Por Belén Becerril. Profesora de la Universidad CEU San Pablo. Subdirectora del Instituto de Estudios Europeos del CEU.

En las últimas semanas se ha hablado a menudo de una crisis existencial de la Unión Europea, poniéndose en duda incluso su propia supervivencia. Como es lógico, la crisis que vivimos no ha provocado el cuestionamiento existencial de China o de los Estados Unidos. Sin embargo, dicen algunos, la Unión no es una nación, es sólo un proyecto y, por lo tanto, se legitima por sus resultados. Pende siempre de un hilo.

En realidad, la crisis ha acompañado siempre la integración europea: el fracaso de la Comunidad de Defensa en sus primeros años, la quiebra del sistema de votación en los sesenta, el no danés al Tratado de Maastricht, el fracaso del Tratado Constitucional… La historia de la integración incluye, junto a sus logros extraordinarios, una larga sucesión de tropiezos, de proyectos frustrados, de desafíos. En los últimos años, la crisis económica y financiera y la de refugiados han ocupado un lugar muy destacado en esta larga lista de dificultades. También la retirada del Reino Unido, una crisis agónica, prolongada a lo largo de cuatro años.

Como era de esperar, la pandemia que sufrimos ha despertado, si cabe en mayor medida, las voces de los agoreros. Estas se unen a las muchas que desde los medios anglosajones señalan desde hace años el colapso de la Unión o el inminente final del euro. El proceso de integración no es irreversible, como bien ha puesto de manifiesto la retirada británica, pero, ¿tiene sentido, en nuestros días, plantear cada crisis en términos existenciales?

Creo que a menudo, tras el discurso apocalíptico, late la frustración causada por algunas expectativas infundadas.

En primer lugar, muchos esperan que la Unión resuelva con éxito los problemas planteados en ámbitos en los que carece de competencias. En salud pública, por ejemplo, las competencias quedan en manos de los Estados miembros. La Unión no puede sustituir la competencia nacional y toda armonización está expresamente prohibida por los Tratados. Sólo le queda la posibilidad de fomentar la cooperación entre los veintisiete gobiernos… algo difícil cuando deciden las autoridades nacionales y no hay posibilidad de adoptar decisión alguna por mayoría cualificada.

En segundo lugar, muchos esperan de la Unión la plasmación perfecta de sus ideas políticas. Con frecuencia, las críticas a las políticas europeas vertidas desde la derecha o la izquierda parecen poner en duda la misma legitimidad de la Unión Europea. Para algunos conservadores y liberales esta sólo se concibe en tanto y en cuanto refuerce las libertades del mercado interior o exija a los Estados miembros políticas económicas ortodoxas. Para algunos socialdemócratas, en cambio, la Unión sólo se justifica en la medida en que desarrolle políticas de solidaridad y muestre flexibilidad hacia las políticas fiscales. Buen ejemplo de ello son las voces que desde de la izquierda española han sugerido, en las últimas semanas, que una Unión sin eurobonos es insolidaria e inútil.

La Unión Europea no es perfecta. No resolverá todos nuestros problemas, ni saldrá airosa de cada crisis, menos aún, cuando carezca de competencias. Tampoco será nunca la plasmación de nuestros ideales, ni nos librará, afortunadamente, de la pluralidad que caracteriza al espacio político europeo. Siempre habrá tensiones entre sus Estados miembros. Siempre habrá que ajustar las claves del reparto competencial.

Pero, con todas sus limitaciones, la Unión Europea es un gran éxito colectivo del que podemos estar orgullosos. Como se ha dicho, un éxito inverosímil, a la luz del pasado europeo. Y también, un marco capaz de afrontar con éxito los retos que plantea la sociedad global de nuestro tiempo –  las pandemias, las crisis financieras, el cambio climático, la transformación digital… -. Retos ante los que los Estados, en solitario, sólo pueden fracasar. Europa es imperfecta, pero también es imprescindible.

Tras setenta años de integración, la Unión es mucho más que un proyecto, es una construcción sólida y madura, basada en una identidad cultural, latente bajo la rica diversidad europea, y en unos valores compartidos. Construida en torno a un gran espacio de libertad que llamamos mercado interior, con unas instituciones comunes y unas normas aceptadas por todos.

Por lo demás, el discurso apocalíptico a menudo nos oculta los pasos en la integración que acompañan a cada crisis. Llama la atención, por ejemplo, el silencio de los medios ante la propuesta de la Comisión de aumentar el presupuesto de la Unión hasta el dos por ciento del PIB, algo inconcebible hace tan sólo unas semanas. Parece mentira que, tanto tiempo después, las palabras de Jean Monnet sigan resultando tan certeras: “Siempre pensé que Europa se haría entre crisis y sería la suma de las soluciones que diéramos a estas crisis”. Mientras, los agoreros anuncian el colapso de la Unión.