Salvador Otamendi. Estudiante. Alumno del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

«Adáptese a las circunstancias» es lo que aconseja a Yuri Zhivago un soldado del ejército del zar Nicolás II que marcha a Petrogrado, poco después renombrado Leningrado, para servir en la Guardia Roja. Es 1917, un año de cambios clave en el devenir de la historia: en febrero estalla el primer capítulo de la fase revolucionaria rusa; EEUU, hastiado por los ataques de la armada alemana a su marina mercante, declara la guerra al II Reich, inclinando la balanza de forma definitiva a favor de las potencias aliadas en la Gran Guerra; y el presidente Wilson, a finales de aquel año, comienza a vislumbrar los célebres Catorce Puntos que sentarán las bases del nuevo orden internacional.

Generalmente, el maremágnum de acontecimientos que contiene toda crisis pone en juego la libertad humana. Una de las salidas más corrientes es la que le plantea el revolucionario anónimo al doctor en la película de David Lean: renunciar a la libertad y amoldarse a la nueva tiranía, sea ésta cual sea. Es un comportamiento dudoso para algunos —pero conveniente para la mayoría— que quizá se pueda explicar como una inclinación biológica en clave darwinista, o sea, sólo sobrevive quien mejor se adapte a los entornos cambiantes.

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En más de una ocasión, Zhivago, el joven poeta de vocación y médico de obligación, se plantea qué camino escoger. Tomemos como referencia al personaje de la novela y no tanto al del film, pues siendo la de Lean una obra de una calidad cinematográfica exquisita —baste recordar los vastos paisajes panorámicos, las miradas, las despedidas— no contempla todos los conflictos políticos, sociales y espirituales que sí se plasman en el libro. En la novela de Pasternak, la imparable marcha de los tiempos históricos sí está presente. Y, más allá del idilio trágico entre Yuri y Lara, el lector puede ver un análisis del cambio de época: una transición del mundo antiguo al nuevo; el ocaso del siglo XIX y la entrada, ya sí, en la centuria de los totalitarismos; la sustitución de las guerras imperialistas por las ideológicas; la caída de las costumbres y el surgimiento de nuevas prácticas sociales. 

Un mismo panorama podemos hacer del siglo XXI, el “siglo de las incertidumbres”: crisis, inestabilidad, inseguridad, confusión, brotes de reaccionarismos, nostalgia por edades doradas pasadas, ánimos alicaídos, decadencia, esperanzas depositadas en lo finito e inmediato y deseos de líderes firmes. Son sólo algunos exabruptos, expuestos aquí finamente, oídos en los bares de Europa. Y, por si fuera poco, no se olvide el más habitual: que cualquier tiempo pasado fue mejor. 

Este discurso de cambio de página, o capítulo si queremos hacerlo más dramático y misterioso, no es, ni mucho menos, original. Como casi todo en la historia, encontramos sus voces gemelas en el pasado. Y si hay una que destaca en el mundo de las ideas es la de Benjamin Constant. El polemista francés defendió en De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos lo que significa la libertad individual en la modernidad que se abría paso en los albores de la Restauración borbónica en el país galo, allá por 1819. Esto suponía un valiente ejercicio: elevar la voz contra el regresivo sentir popular hacia posturas más propias de la libertad de los antiguos y apostar por la libertad de los modernos.

La situación que le tocó vivir puede encontrar sus semejanzas con nuestro presente: el Antiguo Régimen terminaba sus días en Francia frente al advenimiento de la Monarquía constitucional; en el plano social, la edad industrial empezaba a producir cambios de diversa magnitud —él habla de “sociedad comercial”— y las turbulentas aguas revolucionarias que provocaron varios lustros de guerra en Europa daban paso a un tiempo de aparente calma institucional en territorio francés. Sin embargo, este sosiego no tranquilizaba a Constant y de ahí que viera necesario explicar a sus colegas por qué, en este momento postrevolucionario, había que salvar la modernidad frente al jacobinismo y el reaccionarismo que reaparecían entre la opinión pública parisina.

Ante el murmullo popular, en gran parte receloso de estos cambios, Constant se pregunta por la manera de fundar un nuevo régimen cuando en el pensamiento de la mayoría de los franceses ya no gobierna una cosmovisión propia de tiempos prerrevolucionarios. Un régimen, la modernidad, presidido por la libertad del individuo, entendida como el disfrute de toda una retahíla de derechos… y obligaciones. Aquí la alerta de Constant: siendo el “anhelo de los modernos (…) la seguridad en los goces privados” y las libertades “las salvaguardas que otorgan las instituciones para dicho disfrute”, todo puede echarse a perder en cuanto los hombres desatienden la libertad política, llegando a caer en una especie de dulce dictadura. Sirva la sociedad de Un mundo feliz de Aldous Huxley como una distópica aproximación a lo que ya previo Constant: el embobamiento en torno a los intereses privados puede provocar que “renunciemos con demasiada facilidad a nuestro derecho a participar en el poder político”.

Además del bicentenario que cumple este discurso, el interés del mismo recae en su idoneidad para hacernos las preguntas clave en estos momentos de cambio que estamos viviendo: ¿hasta dónde ha llegado el ensimismamiento de las sociedades occidentales? ¿Hemos renunciando a la libertad política hasta tal punto de hacer peligrar la comunidad política y sus instituciones construidas tras siglos de ímprobo esfuerzo? Leer a Constant, entre otros, puede servirnos de impulso inicial para valorar hasta qué punto está en juego la libertad o, mejor, para no olvidar que si a algo nos insta la libertad política es a cuidar y reformar nuestras instituciones más queridas.