Juan Pablo Serra. Profesor de Humanidades y Política en la Universidad Francisco de Vitoria y la Escuela de Liderazgo Universitario.

Como una suerte de flujo y reflujo, durante estos meses de confinamiento se han sucedido tanto los pronósticos de los intelectuales acerca del mundo posterior a la pandemia como la crítica subsiguiente que señala las carencias de sus augurios. Es normal, se dice, que abunden las predicciones en tiempo de crisis. Creer, sin embargo, que alguien puede saber cómo serán las ciudades, los empleos, la educación o las relaciones humanas del futuro más inmediato es no entender la naturaleza de un vaticinio, que se basa en aislar algún factor de la totalidad de la situación y dejar en la oscuridad el resto.

¿Con qué criterio? A veces —como Fukuyama o Harari—, asumiendo que la crisis traerá algunos cambios pero no modificará las tendencias que ya había antes. Otras veces —como con Zizek, Agamben o John Gray—, enfatizando que la novedad será la nueva norma. Es cuando ponemos a “dialogar” estas proyecciones que advertimos el modo en que adaptan la observación del presente a la teoría previa o, en feliz expresión de Arias Maldonado, que “toda predicción se sostiene secretamente en el deseo”.

Algo de este cariz me ha parecido que subyace en los análisis de periodistas, especialistas y observadores que se han asomado al desempeño de los gobiernos populistas en relación al COVID-19. La crisis de la democracia asociada al resurgir del populismo ya era, antes de la llegada del virus, uno de los grandes temas de nuestro tiempo. De esta guisa, a la hora de analizar la reacción y las medidas adoptadas por los distintos líderes populistas a lo largo y ancho del globo, si algo sale a la luz es, justamente, la idea previa de sus autores tanto respecto al populismo —su origen, alcance y previsible deriva— como sus deseos secretos acerca del tipo de democracia que entienden valiosa.

 

 

El problema es que la teoría no termina de explicar in toto las acciones de los populistas en estos meses. La discusión académica señala la ambivalencia del populismo, pero, más o menos, coincide en señalar que el populismo es un estilo de hacer política y una ideología delgada (Cas Mudde) de crítica de la democracia en nombre de la democracia que considera a la sociedad dividida básicamente en dos campos homogéneos y antagónicos, el pueblo (puro) frente a la élite (corrupta) y que sostiene que la política debe ser la expresión directa de la voluntad general del pueblo.

¿Puede sobrevivir el populismo al COVID-19?, se preguntaban en un reciente paper de Relaciones Internacionales y en varios artículos de medios extranjeros. La intuición de muchos, también en España, es que los gobiernos populistas son malos gestionando un problema de esta envergadura y, por tanto, que la epidemia pasará una factura política a la sociedad y al populismo. La realidad, no obstante, no coincide del todo con estos deseos, pues la pandemia ha forzado a más de uno a abandonar el estilo y retórica populistas y adoptar, a cambio, un perfil más político y estadista.

Es cierto que, al inicio de la crisis, Erdoğan en Turquía, López Obrador en México, Bolsonaro en Brasil o Putin en Rusia desoyeron las advertencias de los expertos de la OMS y evitaron las restricciones de movimientos y las medidas de distanciamiento social. Pero también lo es que al poco tiempo, y aún sin decretar el encierro total, Turquía respondió con agilidad y aumentando el número de tests; que el incremento de muertos modificó la inicial pasividad de Donald Trump y le llevó a declarar la emergencia nacional y el cierre de fronteras (aunque posteriormente volviera a las andadas y anunciara la suspensión de la contribución estadounidense a la OMS); y que la magnitud de la amenaza “redimió” momentáneamente a Boris Johnson, que se puso en manos de sus asesores científicos y decretó un estricto confinamiento.

Otros líderes populistas, en cambio, aprovecharon la coyuntura para concentrar poderes, reprimir libertades e imponer penas de cárcel para quienes difundieran información alarmista, como Viktor Orbán en Hungría o Rodrigo Duterte en Filipinas, que enarbolaba la ley marcial mientras perseguía a opositores y activistas. La pandemia, en fin, ha dado cobertura para recuperar medidas severas ejecutadas por la policía o el ejército como toques de queda, porras y gas lacrimógeno en Kenia, Sudáfrica o la India. Y, a la vista del éxito en la contención de la enfermedad en países asiáticos (Corea del Sur, Taiwán, Singapur), se ha llegado a cuestionar la reticencia de las democracias occidentales a la hora de monitorizar a sus ciudadanos, sobre todo cuando los gobiernos han podido restringir movimientos, intervenir empresas, cerrar colegios, negocios y tráfico aéreo sin apenas protesta.

Ahora bien, ¿es la reaparición del músculo del poder algo específico del populismo? En absoluto. El empleo de la fuerza, los decretos, la ausencia de debate parlamentario o incluso la llamada a gobiernos de concentración no son definitorios del populista. En cierto sentido, escribe David Runciman, pertenecen a “la esencia de la política”, que consiste en que “algunas personas dicen a otras qué deben hacer”. En una emergencia de las características que estamos viviendo, las democracias no son tan distintas de otros regímenes en su voluntad de poder y orden.

Teóricos como Jan-Werner Müller identifican este resurgir de la política en toda su crudeza con un primado de lo político del que sería razonable prevenirse. Confunde, creo, lo político con la forma del Estado totalitario, que es, a decir del jurista de Estado Javier Conde, una forma política en la que todo es político y una organización determinada por la posibilidad de la guerra total. Sin embargo, que la crisis revele el modo en que lo político sobresale por encima de la economía no significa que todas las decisiones de los políticos sean las mejores ni las más aceptables. Pero sí nos recuerda que, en el núcleo de toda política, hay una arbitrariedad inevitable. La falta de conocimiento que rodea al COVID-19 hace evidente que no hay respuestas “fijas” ni absolutamente mejores con que guiar su prevención y gestión política. Por eso, añadía Runciman, no es irrelevante cómo sea el gobierno de tu nación: “a pesar de que la pandemia es un fenómeno global, y se experimenta de modo similar en muchos lugares distintos, el impacto de la enfermedad está en gran medida determinado por las decisiones que toman los gobiernos particulares”. A las democracias les cuesta tomar decisiones difíciles y prefieren dar largas a los asuntos pero, cuando no queda otra, se adaptan, resisten y conviven bien con los riesgos. El autoritarismo chino también dilata el momento de pasar la acción, pero llega mucho más lejos en sus confinamientos y otras medidas de prevención en tanto prima los resultados inmediatos.

Puede que sea insensato anunciar lo que ocurrirá con el populismo de aquí en adelante. Lo que, quizá, podamos asegurar es que la presente crisis premiará a aquellos que hayan sido auténticos políticos, esto es, a aquellos que, reconociendo la necesidad humana del poder, lo ejerzan como servicio, como responsabilidad personal y, sobre todo, con humildad y conciencia de la limitación propia de todo ser humano. Si hacemos caso a Romano Guardini —que es quien me inspira estas ideas sobre el poder—, no sería descabellado pensar que los políticos que admitan errores fortalecerán su poder. He ahí una sugerencia —y, sí, un deseo— para futuros acontecimientos.