablemente, los peores momentos de mi vida.

El viernes, un día antes de que se decretase el estado de alarma, mi novio volvió del trabajo a eso de las doce de la mañana, me dijo que no se encontraba bien, que tenía un poco de fiebre y que, por precaución, en el hospital lo habían mandado a casa. No había pasado una buena noche, es cierto, pero peor fue la siguiente: empezó a sofocarse, a no respirar bien… Pareció mejorar al despertar pero, por la tarde, volvió a caer en fiebres altas, delirios y fatigas. Y así fueron los siguientes cuatro días: cuando parecía que mejoraba volvía a caer y cada vez más profundo. Las cinco veces que llamamos al teléfono habilitado obtuvimos la misma respuesta: “es joven, que aguante en casa”.

La madrugada del martes lo encontré deambulando por toda la casa y, entre delirios, decía “creo que mi sistema inmune me está atacando a mí mismo, no lo entiendo, no lo entiendo, este virus lo está volviendo loco”. La peor sensación de esos días no fueron las noches sin dormir, no poder acercarme a él o tener que utilizar guantes para algo tan ordinario como poner un termómetro. Tampoco fue no poder abrazarle para transmitirle mi fuerza, como hacen las madres cuando nos ponemos enfermos. Nada de esto fue lo peor porque nuestras miradas, que por esos días ya hablaban, se elevaron y aprendieron a cantar.

La peor sensación era verle en ese estado de desconcierto, pues él, hombre de ciencias de la salud, que llevaba años estudiando e investigando, no comprendía la enfermedad que lo embestía una y otra vez. 

Finalmente, llamó al hospital y sólo pronunció tres palabras: “no puedo más”. Tras varias pruebas y horas de espera, la doctora me comunica que debía quedarse allí: tenía una neumonía bilateral muy grave y apenas llegaba oxígeno a sus pulmones. A mí me recomendó no salir de casa durante quince días, pues era muy probable que estuviera contagiada.

Regresé pero sin rumbo. Estaba allí pero, a la vez, no sabía, no entendía, no estaba... Lloraba, dormía y rezaba. ¿Cuánto había pasado? ¿Segundos, días, horas, meses? Aclaraba la voz cada vez que hablaba con mi madre y ponía mi mejor tono para que no se preocupara y pudiera escuchar ese “mamá, estoy bien”. ¡Qué haríamos sin ellas!

A pesar de no poder estar a su lado y de que mi única información era la llamada diaria de un médico, era consciente de que estaba en las mejores manos, las de sus compañeros. Recibí decenas de mensajes de ánimo, de personas muy cercanas y de otras que se acercaron todavía más. Así supe que estaba protegido por todos aquellos que lo encomendaban.

Durante esos días de angustia, las predicciones de la doctora se confirmaron, pues perdí por completo el sentido del olfato y del gusto. Algunos amigos me comentaron que aprovechara para comer aquello que no me gustase. Sin embargo, me vi valorando la presentación de un plato o apreciando la textura de la comida. Pequeños detalles en los que nunca nos fijamos demasiado.

Soledad, tristeza y fe serían las palabras que resumirían esos días. Hasta que los mensajes del médico comenzaron a ser positivos y esas tres palabras se transformaron en una sola: esperanza.

Volvió a casa débil, pero con hambre de vida. Vuelven las sonrisas, los abrazos, las comidas ricas, las miradas que cantan… Le enseñas tus avances al piano con Para Elisa y tu nuevo hobby de confinamiento, el yoga. Le enseñas a volver a casa, y él te recuerda lo que era el hogar. Vuelve el orden, el sosiego, la paz. Vuelve la vida, tu vida.

El domingo de Pascua el mundo volvía a sonreír, el sol nos acariciaba a través de la ventana, la 25ª sinfonía de Mozart colmaba el ambiente mientras leíamos. Entonces, mi padre llama por teléfono. La abuela había fallecido.

¡Qué dolor! Me abrasaba no poder decirle adiós ni acompañar a mi padre en el desconsuelo. ¡Una madre! Temía llorar, pues el llanto es algo tan íntimo que no nos gusta manifestarlo. El único sosiego que pude encontrar esa mañana me lo ofreció el papa Francisco en la misa del domingo de Resurrección. Que las rivalidades, dijo, “no recobren fuerza, sino que todos se reconozcan parte de una única familia... No es tiempo de egoísmo porque el desafío es de todos. No es tiempo de división. Que Cristo ilumine a los que tienen responsabilidades en los conflictos… La resurrección de Cristo es la victoria del amor sobre la raíz del mal.” Este año había sido mi abuela quien había acompañado a Jesús en la ascensión a los cielos.

Recuerdo su rostro alegre cada vez que nos veía, sus besos eternos que culminaban con un pellizco en la mejilla, no precisamente suave, y su “¡qué hermosura!”. Los veranos que pasábamos en el pueblo y el guiso (o guisote, como ella decía) de patata, carne y espinacas. El genio, parecido al de mi hermano, que asomaba las veces que se enfadaba. Maravillosa similitud. Y su espíritu trabajador, ejemplo de que con esfuerzo y sacrificio es posible empezar de cero y construir un pequeño imperio.

Un año antes, el día que falleció mi abuelo, cogí en Atocha el primer tren que salía para casa. Durante el trayecto leí un librito de Jesús Montiel y me guardé los siguientes versos:

“Acaba de posarse una paloma en el alféizar. Me ha mirado algunos segundos y un movimiento mínimo ha bastado para que emprenda el vuelo. La vida es también un paréntesis entre dos vuelos. Primero caemos de un nido oscuro, inmemorial, en esta vida extraña. Luego, en el segundo vuelo, partimos a un nido envuelto en bruma, secreto. Quien parte con más amor, curiosamente, vuela más ligero.”

No se me ocurre mejor forma de despedirla que rememorando esos versos para desear que se encuentre con mi abuelo y que vuelen muy alto, juntos, y desde ahí arriba cuiden de nosotros.

 

Antonio Peiró Amo. Pandemia.  Escultura en piedra de 20 kilos de peso, tallada sin medios mecánicos.

 

Día tras día, una ve el avance de la situación. Escuchamos las cifras de contagiados, fallecidos y recuperados. Los test y mascarillas que no llegan, los que llegan y son defectuosos. Las curvas tipo V, tipo U, tipo L, tipo W, ahora V asimétrica. Las familias con niños que pueden salir a la calle, también las “monomarentales”. Las fases de la “desescalada”, la fase 0, la fase 1 que no es la primera pero sí la inicial, la fase 2 que a pesar de haber cuatro es la intermedia y la fase 3 cuyo fin es alcanzar la “nueva normalidad”. O titulares como este: “Mientras la cifra de fallecimientos se mantiene estable, el FMI prevé que la economía española se desplome un 8%…” ¿Se mantiene estable? ¡Son cientos de vidas que se apagan cada día!

Sin duda, a muchos entretendrá este circo de curvas, fases, estadísticas, titulares vacíos y palabras inexistentes. Ya decía Javier Gomá hace unos años que, quizá, “el estado actual de la lengua es deficiente por la plasmación en el ámbito lingüístico de esa vulgaridad ética y estética hoy dominante”. Y no se equivocaba. Se esconde la tristeza y se exponen mensajes triviales que no suscitan sentimiento alguno, y si algo generase que sea, si acaso, una sonrisa, que el llanto es demasiado incómodo. 

Espero, sin embargo, que otros muchos necesiten más. Que les preocupe la crisis económica, sí, pero que sientan una gran desazón por la crisis humana que padecemos. Que deseen con lo más profundo de su alma que la espiritualidad vuelva al mundo.

Dicen que es fácil callar, pero no es cierto. La sociedad inquieta no calla. No obstante, ahora que el tiempo se mide diferente, que corre más despacio, tenemos la oportunidad de escuchar y de hablar. Ahora, más que nunca, hay que contar el dolor: es íntimo, pero ha de ser escuchado. Convivimos en este humus pero son los sentimientos los que nos hacen verdaderos seres humanos. Solo hay que poner atención y escuchar el grito, escuchar cómo se transforma cada día el enfado, la rabia y la decepción social en versos, en música y en arte. Ahora, más que nunca, la sociedad inquieta llora.

Hay que humanizar las cifras, poner nombres y contar historias. Hoy os he contado la de José María, mi superhombre y la de quien da el título a este humilde escrito, mi abuela Anuncia.

 

 


Constant y la Libertad en tiempos de cambio

 

 

Salvador Otamendi. Estudiante. Alumno del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

"Adáptese a las circunstancias" es lo que aconseja a Yuri Zhivago un soldado del ejército del zar Nicolás II que marcha a Petrogrado, poco después renombrado Leningrado, para servir en la Guardia Roja. Es 1917, un año de cambios clave en el devenir de la historia: en febrero estalla el primer capítulo de la fase revolucionaria rusa; EEUU, hastiado por los ataques de la armada alemana a su marina mercante, declara la guerra al II Reich, inclinando la balanza de forma definitiva a favor de las potencias aliadas en la Gran Guerra; y el presidente Wilson, a finales de aquel año, comienza a vislumbrar los célebres Catorce Puntos que sentarán las bases del nuevo orden internacional.

Generalmente, el maremágnum de acontecimientos que contiene toda crisis pone en juego la libertad humana. Una de las salidas más corrientes es la que le plantea el revolucionario anónimo al doctor en la película de David Lean: renunciar a la libertad y amoldarse a la nueva tiranía, sea ésta cual sea. Es un comportamiento dudoso para algunos —pero conveniente para la mayoría— que quizá se pueda explicar como una inclinación biológica en clave darwinista, o sea, sólo sobrevive quien mejor se adapte a los entornos cambiantes.

El creador de Vikingos prepara una serie sobre Doctor Zhivago ...

En más de una ocasión, Zhivago, el joven poeta de vocación y médico de obligación, se plantea qué camino escoger. Tomemos como referencia al personaje de la novela y no tanto al del film, pues siendo la de Lean una obra de una calidad cinematográfica exquisita —baste recordar los vastos paisajes panorámicos, las miradas, las despedidas— no contempla todos los conflictos políticos, sociales y espirituales que sí se plasman en el libro. En la novela de Pasternak, la imparable marcha de los tiempos históricos sí está presente. Y, más allá del idilio trágico entre Yuri y Lara, el lector puede ver un análisis del cambio de época: una transición del mundo antiguo al nuevo; el ocaso del siglo XIX y la entrada, ya sí, en la centuria de los totalitarismos; la sustitución de las guerras imperialistas por las ideológicas; la caída de las costumbres y el surgimiento de nuevas prácticas sociales. 

Un mismo panorama podemos hacer del siglo XXI, el “siglo de las incertidumbres”: crisis, inestabilidad, inseguridad, confusión, brotes de reaccionarismos, nostalgia por edades doradas pasadas, ánimos alicaídos, decadencia, esperanzas depositadas en lo finito e inmediato y deseos de líderes firmes. Son sólo algunos exabruptos, expuestos aquí finamente, oídos en los bares de Europa. Y, por si fuera poco, no se olvide el más habitual: que cualquier tiempo pasado fue mejor. 

Este discurso de cambio de página, o capítulo si queremos hacerlo más dramático y misterioso, no es, ni mucho menos, original. Como casi todo en la historia, encontramos sus voces gemelas en el pasado. Y si hay una que destaca en el mundo de las ideas es la de Benjamin Constant. El polemista francés defendió en De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos lo que significa la libertad individual en la modernidad que se abría paso en los albores de la Restauración borbónica en el país galo, allá por 1819. Esto suponía un valiente ejercicio: elevar la voz contra el regresivo sentir popular hacia posturas más propias de la libertad de los antiguos y apostar por la libertad de los modernos.

La situación que le tocó vivir puede encontrar sus semejanzas con nuestro presente: el Antiguo Régimen terminaba sus días en Francia frente al advenimiento de la Monarquía constitucional; en el plano social, la edad industrial empezaba a producir cambios de diversa magnitud —él habla de “sociedad comercial”— y las turbulentas aguas revolucionarias que provocaron varios lustros de guerra en Europa daban paso a un tiempo de aparente calma institucional en territorio francés. Sin embargo, este sosiego no tranquilizaba a Constant y de ahí que viera necesario explicar a sus colegas por qué, en este momento postrevolucionario, había que salvar la modernidad frente al jacobinismo y el reaccionarismo que reaparecían entre la opinión pública parisina.

Ante el murmullo popular, en gran parte receloso de estos cambios, Constant se pregunta por la manera de fundar un nuevo régimen cuando en el pensamiento de la mayoría de los franceses ya no gobierna una cosmovisión propia de tiempos prerrevolucionarios. Un régimen, la modernidad, presidido por la libertad del individuo, entendida como el disfrute de toda una retahíla de derechos… y obligaciones. Aquí la alerta de Constant: siendo el “anhelo de los modernos (…) la seguridad en los goces privados” y las libertades “las salvaguardas que otorgan las instituciones para dicho disfrute”, todo puede echarse a perder en cuanto los hombres desatienden la libertad política, llegando a caer en una especie de dulce dictadura. Sirva la sociedad de Un mundo feliz de Aldous Huxley como una distópica aproximación a lo que ya previo Constant: el embobamiento en torno a los intereses privados puede provocar que “renunciemos con demasiada facilidad a nuestro derecho a participar en el poder político”.

Además del bicentenario que cumple este discurso, el interés del mismo recae en su idoneidad para hacernos las preguntas clave en estos momentos de cambio que estamos viviendo: ¿hasta dónde ha llegado el ensimismamiento de las sociedades occidentales? ¿Hemos renunciando a la libertad política hasta tal punto de hacer peligrar la comunidad política y sus instituciones construidas tras siglos de ímprobo esfuerzo? Leer a Constant, entre otros, puede servirnos de impulso inicial para valorar hasta qué punto está en juego la libertad o, mejor, para no olvidar que si a algo nos insta la libertad política es a cuidar y reformar nuestras instituciones más queridas.


El Estado servil, cien años después

Javier Conde es ingeniero aeronáutico y economista. Alumno del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

A comienzos del siglo XX, el escritor británico Hilaire Belloc (1870-1953) publicó El Estado servil. En este ensayo, sostenía que el sistema capitalista de comienzos del siglo XX era inestable y, en su disolución, avanzaba hacia una sociedad donde la propiedad se estructuraba de una forma que recordaba a la antigua Roma o la Grecia clásica. Allí, muchos de sus habitantes —empezando por los esclavos— estaban obligados a trabajar para una minoría propietaria a cambio de un sustento vital básico.

En la sociedad medieval, la propiedad de los medios de producción tenía un importante grado de reparto, una forma que Belloc denomina “Estado distributivo”. En este Estado se encuentran, a un lado, aristócratas y reyes junto a la Iglesia. Al otro, pequeños propietarios agrarios y los habitantes de las ciudades organizados en gremios.

La Reforma protestante inició un proceso de concentración de las tierras en los grandes propietarios a costa de la Iglesia y del rey, quedando el sistema productivo cada vez en menos manos. Es entonces cuando se desarrolla el capitalismo que, a hombros de la revolución industrial, deja a un importante segmento de la población desamparado, en contraste con la creciente opulencia de industriales y comerciantes.

Nace, entonces, el socialismo en sus diferentes variantes, como respuesta a la creciente desigualdad, sí, pero especialmente a la miseria de una clase obrera vulnerable ante los vaivenes de los ciclos económicos. Belloc ve en esta ideología y la colectivización de medios de producción una alternativa al Estado capitalista, pero considera que otro modelo se impondrá gracias a la transacción entre grandes capitalistas, burgueses reformistas y el mismo proletariado. Los primeros asegurarán a los terceros mejores condiciones de vida que las de la época a cambio de trabajar para ellos: un “pan y circo” a cambio de paz social, que vuelve a recordar a la Roma imperial.

 

¿Nos encontramos en esa tesitura? Un siglo después se puede analizar en qué medida se han cumplido sus predicciones.

La inestabilidad creciente del capitalismo se palpa en la crisis económica posterior a la Gran Guerra y, más adelante, durante la Gran Depresión. De ella sólo se acabará de salir con la gran movilización de la II Guerra Mundial, de la que se puede culpar a los experimentos nazi y fascista, quizá las sociedades que más se asemejen al Estado servil: todos sirven al Estado y a la industria bélica, quien disiente se arriesga a ser castigado.

El arranque convulso del siglo XX y su continuación se caracterizan en Occidente por un pacto entre socialistas y conservadores que fomenta unas sociedades más reguladas, donde el Estado es propietario de gran número de empresas industriales y de servicios; parece que nos encontramos ante un sistema capitalista parcialmente colectivizado, que garantiza el sustento digno de casi todos. Esta fue la alternativa al capitalismo de comienzos del siglo XX, basada en el acuerdo de los representantes del proletariado y la burguesía. Sin embargo, falta la compulsión al trabajo para asemejarse al Estado servil que describía Belloc.

Este orden comienza a desmoronarse a partir los años 70 del siglo XX por causas diversas y, ante la ineficacia del sistema vigente para atajarlas, comienzan a cuajar las ideologías que apuestan por menos Estado y más capitalismo. El declive industrial de los años 80 trae al primer plano el fenómeno del desempleo. Esta vez el Estado no deja en la miseria a los ciudadanos que, gracias al sistema de ayudas, quedan protegidos durante un tiempo. Algunos, sin embargo, acusan a estos subsidios de estar gripando la máquina del progreso económico. Además de las oleadas de privatizaciones, una de las respuestas a este desafío que encontramos en umbral del siglo XXI es la Agenda 2010 de la socialdemocracia alemana: las prestaciones sociales se someten a una mayor condicionalidad. No es obligatorio trabajar, pero es más necesario y no está garantizado. Además, el trabajo estable es cada vez menos abundante.

Mientras tanto, asistimos a la pérdida de poder adquisitivo de todos menos de las élites, tendencia que la crisis financiera de 2008 no ha hecho sino exagerar. Parece que llevamos ya varias décadas de retorno hacia el Estado capitalista que Belloc consideraba definitorio de su época, una de cuyas características es la inestabilidad: un castillo de naipes construido sobre el multilateralismo, el turismo de masas y la financiarización de la economía, que se halla amenazado por los populismos, el cambio climático y que sorprende al mundo, hoy, con una crisis sanitaria global.  

Vuelven a resonar palabras como nacionalización de empresas y renta básica universal, lo que no puede sino devolvernos al debate de El Estado servil de hace cien años, quizá ahora con la redistribución de una riqueza cada vez más desigualmente repartida en el foco: por una parte, ésta circula ahora en forma de complejos instrumentos que financian, por ejemplo, unas viviendas cada vez más caras o la deuda de las empresas y estados. Por otra, nuestra elevada productividad ha logrado que muchas de nuestras necesidades básicas puedan ser cubiertas con una pequeña fracción de los ingresos de la mayoría. En este nuevo mundo feliz la servidumbre tendría consecuencias menos onerosas que las que pudo imaginar Belloc, quedando a nuestro albedrío si deseamos ocuparnos y cómo.

Para encauzar este nuevo escenario serán necesarios sucesivos amplios acuerdos políticos. Esperemos que nos permitan recuperarnos del shock, sin olvidar que las democracias deberíamos saber preservar, además de nuestro bienestar, nuestros derechos y libertades frente a algunas alternativas que pueden salir reforzadas en la desorientación actual.