Borja Barragué: ¿Es justificable la discriminación estadística (basada en la edad)? 

Borja Barragué es profesor de Filosofía del Derecho en la UNED.

 

De qué hablamos cuando hablamos de discriminación estadística

En apenas un par de meses, la pandemia del Covid ha cambiado nuestras vidas. Ya no salimos a correr o andar en bicicleta por la calle, sino que nos conformamos con hacer rodillo y dar paseos en el salón de casa. Ya no sale uno a socializar al bar, sino que se conecta a Zoom. Esto ha provocado un aumento del desempleo y una caída de los ingresos, sobre todo entre los colectivos vulnerables más afectados por el cierre de las actividades decretada. Las cicatrices sociales aparejadas a todo ello curarán rápido si la pandemia también lo hace, pero serán visibles muchos años en el caso de que no sea así. 

Pero junto a estos cambios bruscos, la pandemia está sacando a la superficie algunos fenómenos sociales con los que hemos convivido muchos años pero que habíamos decidido obviar. Es el caso de la discriminación estadística. Me explico.

Hasta que estallara la crisis sanitaria del Covid, un ciudadano español podía viajar libremente por cualquier país de Europa. Pero un ciudadano de Burundi, por ejemplo, no. Esto tiene sentido porque la libre circulación de trabajadores es un principio fundamental establecido en el Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, del que España es parte, pero Burundi no. 

Gracias a ello, los ciudadanos europeos hemos podido viajar a casi cualquier país sin restricciones ni visados. Cuando eso es así, uno tiende a pensar que es lo normal. Pero es lo normal solo si uno tiene el pasaporte de un país rico. Si, en cambio, uno ha nacido en Burundi, la cosa se complica. ¿Por qué?

La asunción implícita es que si uno vive en Alemania, por ejemplo, un país económicamente muy desarrollado y donde impera el Estado de Derecho, normalmente no va a extender ilegalmente su visita para buscar trabajo en otro país. La norma es la confianza y la laxitud. Si uno es de Burundi, por el contrario, la presunción se invierte: la norma es la sospecha y la inspección. 

Dicho de otra forma: si uno es pobre, vive instalado en la discriminación estadística permanente.    

Muchas políticas se basan en ese concepto por razones de eficiencia. En términos abstractos, discriminar estadísticamente consiste en tomar una característica de las personas que correlaciona positiva pero imperfectamente con aquella variable que nos interesa (“proxy”). Pensemos en una empresa de seguros. Lo ideal sería poder saber el riesgo de accidente que tiene cada individuo. Sin embargo, a la hora de fijar el precio de la prima, la práctica tiende a discriminar en contra de los conductores varones y jóvenes (proxy), aunque lo que nos gustaría identificar realmente son los conductores imprudentes (sean o no varones jóvenes). 

La cuestión es que ese ejemplo no agota los casos de discriminación estadística. Si alteramos el ejemplo y en lugar de primas de seguro hablamos de obtener un empleo y cambiamos a los veinteañeros hiper-hormonados por mujeres (en edad de quedarse) embarazadas, el juicio moral que nos merece la discriminación estadística cambia. Si volvemos a modificar el ejemplo y ya no hablamos de un empleo sino de una plaza en la Universidad y en lugar de mujeres (en edad de quedarse) embarazadas ponemos que hablamos de colectivos históricamente discriminados (población afrodescendiente), entonces el juicio moral que nos merece la discriminación estadística vuelve a cambiar.  

 

El discreto encanto de los nihilistas de la justicia intergeneracional

En sus planes de desescalada, muchos países están modulando el rigor del confinamiento en función del grupo de edad. Dadas sus necesidades específicas, España ha flexibilizado la cuarentena para los niños y adolescentes. Dado que la letalidad del Covid está muy concentrada en el grupo de edad de 70 y más años —en España representan alrededor del 85% de las muertes totales—, el confinamiento híper riguroso adaptado por España es una política destinada a evitar la saturación hospitalaria cuyos beneficiarios son, sobre todo, los casi 7 millones de españoles mayores de 70 años. Es, por tanto, una forma de justicia intergeneracional hacia los mayores.

Ahora bien: todo lo bueno que tiene el confinamiento con respecto a la capacidad de atención hospitalaria, lo tiene de malo para la economía. Además, los paganos de la factura del cierre de sectores económicos enteros no van a ser los mayores, sino los jóvenes. Igual que en la crisis financiera de 2008, el zarpazo económico de la pandemia se está cebando con los jóvenes, que en España han sufrido uno de cada dos despidos

Así pues: ¿es moralmente aceptable que el grupo más vulnerable permanezca más tiempo confinado? 

Según el enfoque (deontológico) más extendido, la discriminación estadística es justificable sólo en la medida en que lo sea también el objetivo que persigue y, además, no se vulnere el derecho a ser tratado como un individuo

Supongamos, en aras del argumento, que concedemos que el confinamiento extra para los mayores tiene un objetivo impecablemente legítimo como es proteger la salud del grupo de edad más vulnerables al Covid. Incluso si admitimos eso, muchas personas pensarán que el confinamiento extra no es justificable porque no supera el segundo filtro; esto es, porque fracasa a la hora de observar el deber de tratar a los mayores como individuos. 

Pero como dice el filósofo danés Kasper Lippert-Rasmussen, es falso que tengamos un derecho a ser tratados como individuos. A veces, los agentes que patrullan un barrio (muy) rico de una ciudad y ven una persona que “no encaja”, hacen bien en no pararle y pedirle la documentación a pesar de que determinada información proveniente de la observación (forma de vestir, raza) les podría llevar a hacerlo. En nuestro caso, habrá muchos niños españoles que sean vulnerables a la enfermedad (diabéticos, por ejemplo) y que sin embargo se van a aprovechar de las salidas a la calle porque, estadísticamente, el virus no se ceba con los grupos de edad más jóvenes. Cuando opera en nuestro beneficio, no parece haber mucho problema con la discriminación estadística.   

En realidad, la discriminación estadística (sólo) es inaceptable cuando opera en nuestro perjuicio y, más aún, incorpora una visión o trato degradante, incompatible con la igual dignidad de todas las personas. Por aterrizar la idea: una discriminación estadística que humilla y estigmatiza es que la policía cachee solo a las personas de determinado color o condición socioeconómica. Esa discriminación estadística es intolerable porque es incompatible con la igual dignidad de todas las personas. 

Si pensamos que el confinamiento extra incorpora esa visión degradante de las personas mayores, entonces sí tenemos razones para rechazarlo. Si, por el contrario, pensamos que no hay nada de humillante en extender la cuarentena para hacer compatibles los objetivos de proteger a los mayores del virus y a los jóvenes de la crisis económica subsiguiente, entonces no hay razones de principio para rechazarlo, salvo que uno sea un nihilista de la justicia intergeneracional.


Editorial

Víctor Pérez Díaz ha teorizado en numerosas ocasiones acerca del ruido mediático que intoxica la conversación pública. Los bulos, el exceso de datos que recibimos y la propia incapacidad para elegir de quién queremos fiarnos, contribuyen a una intoxicación del debate. En esta situación que no es de desinformación, sino de sobreinformación, es imprescindible, en primer lugar, recuperar la perspectiva y, en segundo lugar, saber detenerse allí donde uno reconoce su desconocimiento.

Si observamos lo que está sucediendo y lo hacemos sin un ánimo partidista podemos ver a un Gobierno que hace lo que puede y que se desenvuelve bastante mal gestionando problemas concretos. Desde el principio fue un Gobierno que nació con la gran dificultad de que las partes que lo integraban no se deseaban mutuamente, y así lo declaró Pedro Sánchez en repetidas ocasiones. Un Gobierno que multiplicó Ministerios de trampantojo para satisfacer cuotas de poder y de imagen, pero que no estaban pensados para responder a problemas concretos ni ocupados por los más capaces.

La respuesta a la crisis fue lenta y ha multiplicado exponencialmente los efectos del virus. La miopía del Gobierno para entender la situación y responder pronto merece ser estudiada con detenimiento. Se puede entender que se debe a un Gobierno inútil e ideologizado que solo se interesa por las cuotas de poder, pero una simplificación de esta naturaleza solo nos impediría ver que el desmembramiento del Estado y las políticas nacionalistas a lo largo de cuarenta años han convertido a la Administración en un monstruo con pies de barro. El ejemplo más sangrante lo encontramos en el Ministerio de Sanidad, incapaz de recibir datos fidedignos de contagios y muertos. No es que el Gobierno mienta siempre, es que tenemos un Estado al que hemos dejado ciego y sordo, y ahora le pedimos que corra y llegue pronto sin tropiezos. Pero también el Ministerio de Educación ha resultado poco operativo y ha generado mucha inseguridad. Tenemos un modelo que ni delega realmente en las Comunidades Autónomas, ni apuesta por una centralización. Nuestro modelo regional se encuentra en una indefinición insostenible fruto de componendas a lo largo del tiempo y solo ha conseguido sobrevivir gracias a la inercia histórica, pero el así llamado “problema catalán”, y ahora el COVID-19, muestran la urgencia de una revisión. 

Al lado del Gobierno, pero en la otra orilla, se encuentra una oposición igualmente desubicada que se debate en una crisis ideológica interna y que, dividida, pugna por mostrar cuál es más auténtica. Una oposición que se opone para definirse y que se preocupa más por la imagen que quiere dar que por los problemas concretos con los que debe colaborar. No hemos visto una oposición que tenga la autoridad para corregir al Gobierno con sensatez, ni para apoyarle cuando ha debido hacerlo. En los últimos años se limitó a un discurso institucionalista que se escondía en el formalismo jurídico para evitar tomar decisiones sobre el sentido y significado de la política. Por un lado acusaba a la “izquierda” de salirse del marco constitucional, lo cual no es cierto, y por otro se resistía a tomar decisiones de fondo. La desatención de la derecha española al sistema educativo, al modelo territorial del Estado, al sistema sanitario, la cultura, o al problema del cuidado de los más vulnerables ha dejado en manos de los socialistas la definición del contenido material de nuestra vida en común. La derecha debe asumir con serenidad su mendicidad ideológica y revisar sus ideas a la luz de la experiencia colectiva que estamos viviendo. Esto le permitirá ser leal con el Gobierno sin desdibujarse y sin desatender sus obligaciones de crítica y corrección al poder.

Tenemos una sociedad mucho más sana de lo que podría parecer. No es cierto que “tenemos lo que nos merecemos”, porque ni lo que tenemos es tan malo, ni nosotros somos lo que decimos ser. Esta forma de vernos es parte del pathos típicamente español y de un “neo-regeneracionismo” al que le encanta predicar las miserias patrias. El español parece recrearse en el nacional-masoquismo y esto le impide ver lo valioso que tiene ante sí. El pueblo español en su conjunto está demostrando ser uno de los pilares más sólidos sobre los que construir la política de los próximos años. Vemos una sociedad que no está dispuesta a claudicar ante ninguna tentación autoritaria, que exige libertad de prensa, que critica las ineficiencias y que comenta al minuto los Decretos del Gobierno provocando rectificaciones inmediatas. Una sociedad que tiene buen gusto y criterio para aplaudir y señalar las acciones generosas, heroicas y solidarias de los demás, que aprecia los gestos de unidad y de colaboración y que, en su conjunto, rechaza la crispación y el odio. Hemos visto una sociedad que, tan solo un mes después de los debates sobre la eutanasia, ha demostrado querer hacer un sacrificio enorme por los ancianos. Estamos viendo también una preocupación general por nuestros muertos y un cuidado exquisito por conservar los cuerpos. A pesar de la dureza de las imágenes de las morgues, los cuerpos están ordenados, con su nombre, un ataúd, y una enorme dignidad. ¿Por qué damos por supuesto que no se hayan hecho fosas comunes y que se no se hayan hacinado los cuerpos? Todavía valoramos a nuestros mayores, reconocemos la dignidad del cuerpo y la necesidad de velarlo, lo cual es signo de una gran altura cultural. 

Valga esto como ejemplo de que quizás lo que en verdad nos pase a los españoles es que no sabemos observar y que, por vicio nacional, criticamos lo que tenemos, y solo defendemos lo que ya hemos perdido.

Hay una crisis grave que lo sacude todo, pero esto no debe distraernos del debate esencial en este momento. Debemos centrarnos en la duración del estado de alarma y en la teleología de las medidas económicas excepcionales, que deben ser transitorias y orientadas a fines precisos para que no se hagan estructurales. La economía debe volver a tener pulso, y si eso se produce en un plazo compatible con la supervivencia de las familias, el debate será agrio e intenso, pero pasajero. 

 

Por Fundación Conversación.


Daniel Capó: Una traición esperanzada

 

Daniel Capó.

Como era habitual entre los antiguos, al papa san Gregorio Magno le gustaba detenerse en la numerología. Hay, diríamos, un mundo que se oculta tras el eco sigiloso de los guarismos y las letras. El número siete –explica Dom Nault- le fascinaba especialmente: hay siete vicios y siete virtudes, siete dones del Espíritu Santo y siete bienaventuranzas. Como sorteando una arquitectura laberíntica, el pontífice romano localizaba pasadizos secretos que conectaban una estancia con otra. Sabía que los símbolos dicen siempre más de lo que dicen, ya sea por su valor alegórico o por el matiz que sugiere una imagen, por las emociones que suscitan o por su riqueza expresiva. Como monje, san Gregorio conocía bien la tradición del desierto y sus tentaciones. Una de ellas, la más conocida, es la acedia, el demonio del descuido, que san Gregorio traduciría como “tristeza”; aunque quizás fuera mejor decir “tristia”: las tristezas, así en plural, como los poemas de Ovidio.

La tristeza nos habla de un alma agotada, desengañada del mundo, sin grandes esperanzas. De ahí a la pereza, al abandono de las obligaciones y la depresión apenas media un paso, un leve gesto de la voluntad. Lo que es pasajero se convierte así en una tierra baldía. Además, los padres del desierto reconocían otra modalidad de tristeza: esa pesadez agobiante del verano que agita las moscas y las azuza furiosas contra hombres y animales. La ira característica del activismo, ese ajetreo agónico de quien no puede permanecer en silencio ni a solas consigo mismo son propios también de la acedia. Tanto en el abatimiento como en la airada desesperación arraiga un mal proteico que arrastra la conciencia de los hombres y los pueblos hacia una estación Termini nada extraña para nosotros: la de una esclavitud del alma capaz de encerrarnos tras los pesados barrotes de una realidad que percibimos asfixiante.

También la Europa actual da la impresión de ser un lugar definido por la tristeza: una sociedad cansada, envejecida y presuntuosa, que se mueve entre la ira ideológica y la desesperanza. El continente se sueña a sí mismo como un espacio puro que oculta nuestras culpas, lo cual es como decir que reniega de su responsabilidad mientras que la verdadera grandeza de la cultura europea se sustancia en algo muy distinto, en una traición esperanzada. Se diría que el orgullo de pertenecer a “una nación de traidores” –en palabras del ensayista Rémi Brague– define el camino de Occidente. Traidores a esa tristeza consistente en pensar que la realidad no es capaz de más, que la Historia nos aplasta y nos reduce a la impotencia y la esterilidad. Brague lo argumenta con exactitud en un librito precioso titulado La vía romana, en el cual reivindica la provechosa fecundidad de una idiosincrasia que se abre continuamente a la potencialidad de lo elevado. Ya hace muchos miles de años, el poeta Homero nos habló de una guerra trágica: la de Ilión, que hermana a los pueblos en la desgracia común de la humanidad; y de un héroe: Odiseo, que persigue su destino más allá de los mares. Es el mismo impulso que se rebela contra el mal de la tristeza en nombre de la esperanza. 

Otro autor, el alemán Ernst Jünger también observa en algún lugar de su obra que el hombre se sitúa entre dos polos: uno es el pasado que empuja, otro es el futuro que atrae a sí como un imán. El pasado representa la carga de la historia manifestándose incluso en las diminutas variaciones genéticas del ADN o en los pliegues ocultos del cuerpo. El imán, en cambio, se encuentra fuera de nosotros, como un país lejano que nos invita a marchar hacia lo desconocido. No se trata de la proyección de nuestras debilidades, de nuestros miedos o de nuestro abatimiento, sino de la esperanza de un horizonte que conjure la maldición solipsista.

¿Qué queda de ese horizonte en nuestro mundo? ¿A qué nos llama la UE? ¿Hacia dónde nos dirigimos? No lo sabemos y, al ignorarlo, vamos quedando encorvados en el estrecho cerco de lo inmediato. La tragedia de la Unión reside en un relato que ya no aspira a decir nada relevante y que se conforma con ir contando las horas de modo circular, sin propósito ni destino. Nos aguantamos unos a otros por el común beneficio de estar juntos, pero sin atrevernos a dar un paso adelante. En ocasiones, surgen movimientos populistas que reflejan un hondo malestar y llaman a romperlo todo. En otras, se impone la inapetencia de los intereses pequeños, la letra menuda de la contabilidad presupuestaria, mientras el debate público se degrada, los salarios se erosionan y la fractura social se agranda. Europa emprende su particular viaje de invierno, rota en mil fragmentos –nacionales y familiares, individuales y de género–. Y lo cierto es que la tristeza llama también a una soledad sin vínculos, a una soledad enferma. Nada que no supiera ya hace siglos un viejo papa romano, fascinado por la simbología secreta del siete: que toda ruina es combatida por una nueva esperanza. Busquemos esa esperanza en nombre de la civilización.   


Ramón González Férriz: Sabemos lo que nos pasa

 

Ramón González Férriz

Ramón González Férriz es periodista. El mes que viene la editorial Debate publica su nuevo libro, "La trampa del optimismo. Cómo los años noventa explican el mundo actual".

 

En un artículo publicado en 2014, después de la crisis financiera pero antes de la oleada populista, el filósofo estadounidense Mark Lilla lamentaba que hubiéramos dejado de pensar en la Guerra Fría, el marco político que rigió el mundo durante casi cuarenta y cinco años. Y, sobre todo, en lo que su final había significado. “No hemos reflexionado lo suficiente acerca […] del vacío intelectual que dejó” decía. “Aunque no sirviera para nada más, la Guerra Fría nos hacía estar concentrados”. Al menos, sabíamos que había dos sistemas en competición, el comunismo y el capitalismo, y sabíamos lo que defendía cada uno: no sólo cuáles eran sus ideales más o menos inalcanzables, sino cómo se traducían en la práctica, en la vida de cientos de millones de personas. En 2014, decía Lilla, “el fin de la ideología no significa que haya desaparecido la oscuridad. Ha traído una niebla tan espesa que ya no podemos leer lo que está justo frente a nosotros. Vivimos en una era ilegible”.

Diría que ya no es así. En los años transcurridos desde que Lilla escribiera eso, se han aclarado unas cuantas cosas. En primer lugar, en el seno de los países occidentales la gran batalla se libra no solo entre los bloques clásicos de la socialdemocracia y la democracia cristiana, sino, más lenta y profundamente, entre los defensores de un sistema democrático con libertades liberales y los partidarios de una concepción mucho más autoritaria y plebiscitaria de la democracia. A escala global, se está definiendo un panorama muy parecido al de una nueva guerra fría entre Estados Unidos, que tiene sus propias derivas nacionalistas pero sigue siendo básicamente una democracia liberal, y China, un poder emergente que ha convertido el comunismo en un tecnoautoritarismo nacionalista. Esta guerra fría tiene lugar en los ámbitos del comercio internacional, la tecnología y, cada vez más, en la lucha por la influencia en terceros países. En este contexto, la Unión Europea tiene varias opciones. Puede a) intentar convertirse en el tercer gran poder del escenario geopolítico;   b) seguir siendo una fiel aliada de los estadounidenses, aunque deteste a su presidente; c) intentar mantener calmado a Estados Unidos mientras teje alianzas con China ahí donde a los estados europeos, individualmente, les convenga; o d) ser perfectamente irrelevante como lo fueron los países no alineados durante la Guerra Fría. Esperen una combinación de la c y la d.

Pero quedémonos en el frente interior. En los últimos años, se ha producido una cascada de acontecimientos que ha favorecido de una manera increíble (no sabemos aún qué nos queda por ver) las perspectivas de los autoritarios. Una inmensa crisis financiera provocada en buena medida por la ineptitud de las élites regulatorias, una gestión de esa crisis por parte de las autoridades del euro que evidenció las muchas deficiencias de la arquitectura institucional de la UE, la entrada masiva de dos millones de refugiados en Europa durante la guerra de Siria en 2015 y 2016, el auge de las guerras culturales en torno a la identidad (en las que muchas veces la derecha ha copiado las tácticas victimistas de una parte de la izquierda) y, finalmente, esta pandemia, en la que muy probablemente las autoridades tradicionales volverán a perder prestigio, crecerá la tentación de controlar a los individuos y aumentará el peso del Estado para poder frenar los contagios y sacar a la economía de un parón sin precedentes.

 

Editorial DEBATEEditorial Debate

 

Estas tentaciones, en su grado máximo, son ya una realidad en lugares como Hungría, donde el presidente Viktor Orbán ha aprovechado la crisis del coronavirus para hacerse con poderes casi absolutos y sin límite temporal, mucho más propios de una dictadura que de una democracia con contrapesos entre las diferentes ramas del Estado. Pero es algo que cabía esperar vista la deriva iliberal del país, por no hablar de Rusia o la propia China. Más preocupante que eso, en cierto sentido, es que incluso los estados dirigidos por partidos democráticos con impecables credenciales liberales van a tener la tentación de extender el poder del ejecutivo. Sin duda esto puede tener sentido en una crisis como la actual, y muy probablemente deberíamos apoyar a los gobiernos que así lo hagan. Pero sabemos que a los estados luego les cuesta enormemente renunciar a los poderes adquiridos en tiempos de crisis. Y sabemos perfectamente que las medidas autoritarias —las que invaden la privacidad, las que cuestionan los derechos cívicos, las que perjudican a las clases trabajadoras por sus ocupaciones o sus costumbres— son en muchos casos obra de gobiernos bienintencionados que creen que se limitan a racionalizar el comportamiento del Estado y de los ciudadanos sin darse cuenta de que están subvirtiendo su carácter democrático. De modo que adelante con las aplicaciones que rastreen nuestros movimientos para prevenir contagios, adelante con alguna forma de DNI biológico, adelante con la restricción de movimientos en función de la edad de los ciudadanos. Si estamos seguros de que son medidas imprescindibles y, en todo caso, reversibles y temporales, deberíamos aceptarlas, aunque resulten inquietantes. Pero no sin dejar de recordar con frecuencia su carácter excepcional y su potencial destructor de la democracia.

Todavía no sabemos definir exactamente las ideologías que van a enfrentarse en esta inminente nueva guerra fría, salvo que descienden del capitalismo de la posguerra mundial, por un lado, y de variaciones al autoritarismo, por el otro, y que no son exactamente las mismas de hace una década y media, antes de la crisis financiera y la oleada de populismo. Pero una vez más va quedando claro que el centro de la disputa, además de la desnuda lucha de poder, lo van a ocupar dos —o tres, si Europa decide aparecer— concepciones distintas del papel del Estado en la vida de los ciudadanos, concepciones distintas, en última instancia, de las libertades cívicas. Todo lo que no sea una modulación prudente y actualizada de las viejas libertades liberales supondrá una amenaza para nuestra forma de vida, sea cual sea nuestro color político. Nuestra era empieza a ser legible. Pero resulta igualmente oscura.

 

 


Adriano Dell´Asta: “Entre cínicos y rebeldes”

por Adriano Dell´Asta
Profesor de Lengua y Literatura Rusa en la Universidad Católica de Milán y Brescia, Vicepresidente de la Fundación Cristiana Rusia, miembro de la Academia Ambrosiana.

 

«Estamos en guerra». Cuántas veces al inicio de la pandemia amigos europeos, rusos y americanos me animaron diciéndome: «Ánimo, que estáis en guerra», y hoy nos alentamos unos a otros diciéndonos: «Estamos en guerra»; insinuando que al final, quizá, conseguiremos vencerla.

Pero ni a mí ni a mis amigos puede ni debe bastarnos este optimismo implícito de quien está convencido que al final «todo irá bien». En la ciudad en la que vivo, cerca de Bérgamo, estamos literalmente rodeados por la muerte. Algunos días después del inicio de la tragedia que ahora todos vivimos, una de nuestras iglesias empezó a usarse como morgue porque ya no sabíamos dónde meter a los muertos.  Pero si “lo conseguimos”, si incluso al final vencemos, ¿qué diremos a quien mientras tanto no “lo haya conseguido”? Y ¿cómo haremos nosotros mismos para “conseguirlo” sabiendo que familiares y amigos no “lo han conseguido”? ¿Cómo haremos para que no nos asfixie el peso de una pregunta que no podremos eludir: «¿Por qué ellos y no nosotros?»?

La esperanza tiene que tener razones si no quiere transformarse en el irresponsable y egoísta «dejadnos vivir, nosotros somos fuertes» o en el paralizante fatalismo del «vendrá alguien a salvarnos». ¿Dónde se funda nuestra esperanza para que no sea la nueva ilusión de quien se creía dueño del mundo y se ha encontrado que ya no puede ni siquiera salir de casa, o para que no sea la vieja ilusión de quien cree arreglárselas confiándose a cualquier señor del mundo y que, así, terminará siendo igualmente prisionero, aunque de forma diferente?

¿Tenemos una razón para no desesperarnos en esta Europa que de nuevo parece no esperar otra cosa que poder perderse de nuevo en el cinismo de los ricos o en la rabia de los siervos rebeldes?

Pensando en este dilema entre la muerte que nos rodea y la Pascua, me ha venido a la mente una persona que no dudó de que hubiesen razones para no caer en la desesperación: se trata de Madre Marija Skobcova, una monja ortodoxa rusa que acabó viviendo en París y que después murió mártir el Sábado Santo del 1945 en Ravensbruck, donde los nazis la habían deportado por la ayuda que había prestado a los judíos. Madre Marija se había visto obligada a abandonar Rusia justo después de la Revolución soviética, en la cual había participado al principio compartiendo el sueño de liberación y renunciando por ese sueño a todo lo que tenía: el prestigio y las riquezas de su familia noble. Había sido una lucha dura que había combatido en el partido de los socialistas revolucionarios (terroristas) hasta convertirse en la primera alcalde mujer de la historia rusa. Después se dio cuenta de que sus sueños habían sido traicionados y fue expulsada de Rusia por voluntad de los nuevos señores bolcheviques. Se encontraba, así, en Occidente, en París, de nuevo sin nada; es más, con dos matrimonios a las espaldas, muchas aventuras sentimentales (de una de ellas había nacido incluso una niña) y nuevas tragedias, porque en aquellas condiciones de extrema pobreza y marginación llegó a perder otra hija, muerta de meningitis con cuatro años.

Ordenada monja, con esta historia en el trasfondo, Madre Marija escribió: «¿A qué nos compromete el regalo de la libertad que se nos ha dado? Estamos fuera del alcance de los perseguidores. Y hemos sido liberados también de las tradiciones seculares. Estamos fuera de cualquier costumbre. ¿Es esto una casualidad? En el campo de la vida espiritual no hay lugar para el azar, ni existen épocas más o menos afortunadas; en cambio, hay signos que necesitamos comprender y caminos que debemos seguir. Y nosotros estamos llamados a grandes cosas, porque estamos llamados a la libertad».

Había perdido todo, riquezas, reputación, posición: ¿qué era? ¿una cristiana un poco fundamentalista o una vieja revolucionaria? ¿una monja un poco desenfrenada o una noble fallida?

Pero aquella que para todos era, si no ya una derrota, una amarga broma del azar, se convirtió en libertad para ella: terminó en Ravensbruck donde hizo grandes cosas, encontrando la muerte en condiciones muy parecidas a las de san Maximiliano Kolbe. Hoy, canonizada por la Iglesia Ortodoxa, es Santa María de París y la Francia laica le ha dedicado también una calle en el corazón de su capital.

También para nosotros el mundo se derrumba y corremos el riesgo de perderlo todo, divididos entre cínicos y rebeldes, pero tenemos razones para encontrar un camino diferente y tenemos testigos que nos muestran ese camino.

Y no se trata sólo de la Madre Marija, una santa de un pasado lejano; se trata también de lo que el Papa Francisco llamó los «santos de la puerta de al lado», gente normal, como una estudiante mía, una enfermera profesional, que anteayer, después de tres noches de trabajo sin dormir, se desmayó y lo único que le preocupaba era que hubiese alguien que la reemplazara. Pero si hay gente así, también «nosotros estamos llamados a grandes cosas».

 

 

 

 


Mario Colleoni: Un clamor se escucha en Ramá.

por Mario Colleoni

A lo largo de los siglos, muchas cosas se han considerado sagradas; coincidiremos, sin embargo, en que muy pocas lo han sido con certeza. El silencio, la mayor y más íntima expresión de esa sacralidad, se presenta hoy como un desafío y quién sabe si no también como una necesidad. Desafío porque el silencio exige un esfuerzo en el que sólo hallamos obstáculos (para los que cada vez tenemos menos tiempo), es enemigo del régimen supracomercial en el que vivimos, nos empuja a un ejercicio con el que no estamos familiarizados y su naturaleza, como es lógico, resulta molesta y en ocasiones hasta grosera, y es así por una sola razón: parece inhabitable. Si Bernanos lo llamó «genio de la nada», pudo ser tal vez porque —la nada— es un vacío donde el ser humano se enfrenta a la ausencia de voz, la suya (despojada, abandonada de sí, sin ropajes, desnuda, sin necesidad de retórica, sin posibilidad de testigos, totalmente confesional), y genio porque en ese forcejeo con el vacío se desvela la naturaleza íntima de la no-palabra, nuestra voz interior.

En la actualidad, mientras un virus invisible se está llevando por delante a decenas de miles de personas en el mundo, al otro lado, al compás de la injusticia, la deshonestidad y los cadáveres, un grueso de personas esboza ingeniosas teorías sobre la pandemia: agudas observaciones de escritores expertos en virología exprés, abstrusos discursos de falsos filósofos elevados por el común denominador al rectorado de la intelectualidad —nuestra será la infamia inolvidable de haber alzado la mediocridad sobre el pedestal de la sabiduría—, una bífida homeopatía llamada coaching no duda en seguir sacando crédito de la desgracia amenazando con destruir la psique humana, periodistas que parecen políticos, opiniólogos metidos a chamanes, youtubers e influencers convertidos en tertulianos de primero de Sálvame y un largo, larguísimo etcétera de indignidad. Qué difícil es apaciguar la rabia o no señalar con el dedo cuando nada en realidad importa más de lo que importa la vida. Qué difícil no mancharse las manos con ese juego entretenidísimo y envenenado del ruido y la contaminación verbal. Y qué difícil, en definitiva, pensar por una vez en los demás antes que en uno mismo. Si la malversación del discurso, el abuso del poder periodístico, la manipulación de la opinión pública o la perversión psicológica de lo humano no fueran más que algunas de las consecuencias de nuestra siempre terca relación con el silencio, deberíamos ir siendo conscientes de lo crucial que es saber dominarlo. Él es el primer nutriente de todo aquello que cultivamos por amor, con él conseguimos hacer de nuestro hogar un lugar acogedor, nos libra de rumores espurios, nos inclina al sosiego y la serenidad, y, por si fuera poco, es nada menos que la fábrica ontológica del pensamiento, la única en la que éste puede forjarse.
Un gran historiador como Alain Corbin, conocido en España desde aquella formidable enciclopedia en dos tomos titulada Historia del cuerpo humano (Taurus), ha vuelto recientemente con Historia del silencio (Acantilado), un librito breve y hermoso en el que, haciendo gala de una portentosa humildad, nos regala su erudición en un pequeño manojo de citas, impresiones o fragmentos que desentrañan la naturaleza del silencio en la cultura occidental. Corbin nos enseña, a través de un amplio espectro de obras y autores, el valor y el sentido que ha tenido esa suerte de superpoder con el que, con el mero acto de abrir un libro, cualquier persona puede suspender el tiempo y el espacio y encontrar refugio en la lectura. En su libro hay algo más que aliento o consuelo: también hallamos ejemplo; aunque cabe preguntarse, viviendo como vivimos hoy en una sociedad que desliza sus complejos de inferioridad por debajo de las sábanas de la indignación, cuántas personas están predispuestas ante cualquier lección o enseñanza ejemplar.
Sea como fuere, en una realidad inmediata que inquietantemente se parece cada vez más a una serie como Juego de Tronos —que, entre otras muchas cosas, nos habla de la importancia de preservar la memoria o de la única guerra que se combate, la de los vivos contra los muertos—, tal vez sea el silencio el único déspota ilustrado que nos queda, el único en el que podamos confiar para salir indemnes de este desafío humanitario. En un pasaje de su libro, refiriéndose a Victor Hugo, Corbin dice: «en su buhardilla se entrelazan trabajo, pureza, piedad y silencio». Tal vez no exista una mejor glosa como esa para definir lo único que necesitamos de forma urgente en este momento. Tal vez no necesitemos, aquí y ahora, ninguna otra cosa para aplacar ese clamor ensordecedor de Ramá, que no es el júbilo de los que llegan, sino el dolor de los que se están yendo.

 


Manuel Álvarez Tardío: Dilemas engañosos

Manuel Alvarez Tardio - Catedrático de Universidad / Professor ...

Por Manuel Álvarez Tardío.
Catedrático de Historia del Pensamiento y los Movimientos Sociales y Políticos.

 

La época contemporánea no es terreno propicio para el acuerdo entre los historiadores. Sin embargo, hay un aspecto difícil de negar salvo que se ignoren multitud de datos y indicadores: durante la segunda mitad del siglo XX el Estado cambió radicalmente, hasta convertirse en una maquinaria tan grande y compleja que su funcionamiento contribuyó, para bien y para mal, a modificar radicalmente la vida de los europeos occidentales. 

No es una opinión, sino un hecho. El Estado es, tal vez, el mayor protagonista de la revolución política de la segunda mitad del novecientos.  Y este hecho no es, como pudiera pensarse, una consecuencia de la preponderancia de eso que llamamos izquierdas. Aunque a veces se hable de un “consenso socialdemócrata” de posguerra, la puesta en marcha de una política de redistribución fiscal, con el aumento exponencial del papel de lo público en la educación, la sanidad o la protección social no fueron el resultado de un plan de reconversión del socialismo marxista en socialismo democrático. Esto último, de hecho, ocurrió unos cuantos años después y fue la consecuencia, que no la causa, de la reestructuración de los Estados y las Haciendas. Los democristianos y otros grupos conservadores jugaron un papel tanto o más decisivo. No en vano, el padre del famoso informe Beveridge, que revolucionó la política asistencial británica de posguerra, no era ni de lejos un marxista. Y no es casualidad, por otra parte, que una de las características centrales del poderoso Partido Popular Europeo haya sido la llamada “economía social de mercado”.

Sin embargo, parece que en el centroderecha español hay quienes, consciente o inconscientemente, llevan un tiempo alentando una inquietante confusión sobre la relación entre sociedad y Estado. No son los únicos. En parte, es la consecuencia de la llamada crisis del Estado del bienestar a partir de la década de 1970. Y de la inyección de optimismo que produjo la caída del Muro y la ilusión de un consenso liberal postideológico. Además, con no poca justificación, los años noventa fueron terreno abonado para la recuperación de la confianza en la iniciativa individual y la importancia de mejorar la competitividad destruyendo monopolios ineficientes y caros controlados por el Estado. Y con resultados claramente positivos.

Pero el Estado sigue ahí; nunca se fue. No será el empresario monopolista e ineficaz de los sesenta y setenta, pero es una parte capital de las sociedades contemporáneas. Se olvida a menudo que el Estado no es sólo un proveedor, más o menos eficaz, de educación, sanidad y pensiones. Es, por encima y antes que eso, una maquinaria de gestión y control basada en cientos de miles de regulaciones, además del administrador del orden y la justicia en el espacio de lo público. En esto, el siglo XX lo cambió todo. Los Estados anteriores a la Primera Guerra Mundial eran pequeños, muy pequeños y muy poco presentes en la vida cotidiana. Y no sólo eso, también eran, aunque no todos por igual, relativamente ineficaces. Ni la tecnología, ni el transporte, ni la Hacienda permitían grandes ilusiones en el campo de las políticas públicas. Pero todo eso empezó a cambiar después de 1919, primero poco a poco y luego de forma muy acelerada durante la Guerra Fría. Y no sólo por obra del avance de la democracia, sino por las decisivas implicaciones de la guerra moderna y por la necesidad de responder al desafío del populismo autoritario y la eficacia aparente de la planificación económica.

Parece, sin embargo, que en ciertos ámbitos del centroderecha se ha perdido, en parte, la perspectiva de todo ese proceso. Se ignora, para empezar, el decisivo  papel del Estado franquista en la modernización autoritaria del país y en la transformación de la administración, la Hacienda y el mercado, sin duda uno de los factores capitales para entender las bases estructurales de la Transición. Se olvida, también, que la semilla a partir de la que germinó el Estado español moderno la puso el liberalismo moderado en el siglo XIX. 

Sin duda, el obsesivo y rentable empeño de las izquierdas en monopolizar la defensa del Estado y de lo público tiene buena parte de la culpa en esta particular desmemoria. Podría parecer, así, que cualquier alternativa de centroderecha debiera pasar por una posición especialmente crítica con la existencia misma del Estado, en tanto que agente enfrentado a toda iniciativa individual y, por tanto, social. 

Sin embargo, el problema no está planteado en términos de alternativa, porque el Estado es la columna vertebral de la convivencia democrática. Sólo hay democracia representativa y soberanía nacional porque hay Estado. La seguridad que éste proporciona no empieza y se agota en la sanidad y las pensiones, sino que remite a la articulación de un espacio jurídico e institucional sin el que no se puede competir pacíficamente por el poder. El Estado no es cuestionable, sino imprescindible.

Lo que la actual crisis sanitaria está poniendo de manifiesto es, precisamente, la relevancia del Estado moderno en tiempos de creciente globalización, tanto por lo que hace como por lo que deja de hacer o lo que hace mal. Algunos creerán que las vías de agua de un Estado mal gestionado son una oportunidad para apuntalar a la maltratada y olvidada sociedad civil, que entre pequeñas y grandes iniciativas parece resurgir estos días. Sin duda es así, porque sólo es tolerable un Estado poderoso si es eficiente, lo que a todas luces no está ocurriendo. Pero no es menos cierto que ésta es una oportunidad para que el centroderecha no vuelva a caer en un debate tramposo acerca de las relaciones sociedad-Estado; un debate en el que puede verse obligado a renegar de su propia historia y a adoptar una posición puramente defensiva. 

Porque hoy el Estado no sólo es necesario, sino irremplazable. No se trata de cuánto Estado podemos y debemos soportar, sino de cuánto Estado necesitamos y qué proponemos para conseguir que utilice la menor cantidad posible de recursos de la forma más eficiente. El peligro no está en la redistribución y sus implicaciones, sino en sus límites y sentido último. Porque lo intolerable no es el Estado moderno sino el secuestro ideológico y moralmente corruptor de sus fines. La simplificación del debate en términos binarios: público vs privado, es consecuencia de este secuestro. Es una forma perversa de alentar un tipo de “comunicación ideológica” que identifica toda acción privada con la demolición de lo público y que, por tanto, distorsiona la naturaleza central del Estado y lo presenta como agente superador de un individualismo supuestamente egoísta y perverso. Lo urgente, por tanto, es situar la partida en un campo de juego totalmente distinto. No es el Estado frente a la sociedad y los individuos, sino el Estado con la sociedad y los individuos.

 

 


David Jiménez Torres: Europa como solución… y como problema

por David Jiménez Torres

 

Han pasado más de cien años desde que Ortega y Gasset acuñara la fórmula de que “España es el problema y Europa la solución”. Sin embargo, la frase sigue siendo útil a la hora de comprender la relación de la ciudadanía española con el concepto de Europa y con la Unión Europea. En parte porque la legitimidad del proyecto democrático nacido tras el desmantelamiento del régimen franquista se ha apoyado fuertemente tanto en el acercamiento a “Europa” como en la reivindicación de las élites culturales europeístas de los siglos anteriores (el propio Ortega y su círculo, los ilustrados dieciochescos, la Institución Libre de Enseñanza, etc.). La apuesta por la integración europea no era solo una decisión racional sobre política exterior y alianzas económicas, sino también un pronunciamiento acerca del pasado y el futuro españoles. Suponía un rechazo del tradicionalismo y el franquismo y una apuesta por una modernidad conceptualizada como intrínsecamente europea.

Hoy en día España mantiene un alto grado de europeísmo, tanto a nivel popular como al de las élites políticas, económicas y culturales. Pero la vertiente histórica a la que me he referido es importante porque tras la palabra europeísmo se esconden muchas texturas y muchos matices. No todos los europeísmos son iguales aunque puedan alcanzar niveles de intensidad idénticos. Diría que el nuestro, en concreto, es un europeísmo traumatizado, el resultado de una serie de presuntas lecciones históricas que connotan la cercanía a Europa como un enorme ejercicio de autosuperación nacional. Se podrá responder a esto que todo el proyecto europeo nace de un trauma: el de las guerras mundiales. Y así es. Pero esto, que sirve como herramienta explicativa del europeísmo francés o alemán, no se aplica tanto en el caso de España, no-beligerante en ambos conflictos. En nuestro caso, el trauma no es tanto el de la aniquilación mutua y masiva sino el de la pobreza, el atraso y la tragedia endógena.

No quiero decir con esto que un cálculo de costes y beneficios no pudiera apoyar claramente la pertenencia de España al club europeo. Es más, estoy convencido de que lo hace. Lo que señalo es que ese tipo de lógica no es la que subyace al europeísmo español, al menos en su nivel más popular. Y conviene, además, que comprendamos los efectos que se derivan de esa textura particular de nuestro europeísmo. Apuntaré unos cuantos: en primer lugar, otorga cierta inmunidad ante demagogias antieuropeístas como las que han marcado el debate británico acerca de su propia pertenencia a la Unión Europea. Porque el Brexit no ha sido solo el resultado de ansiedades socioeconómicas o de la pericia propagandística de los euroescépticos. El europeísmo y el antieuropeísmo también batallan en el campo de las culturas e identidades nacionales, en las historias que cada nación se ha contado a sí misma acerca de su pasado y sus rasgos distintivos. Planteémoslo así: ¿había mayor angustia socioeconómica en Reino Unido en 2016 -tasa de desempleo del 5%- que en España en 2013 -tasa de desempleo del 26%-? ¿Por qué unos giraron al antieuropeísmo y no los otros? Hay muchas explicaciones, pero una de ellas es que por razones históricas y culturales (como el hecho de que gran parte de la identidad nacional británica esté construida sobre el relato de la victoriosa defensa de la isla contra tiranos del continente como Felipe II, Napoleón o Hitler), los británicos ya estaban mucho más cerca del euroescepticismo que los españoles. Cuesta menos cruzar una línea roja cuando la tienes al lado que cuando te pilla muy lejos.

Las particularidades de nuestro europeísmo también perpetúan una idea de Europa como un Otro al que, en el fondo, no terminamos de pertenecer, o solo de forma excepcional. Esto puede impedir un grado mayor de iniciativa política -y de presión popular para que esta se produzca- a la hora de utilizar los mecanismos de la política europea en beneficio de nuestros ciudadanos. Es útil pensar aquí en los cuestionables criterios con que nuestros grandes partidos elaboran sus listas para las elecciones al Parlamento Europeo. ¿Por qué toleraríamos esto si no fuese porque en el fondo no creemos que los representantes españoles realmente pueden marcar una diferencia en las decisiones de ámbito europeo? Hay algo de círculo vicioso en la idea de que Europa siguen siendo los otros.

Finalmente, el europeísmo traumatizado se manifiesta con frecuencia como una obsesión con cómo se ve España en el extranjero (en el extranjero desarrollado; cómo se ve España en Chad no parece interesar mucho). Hemos tenido un buen ejemplo de ello durante el reciente proceso independentista catalán: tanto secesionistas como constitucionalistas prestaban una extraordinaria atención a lo que se publicaba en el extranjero acerca del procés, a la busca de algo que confirmara -o llevara injustamente la contraria a- la visión de cada lado. La cuestión no era tanto buscar un punto de vista novedoso, sino sencillamente ver si representantes de ese Otro europeo, construido previamente como superior y fiable, nos daban la razón. Irónicamente, los secesionistas catalanes nunca son más españoles que cuando declaran que el mundo nos mira. El problema de esto es que fija el debate en quién emite los mensajes en vez de en el contenido de los mismos. Y no parece propio de una esfera pública madura el dedicar días enteros a comentar el trabajo y el rigor (o falta de él) de los corresponsales de medios extranjeros, aunque solo sea por lo evidente: ni uno solo de los lectores del Guardian o Le Figaro vota en nuestras elecciones.