Javier Conde es ingeniero aeronáutico y economista. Alumno del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

A comienzos del siglo XX, el escritor británico Hilaire Belloc (1870-1953) publicó El Estado servil. En este ensayo, sostenía que el sistema capitalista de comienzos del siglo XX era inestable y, en su disolución, avanzaba hacia una sociedad donde la propiedad se estructuraba de una forma que recordaba a la antigua Roma o la Grecia clásica. Allí, muchos de sus habitantes —empezando por los esclavos— estaban obligados a trabajar para una minoría propietaria a cambio de un sustento vital básico.

En la sociedad medieval, la propiedad de los medios de producción tenía un importante grado de reparto, una forma que Belloc denomina “Estado distributivo”. En este Estado se encuentran, a un lado, aristócratas y reyes junto a la Iglesia. Al otro, pequeños propietarios agrarios y los habitantes de las ciudades organizados en gremios.

La Reforma protestante inició un proceso de concentración de las tierras en los grandes propietarios a costa de la Iglesia y del rey, quedando el sistema productivo cada vez en menos manos. Es entonces cuando se desarrolla el capitalismo que, a hombros de la revolución industrial, deja a un importante segmento de la población desamparado, en contraste con la creciente opulencia de industriales y comerciantes.

Nace, entonces, el socialismo en sus diferentes variantes, como respuesta a la creciente desigualdad, sí, pero especialmente a la miseria de una clase obrera vulnerable ante los vaivenes de los ciclos económicos. Belloc ve en esta ideología y la colectivización de medios de producción una alternativa al Estado capitalista, pero considera que otro modelo se impondrá gracias a la transacción entre grandes capitalistas, burgueses reformistas y el mismo proletariado. Los primeros asegurarán a los terceros mejores condiciones de vida que las de la época a cambio de trabajar para ellos: un “pan y circo” a cambio de paz social, que vuelve a recordar a la Roma imperial.

 

¿Nos encontramos en esa tesitura? Un siglo después se puede analizar en qué medida se han cumplido sus predicciones.

La inestabilidad creciente del capitalismo se palpa en la crisis económica posterior a la Gran Guerra y, más adelante, durante la Gran Depresión. De ella sólo se acabará de salir con la gran movilización de la II Guerra Mundial, de la que se puede culpar a los experimentos nazi y fascista, quizá las sociedades que más se asemejen al Estado servil: todos sirven al Estado y a la industria bélica, quien disiente se arriesga a ser castigado.

El arranque convulso del siglo XX y su continuación se caracterizan en Occidente por un pacto entre socialistas y conservadores que fomenta unas sociedades más reguladas, donde el Estado es propietario de gran número de empresas industriales y de servicios; parece que nos encontramos ante un sistema capitalista parcialmente colectivizado, que garantiza el sustento digno de casi todos. Esta fue la alternativa al capitalismo de comienzos del siglo XX, basada en el acuerdo de los representantes del proletariado y la burguesía. Sin embargo, falta la compulsión al trabajo para asemejarse al Estado servil que describía Belloc.

Este orden comienza a desmoronarse a partir los años 70 del siglo XX por causas diversas y, ante la ineficacia del sistema vigente para atajarlas, comienzan a cuajar las ideologías que apuestan por menos Estado y más capitalismo. El declive industrial de los años 80 trae al primer plano el fenómeno del desempleo. Esta vez el Estado no deja en la miseria a los ciudadanos que, gracias al sistema de ayudas, quedan protegidos durante un tiempo. Algunos, sin embargo, acusan a estos subsidios de estar gripando la máquina del progreso económico. Además de las oleadas de privatizaciones, una de las respuestas a este desafío que encontramos en umbral del siglo XXI es la Agenda 2010 de la socialdemocracia alemana: las prestaciones sociales se someten a una mayor condicionalidad. No es obligatorio trabajar, pero es más necesario y no está garantizado. Además, el trabajo estable es cada vez menos abundante.

Mientras tanto, asistimos a la pérdida de poder adquisitivo de todos menos de las élites, tendencia que la crisis financiera de 2008 no ha hecho sino exagerar. Parece que llevamos ya varias décadas de retorno hacia el Estado capitalista que Belloc consideraba definitorio de su época, una de cuyas características es la inestabilidad: un castillo de naipes construido sobre el multilateralismo, el turismo de masas y la financiarización de la economía, que se halla amenazado por los populismos, el cambio climático y que sorprende al mundo, hoy, con una crisis sanitaria global.  

Vuelven a resonar palabras como nacionalización de empresas y renta básica universal, lo que no puede sino devolvernos al debate de El Estado servil de hace cien años, quizá ahora con la redistribución de una riqueza cada vez más desigualmente repartida en el foco: por una parte, ésta circula ahora en forma de complejos instrumentos que financian, por ejemplo, unas viviendas cada vez más caras o la deuda de las empresas y estados. Por otra, nuestra elevada productividad ha logrado que muchas de nuestras necesidades básicas puedan ser cubiertas con una pequeña fracción de los ingresos de la mayoría. En este nuevo mundo feliz la servidumbre tendría consecuencias menos onerosas que las que pudo imaginar Belloc, quedando a nuestro albedrío si deseamos ocuparnos y cómo.

Para encauzar este nuevo escenario serán necesarios sucesivos amplios acuerdos políticos. Esperemos que nos permitan recuperarnos del shock, sin olvidar que las democracias deberíamos saber preservar, además de nuestro bienestar, nuestros derechos y libertades frente a algunas alternativas que pueden salir reforzadas en la desorientación actual.