Ricardo Franco. Director de la Editorial Nuevo Inicio.

Qué difícil es meter en la exigua horma de este artículo todas las palmas y silencios de nuestro cante. ¿Cómo  voy a canalizar todo este torrente para que ustedes beban? Pero algo hay que decir; así que me arranco…

  Podríamos aludir a un estrato popular como “verdad musicalizada de la experiencia”, pero ciertamente, una descripción así no llevaría a nadie al Sacromonte o a un tablao de madrugada. Por eso, es mejor partir del contenido emotivo, humano, por tanto universal, del cante jondo.

  Para ir haciendo boca, y polarizando al máximo el ejemplo,  imaginemos a un hombre  que sufre  ese escalofrío mortal que nos atraviesa a nosotros, sobre todo ahora. Pero su creatividad y su sensibilidad, en este contexto de fatiguita doble, sublimó el escalofrío en tercios y coplas acompasadas, aprendidas de otros, quién sabe cuándo. Al ver pasar un carro hacia la morgue reconoció una mano. Quizá de su hija. Quizá de su madre, o de su amada: 

“En er carro de los muertos,

ayer pasó por aquí,

yebaba la mano fuera…

por eya la conosí”

Esto es el Cante Jondo. Pellizco, picotazo, y gañafón de un drama incomprensible. De nuestro mismo drama por antonomasia. Un drama a compás de nudillo y palmas  donde descargar el peso de la jornada o ensalzar un fugaz e inesperado gozo. 

El cante es como un árbol del que cuelga la trágica  seguiriya, la solemne Soleá y los Fandangos arracimados en centenares deTarantas, Granaínas, y Malagueñas, pero su raíz nace de una herida sin anestesiar de sufrimiento y belleza indescriptible, excepto para el cantaor, que se convierte, de este modo, en voz rumiante y profética de nuestra experiencia humana. 

Todavía cae la sombra sobre el origen y formación de nuestro arte. Ahí tienen trabajo de sobra filólogos y musicólogos.  Sí podemos decir que el Mediterráneo esparció hasta nuestra costa el milenario canto de Tartessos, el lamento judío y el musulman; cómo no, también el cristiano; incluso vinieron sones del Nuevo Mundo para desembocar como riachuelos en el aljibe profundo de un hombre andaluz, que recoge en su memoria todo ese flujo milenario. 

Desde el romance de Castilla hasta el cancionero de Demófilo, padre de los Machado, la literatura cede, -o el Flamenco toma- un torrente de imágenes y contenido. También los cantaores, analfabetos de cuna,  pero doctores de vivencias, crean  infinitos tercios sobre el amor y los celos, la vida y la muerte, el vino y el hambre. Porque la creatividad no distingue clase social ni pajaritas blancas para ser culta. No hay más que recordar a Manuel  Santos Pastor “Agujetas”, flamenco salvaje, paradigma gitano, desentendido de la  servidumbre educativa y selectiva del payo, que abandona su fragua e inventa mil estrofas sembradas de noche y paridas al alba de su memoria sin fondo, como si la ausencia de letras y números hubiera dejado el espacio necesario donde desbocar su poética rabia. Y yo me pregunto si eso no es cultura ¿No hacen lo mismo el compositor o el poeta? Entonces, ¿Por qué el Flamenco es mirado con desdén? ¿Quién decide la altura cultural de una expresión? ¿Quién sabe…?

 

El hecho es que el Flamenco ha sufrido dos grandes desprecios:

El desprecio clasista de cierta intelectualidad que lo desterró al limbo de lo “folclórico”, y la ignorancia supina de las españolitos, acomplejados de sí mismos, y religiosamente entregados a colonizadores divertimentos foráneos, “porque eso sí que es moderno…” Pero el Flamenco,-no lo olvidemos-, es la celebración poética y musical de la vida -sin censuras melindrosas- cuyo nacimiento no está en conservatorios o pentagramas, sino alrededor de las fogatas de las gañanías, los patios de vecinos, las fraguas, las barberías, los bares y burdeles con un mismo fuego: el fuego del hombre hecho Cante como profecía sedienta de otro mundo. 

Su génesis está circunscrita a las familias- sobre todo gitanas-, a los amigos, a las comidas y las cenas, a las tareas diarias que conforman lo humano, cuando el hombre no sufría  la injerencia abusiva de la tecnología, y necesitaba encontrarse y divertirse con los otros. De hecho, y como muestra de este triste botón desgastado, ya no nacen artes como el nuestro: único y misterioso. Es más, casi parece que ya no nace nada realmente bello, desde que nos abrazamos a un eterno presente que desdeña la tradición, el encuentro fraterno y el pasado.

En cualquier caso, el Flamenco no necesita defensa, porque se defiende solo. Le basta ser visto y escuchado,-en vivo a ser posible-, y dejarle respirar: que respire un poco en su silencio. Porque el Flamenco fetén, “el que sabe a sangre” en la boca de la Piriñaca -no el de radiofórmulas de hora punta-, es un acontecimiento  de humanidad tal que la televisión o la radio no logran reproducir. Hace falta estar encima, escuchar el aliento cantaor y el golpe de los dedos en la guitarra, como llamadas en la puerta de una vida que no ha cumplido su palabra. Entonces sí comprenderemos aquel temblor remoto, primigenio y anterior a todo, incluso al dinero y al prejuicio, para ver la fragua, la mina, el corredor carcelario, la flor silvestre, los amores, el agua clara, el verde oliva de unos ojos que ronean, y los tragos de asombro que se vuelcan en las grietas de esta voz centenaria. 

Quiero terminar recordando el eco jerezano de mi amigo José Duende, cantaor de las Cavas de mi Madrid calé, que en noches insomnes invocaba al espíritu melancólico de la Soleá para aligerar el peso de nuestra penas entrelazadas “como la morera por los vallaos”, y  mi corazón entonces, soñaba en sueños un no sé qué de horizonte atardecido, donde liberarnos por fin del peso de las duquelas y sus bajonazos. 

Por Undebé se lo pío…Acérquense al Flamenco. Háganse el favor. Háganme caso. Seguramente vibre en su alma algún compás perdido de ese Espíritu que sobrevolaba el  primer amanecer del mundo, alumbrando un nuevo canto.