Armando Zerolo: La derecha estancada

 

Armando Zerolo Durán. Profesor de Filosofía Política y del Derecho USP-CEU. Presidente de Fundación Conversación.

 

La derecha española vive estancada en 2004 porque el “zapaterismo” sigue operando en ella como idea fuerza en, al menos, dos sentidos. En uno, porque es un recurso fácil para explicar el malestar y actúa como chivo expiatorio y como argumento útil. En el otro, porque el “zapaterismo” fue para muchos el momento glorioso de la sociedad civil de derechas. Por primera vez desde hacía mucho tiempo fue la derecha la que ocupó las calles, la que se vio con capacidad de convocar, de actuar y de combatir, y se sintió protagonista en la historia.

¿Qué le robó el zapaterismo a la derecha y qué ha quedado de aquella época de oposición social triunfante?

El zapaterismo fue la época de las reivindicaciones de derechos, de la memoria histórica y un paso más hacia una revolución social. Fue una bofetada en la cara a la sociedad conservadora española y la instauración de un estilo político reivindicativo y combativo que nos devolvió a tiempos pasados de ingrato recuerdo. Abrió heridas que aun estaban cerrándose y aceleró el ritmo de los acontecimientos, poniendo la política a la vanguardia de la sociedad según el estilo de una tradición de izquierdas más dirigista y moralizante. 

Aquí, exactamente aquí, se ha detenido el análisis histórico de la derecha, y aquí sigue anclado. El argumento es simple: “todo estaba en orden hasta que llegó el zapaterismo, luego lo que hay que hacer es volver atrás”. Formalmente este es el argumento de todo pensamiento reaccionario, el hilo dorado de la historia: hubo una época dorada y un suceso violento ha cortado el hilo que nos unía a él. Así sucedió con la Revolución Francesa, que es el hito histórico que hace nacer a conservadores y reaccionarios y, desde entonces, la derecha se mueve en ese difícil equilibrio entre conservar y reaccionar.  2004 es para la imaginación reaccionaria española lo que para Bonald o de Maistre fue 1789. Y de ahí el empeño de volver atrás, de hablar de un “frentepopulismo”, de acusar a la izquierda de todos los males, y de no encontrar pie en el presente porque ha renunciado a cualquier diálogo con el futuro.

¿Cuál es esa “época dorada” que actúa como mito político en la mayoría de la derecha? Es la época de la caída del muro, 1989, el triunfo del neoliberalismo. Unos años de ilusión y prosperidad que en España coincidieron con la consolidación de la Transición, la decadencia del “felipismo” y la posibilidad de mirar hacia delante. Pero la derecha española no se ha parado a pensar que aquellas ideas aparentemente triunfantes no le eran propias y le quedaban como un traje mal cosido. El liberalismo que triunfa en los 90 es el par ideológico del socialismo soviético, la otra cara de una misma moneda. Tiene la misma raíz individualista y antipolítica que el comunismo, y si triunfó fue porque el comunismo colapsó, pero las grandes cuestiones sobre las libertades, la sociedad y la solidaridad quedaron sin responder, como así lo anticiparon autores como Oakeshott o Aron. La derecha sí debe, por tanto, volver a los 90, pero no para refrescarse en aquellas ideas, sino para ir hasta el fondo de un camino que se quedó sin recorrer.

Respecto al segundo punto, al de la cuestión de la toma de las calles a partir 2004 y el resurgir de la sociedad civil española de derechas, ¿qué ha quedado? Ha quedado una cultura política reaccionaria y combativa, grupúsculos sociales desintegrados e inconexos, familias políticas mal avenidas y una iniciativa social secuestrada por unos pocos grupos ultraconservadores que son los únicos que mantienen una mínima capacidad de movilización. 

Si el gran valor de la sociedad española era la fortaleza de emprender acciones asociativas de modo espontáneo, con un sano escepticismo metafísico hacia el poder, y una alegría vital y casi inconsciente por la vida en común, eso se perdió por una identificación de la calle con la bronca y la reivindicación. La España de las sillas en la calle pasó a ser la España de los balcones. De una cultura del encuentro y del espacio público se pasó a una cultura de la reivindicación y defensa de la privacidad. Los métodos de la batalla cultural que Europa experimentó tras la segunda Guerra Mundial, y que entendían que las ideas eran armas tanto o más eficaces que el plomo, no habían llegado a España, donde el mayo del 68 fue un fenómeno edulcorado y macarra que llevó el nombre de “Movida”. Las ideas son el resultado de una conversación y la constatación de una verdad compartida, y no armas arrojadizas contra el prójimo.

Todas aquellas manifestaciones, banderas y consignas no han dejado en la derecha española ni unidad ni ilusión. Normalmente, cuando las personas actúan juntas, queda en ellas un vínculo especial y una unidad que tiene más valor incluso que la obra ejecutada. Pero cuando esta acción es dirigida desde arriba sin la participación consciente del de abajo, lo que queda es una impresión de gregarismo, de pérdida de identidad y sensación de manipulación y desconfianza. Así ha quedado la derecha española en lo social, reducida a rebaño inconexo cuya única unidad es la sensación de miedo.

Por suerte o por desgracia, la única ideología estructurada en torno a un partido, y con una masa social relevante, que incorpora en su discurso ideas de futuro, de unidad, de comunidad, solidaridad y que es capaz de proponer algo concreto para la vida en común es la socialista, que a lo largo de los últimos 20 años se ha ido renovando e incorporando nuevos retos.

La derecha española ha perdido el equilibrio con el presente y se ha convertido en una ideología reaccionaria que añora una edad dorada, que culpa al adversario de todos los males presentes, y que no es capaz de generar vínculos estables, creativos y propositivos en la sociedad que supuestamente defiende. No tiene capacidad de responder a las carencias de la ideología de izquierdas y por ello, ni se suma a lo razonable, ni corrige con eficiencia los errores. Esta vez el perro del hortelano no son “ellos”, somos “nosotros”.


Anuncia

Paz Cuenca Villena. Graduada en Derecho y Administración de Empresas. Alumna del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

 

Aunque fuese a través de una pantalla, os vi las caras y me sentí, una vez más, agradecida. En todos imperaba la necesidad de diálogo, de conversación para entender el mundo. Os hice saber que estaba bien, que había pasado el Covid de una forma muy leve y que quien se había llevado la peor parte había sido mi pareja, ingresado diez días en el hospital por una neumonía pero bueno, ya está bien. Sonreí, guardé silencio y dejé que hablara el siguiente.

Después me quedé pensando en ese “pero bueno, ya está bien” pues, para no generar preocupación, resumí, probablemente, los peores momentos de mi vida.

El viernes, un día antes de que se decretase el estado de alarma, mi novio volvió del trabajo a eso de las doce de la mañana, me dijo que no se encontraba bien, que tenía un poco de fiebre y que, por precaución, en el hospital lo habían mandado a casa. No había pasado una buena noche, es cierto, pero peor fue la siguiente: empezó a sofocarse, a no respirar bien… Pareció mejorar al despertar pero, por la tarde, volvió a caer en fiebres altas, delirios y fatigas. Y así fueron los siguientes cuatro días: cuando parecía que mejoraba volvía a caer y cada vez más profundo. Las cinco veces que llamamos al teléfono habilitado obtuvimos la misma respuesta: “es joven, que aguante en casa”.

La madrugada del martes lo encontré deambulando por toda la casa y, entre delirios, decía “creo que mi sistema inmune me está atacando a mí mismo, no lo entiendo, no lo entiendo, este virus lo está volviendo loco”. La peor sensación de esos días no fueron las noches sin dormir, no poder acercarme a él o tener que utilizar guantes para algo tan ordinario como poner un termómetro. Tampoco fue no poder abrazarle para transmitirle mi fuerza, como hacen las madres cuando nos ponemos enfermos. Nada de esto fue lo peor porque nuestras miradas, que por esos días ya hablaban, se elevaron y aprendieron a cantar.

La peor sensación era verle en ese estado de desconcierto, pues él, hombre de ciencias de la salud, que llevaba años estudiando e investigando, no comprendía la enfermedad que lo embestía una y otra vez. 

Finalmente, llamó al hospital y sólo pronunció tres palabras: “no puedo más”. Tras varias pruebas y horas de espera, la doctora me comunica que debía quedarse allí: tenía una neumonía bilateral muy grave y apenas llegaba oxígeno a sus pulmones. A mí me recomendó no salir de casa durante quince días, pues era muy probable que estuviera contagiada.

Regresé pero sin rumbo. Estaba allí pero, a la vez, no sabía, no entendía, no estaba... Lloraba, dormía y rezaba. ¿Cuánto había pasado? ¿Segundos, días, horas, meses? Aclaraba la voz cada vez que hablaba con mi madre y ponía mi mejor tono para que no se preocupara y pudiera escuchar ese “mamá, estoy bien”. ¡Qué haríamos sin ellas!

A pesar de no poder estar a su lado y de que mi única información era la llamada diaria de un médico, era consciente de que estaba en las mejores manos, las de sus compañeros. Recibí decenas de mensajes de ánimo, de personas muy cercanas y de otras que se acercaron todavía más. Así supe que estaba protegido por todos aquellos que lo encomendaban.

Durante esos días de angustia, las predicciones de la doctora se confirmaron, pues perdí por completo el sentido del olfato y del gusto. Algunos amigos me comentaron que aprovechara para comer aquello que no me gustase. Sin embargo, me vi valorando la presentación de un plato o apreciando la textura de la comida. Pequeños detalles en los que nunca nos fijamos demasiado.

Soledad, tristeza y fe serían las palabras que resumirían esos días. Hasta que los mensajes del médico comenzaron a ser positivos y esas tres palabras se transformaron en una sola: esperanza.

Volvió a casa débil, pero con hambre de vida. Vuelven las sonrisas, los abrazos, las comidas ricas, las miradas que cantan… Le enseñas tus avances al piano con Para Elisa y tu nuevo hobby de confinamiento, el yoga. Le enseñas a volver a casa, y él te recuerda lo que era el hogar. Vuelve el orden, el sosiego, la paz. Vuelve la vida, tu vida.

El domingo de Pascua el mundo volvía a sonreír, el sol nos acariciaba a través de la ventana, la 25ª sinfonía de Mozart colmaba el ambiente mientras leíamos. Entonces, mi padre llama por teléfono. La abuela había fallecido.

¡Qué dolor! Me abrasaba no poder decirle adiós ni acompañar a mi padre en el desconsuelo. ¡Una madre! Temía llorar, pues el llanto es algo tan íntimo que no nos gusta manifestarlo. El único sosiego que pude encontrar esa mañana me lo ofreció el papa Francisco en la misa del domingo de Resurrección. Que las rivalidades, dijo, “no recobren fuerza, sino que todos se reconozcan parte de una única familia... No es tiempo de egoísmo porque el desafío es de todos. No es tiempo de división. Que Cristo ilumine a los que tienen responsabilidades en los conflictos… La resurrección de Cristo es la victoria del amor sobre la raíz del mal.” Este año había sido mi abuela quien había acompañado a Jesús en la ascensión a los cielos.

Recuerdo su rostro alegre cada vez que nos veía, sus besos eternos que culminaban con un pellizco en la mejilla, no precisamente suave, y su “¡qué hermosura!”. Los veranos que pasábamos en el pueblo y el guiso (o guisote, como ella decía) de patata, carne y espinacas. El genio, parecido al de mi hermano, que asomaba las veces que se enfadaba. Maravillosa similitud. Y su espíritu trabajador, ejemplo de que con esfuerzo y sacrificio es posible empezar de cero y construir un pequeño imperio.

Un año antes, el día que falleció mi abuelo, cogí en Atocha el primer tren que salía para casa. Durante el trayecto leí un librito de Jesús Montiel y me guardé los siguientes versos:

“Acaba de posarse una paloma en el alféizar. Me ha mirado algunos segundos y un movimiento mínimo ha bastado para que emprenda el vuelo. La vida es también un paréntesis entre dos vuelos. Primero caemos de un nido oscuro, inmemorial, en esta vida extraña. Luego, en el segundo vuelo, partimos a un nido envuelto en bruma, secreto. Quien parte con más amor, curiosamente, vuela más ligero.”

No se me ocurre mejor forma de despedirla que rememorando esos versos para desear que se encuentre con mi abuelo y que vuelen muy alto, juntos, y desde ahí arriba cuiden de nosotros.

 

Antonio Peiró Amo. Pandemia.  Escultura en piedra de 20 kilos de peso, tallada sin medios mecánicos.

 

Día tras día, una ve el avance de la situación. Escuchamos las cifras de contagiados, fallecidos y recuperados. Los test y mascarillas que no llegan, los que llegan y son defectuosos. Las curvas tipo V, tipo U, tipo L, tipo W, ahora V asimétrica. Las familias con niños que pueden salir a la calle, también las “monomarentales”. Las fases de la “desescalada”, la fase 0, la fase 1 que no es la primera pero sí la inicial, la fase 2 que a pesar de haber cuatro es la intermedia y la fase 3 cuyo fin es alcanzar la “nueva normalidad”. O titulares como este: “Mientras la cifra de fallecimientos se mantiene estable, el FMI prevé que la economía española se desplome un 8%…” ¿Se mantiene estable? ¡Son cientos de vidas que se apagan cada día!

Sin duda, a muchos entretendrá este circo de curvas, fases, estadísticas, titulares vacíos y palabras inexistentes. Ya decía Javier Gomá hace unos años que, quizá, “el estado actual de la lengua es deficiente por la plasmación en el ámbito lingüístico de esa vulgaridad ética y estética hoy dominante”. Y no se equivocaba. Se esconde la tristeza y se exponen mensajes triviales que no suscitan sentimiento alguno, y si algo generase que sea, si acaso, una sonrisa, que el llanto es demasiado incómodo. 

Espero, sin embargo, que otros muchos necesiten más. Que les preocupe la crisis económica, sí, pero que sientan una gran desazón por la crisis humana que padecemos. Que deseen con lo más profundo de su alma que la espiritualidad vuelva al mundo.

Dicen que es fácil callar, pero no es cierto. La sociedad inquieta no calla. No obstante, ahora que el tiempo se mide diferente, que corre más despacio, tenemos la oportunidad de escuchar y de hablar. Ahora, más que nunca, hay que contar el dolor: es íntimo, pero ha de ser escuchado. Convivimos en este humus pero son los sentimientos los que nos hacen verdaderos seres humanos. Solo hay que poner atención y escuchar el grito, escuchar cómo se transforma cada día el enfado, la rabia y la decepción social en versos, en música y en arte. Ahora, más que nunca, la sociedad inquieta llora.

Hay que humanizar las cifras, poner nombres y contar historias. Hoy os he contado la de José María, mi superhombre y la de quien da el título a este humilde escrito, mi abuela Anuncia.

 

 


Josep M.ª Castellà Andreu: Ante la crisis que viene: acertar en las reformas necesarias

 

Josep M.ª Castellà Andreu. Catedrático de Derecho Constitucional, Universidad de Barcelona. Presidente del Club Tocqueville.

 

Se ha dicho que las crisis revelan las fortalezas y debilidades de los comportamientos humanos, la sociedad, la política y las instituciones (Stéphane Velut). Es lo que hemos visto en los dos meses  últimos con la crisis de la Covid-19 y la aplicación del Estado de alarma, ahora sometido al debate sobre una prórroga especialmente larga. También veremos si, tras la finalización de este período excepcional y cuando debamos afrontar una profunda crisis económica y social, primarán las fortalezas de las instituciones o las debilidades de ciertos comportamientos políticos.

Hasta ahora la prioridad ha sido hacer frente a la emergencia sanitaria. Para ello se decretó el Estado de alarma el 14 de marzo y se han aprobado las sucesivas prórrogas. El objetivo principal ha sido garantizar la salud pública y al mismo tiempo aligerar a trabajadores, familias y empresas de los gastos derivados del cierre de actividades durante la vigencia del Estado de alarma. Para ello se ha hecho un uso muy amplio de decretos leyes, que además se modifican entre sí. 

Con la perspectiva de dos meses bajo el Estado de alarma, se pueden destacar algunos rasgos que han caracterizado su aplicación hasta hoy: 1) vivimos una restricción extrema de algunos derechos fundamentales, de los que el confinamiento es la expresión más evidente, y un enorme intervencionismo en la vida económica y social; 2) el protagonismo del gobierno central frente al Parlamento, apenas activo en su tarea de control, y frente a las Comunidades Autónomas, que han quedado relegadas a un rol ejecutivo de las decisiones gubernamentales sobre la pandemia; 3) las medidas gubernamentales se han adoptado unilateralmente, sin contar con la oposición ni los entes territoriales, cosa que ha empezado a cambiar con la última prórroga. El gobierno se ha parapetado tras unos “expertos” que han ido presentando a la opinión pública las medidas, seguramente consciente de que era lo más efectivo para convencerla de sus bondades, dado el descrédito de la capacidad de gestión de ciertos gobernantes; y 4) sobre todo al inicio, ha predominado un discurso de ensalzamiento de lo público contrapuesto a lo privado, presentado como única solución posible a la crisis. Sin embargo, este discurso ideológico choca con la realidad: la ineficacia manifiesta en la provisión de material sanitario o la falta de inspección en residencias de ancianos. Y contrasta también con el esfuerzo, las iniciativas y la eficacia de empresas, asociaciones y ciudadanos, además del trabajo abnegado y responsable de sanitarios, ejército y resto de servidores públicos.

Hemos visto como en esta crisis volvía a aflorar la nación como comunidad política de referencia principal para los ciudadanos, esto es, como espacio principal de solidaridad y cuidado mutuos, frente a otras que pasaban a segundo plano: las comunidades autónomas o la Unión Europea. 

El debate se ha centrado los últimos días en la necesidad de una quinta prórroga del Estado de alarma y su duración, que el gobierno pretendía ampliar a 30 días de una tajada en lugar de los 15 de las prórrogas anteriores y que el acuerdo con Ciudadanos ha hecho rectificar. La ley orgánica no indica el plazo ni el alcance de la prórroga, que deberá acordar el Congreso en cada caso. Es verdad que en el precedente de 2010 la única prórroga concedida fue de 30 días, pero ahora se produciría tras cuatro prórrogas de 15, y ya en fase de “desescalada”. Para valorar la adecuación constitucional de estas nuevas prórrogas en este nuevo contexto, hay que razonar con los principios que se derivan de la legislación vigente y que guían también el derecho de emergencia en Derecho comparado. Las prórrogas al Estado de alarma han de ser excepcionales y por el tiempo indispensable, y adecuarse a los principios de necesidad y proporcionalidad, además de mantenerse el normal funcionamiento de los demás poderes. Lo único que parece que pretendía la ampliación del plazo de la prórroga era evitar la incertidumbre de lograr una nueva autorización parlamentaria y soslayar el control del Congreso durante un periodo largo, lo cual choca con los criterios restrictivos del derecho de excepción.

Cuando pase el Estado de alarma, es de esperar que en pocas semanas, y con la vuelta al ejercicio normal de los derechos fundamentales, la vigilancia sanitaria seguirá. Pero se sumará otro tipo de actuación pública para hacer frente a la crisis económica y social. En este nuevo escenario sería pertinente aprender de la experiencia, detectar los déficits políticos y jurídicos habidos y tratar de superarlos. Dichos déficits en buena parte vienen de antes del Estado de alarma, pero ahora han emergido con toda su crudeza. Centrémonos en algunas consideraciones de orden político y constitucional.

En primer lugar, el protagonismo del gobierno seguirá, pero deberá ser compartido con las Cortes y con las Comunidades Autónomas, que recuperarán el pleno ejercicio de sus competencias. Al gobierno le corresponde aprobar decretos ley, instrumento normativo adecuado para afrontar crisis graves, pero para su convalidación debe intervenir el Congreso. Además, hay que aprobar la ley de presupuestos y ciertas reformas normativas necesarias. Ahora bien, no se trata de un “programa de reconstrucción”, como el que siguió a la Guerra civil americana o a la II guerra mundial, ni tampoco la refundación constitucional. Esta no es necesaria para hacer frente a la situación, sino que responde más bien a una agenda ideológica de aprovechamiento de la crisis para cambiar el sistema constitucional. 

En cambio, hay reformas a considerar, como por ejemplo las siguientes: por un lado, se ha visto como el Ministerio de Sanidad apenas cuenta con personal, medios y estructuras suficientes para liderar la lucha contra la emergencia sanitaria. Ello debería llevar a replantear el reparto competencial en esta materia para ser más a ágil la intervención en el futuro, o al menos institucionalizar mejor la coordinación y la cooperación interterritoriales. Por otro lado, en la anterior crisis quedaron pendientes las reformas de las administraciones públicas de forma más acorde a las necesidades de la sociedad, así como reformas en educación y universidades, que permitan preparar mejor a los jóvenes.

El rol de la Unión Europea será fundamental. Es una red de seguridad (límite y garantía) frente a tendencias populistas y neoautoritarias que erosionan la democracia. Esto sucede cuando se prescinde de la dimensión constitucional y pluralista de la democracia y se abusa del poder. Por ello, es tan necesaria una opinión pública libre y verdaderamente independiente del poder y unos controles políticos y judiciales efectivos (la suspensión de plazos procesales y administrativos, pasadas las primeras semanas, ahora se hace difícil de explicar y no se corresponde con la no interrupción del funcionamiento normal de los poderes constitucionales, art. 116.5 CE). 

Para aprobar las reformas necesarias y para negociar con las instituciones europeas son convenientes amplios pactos políticos, que aparquen la polarización y la desconfianza entre actores políticos y que antepongan el bien común a las estrategias cortoplacistas y electoralistas. Mucho nos tememos que quedará en desideratum, porque no es fácil que una crisis como esta cambie los comportamientos políticos que se han ido asentando desde hace tiempo. Pero como ciudadanos podemos y debemos exigirlo. 

 


Juan Carlos Rodríguez: Cuidados con cuidado

 

Juan Carlos Rodríguez. Investigador de Analistas Socio-Políticos, Gabinete de Estudios.

 

Podemos entender y caracterizar las sociedades humanas de múltiples maneras, fijándonos en cómo se gobiernan (y hablamos, por ejemplo, de regímenes autoritarios o de democracias), en el orden económico predominante (hoy, en la gran mayoría de los casos, la economía de mercado, con matices más o menos importantes aquí o allá), en el sector económico más característico (sociedades preindustriales, industriales, postindustriales), en sus rasgos culturales (sociedades más o menos tradicionales, más o menos religiosas), en el tamaño o tipo de sus Estados de bienestar (socialdemócratas, liberales, continentales, mediterráneos…), por citar solo algunos de los criterios al uso. 

Una caracterización algo distinta es cada vez más corriente, al menos en el mundo académico, en Sociología, en particular. Se trata de ver nuestras sociedades actuales, y las sociedades humanas en general, como sistemas de cuidados mutuos. El énfasis, por tanto, no está ni en el modo de gobierno, ni en el orden económico o el sistema productivo, ni en lo cultural, ni en el tipo de Estado de bienestar. Está en que, lo queramos o no, como sociedades, como grupos humanos amplios, para sobrevivir tenemos que cuidar a quienes lo necesitan, a los vulnerables, a los más débiles, a los menores, a los muy mayores, a los enfermos, a quienes requieren alguna ayuda por una discapacidad, etc. A todos, en definitiva, en un momento u otro de nuestras vidas. 

Quienes proponen este enfoque intentan hacer visibles tareas y trabajos que no siempre se tienen en cuenta en la discusión pública ni mucho menos se recogen en las cuentas de la economía de mercado o en las cuentas públicas. Por ejemplo, los cuidados, tradicionalmente protagonizados por las mujeres, en el seno de las familias. Y una parte de esos autores, más bien autoras, ha insistido en que la lógica de esos cuidados no necesariamente puede reducirse a la lógica de los trabajos “fuera del hogar”. Tienen un componente de emociones, de empatía, de preocupación, de interés intrínseco en y por quien recibe los cuidados no fácilmente reproducible si no se da una cierta cercanía personal entre el cuidador y receptor de los cuidados. Otros, claro, creen que sí pueden darse, al menos en parte, ese tipo de relaciones fuera de relaciones personales tan íntimas o cercanas como las familiares. 

En las formulaciones más habituales, el cuidado al que se refieren esas teorías hay que entenderlo en un sentido amplio. Una definición de cierto curso es la de dos científicas sociales norteamericanas, Berenice Fisher y Joan Tronto, que ya cuenta con un par de décadas: “En el nivel más general, sugerimos que el cuidado puede entenderse como una actividad de la especie (humana) que incluye todo lo que hacemos para mantener, prolongar y reparar nuestro ‘mundo’, de tal modo que podemos vivir en él lo mejor posible. Este mundo incluye nuestros cuerpos, nuestras individualidades y nuestro entorno, todo lo cual aspiramos a entretejer en una telaraña compleja, sustentadora de la vida”. 

Si aceptamos una definición así, es bastante obvio que los cuidados no se limitan solo a la crianza de los hijos, la atención y la cura de los enfermos, el acompañar a la gente mayor, las ayudas a la gente con discapacidad, el consejo a los amigos, las ayudas mutuas entre vecinos, o, no en último lugar, los cuidados mutuos en las parejas. 

Incluyen, muy en primer lugar, cuestiones muy básicas, ligadas a la supervivencia y al mantenimiento de unos determinados niveles de vida, de bienestar material—que no suele ser solo material. Es decir, necesitamos producir y distribuir el conjunto de bienes y de servicios que constituyen la gran mayor parte de lo que incluimos en las cuentas económicas nacionales. 

En los tiempos de la pandemia que afrontamos, los cuidados más directos son más obvios; el cuidado a los enfermos, en particular, y no en vano admiramos y reconocemos el trabajo de quienes lo están procurando, médicos, personal de enfermería, y el resto del personal sanitario. 

Pero también saltan a la vista cuidados mutuos de los que somos menos conscientes, tales como las conductas orientadas a no contagiar con el nuevo coronavirus, en general a nadie, y menos todavía a quienes más pueden sufrir por ello, los mayores. Lo que nos recuerda que cuidar siempre implica procurar no dañar a los demás, ni siquiera involuntariamente. 

En ese caso, cuidar no implica una relación directa, basada en el cariño, en la empatía cercana, en la consanguinidad, en la compasión por el débil o el vulnerable que tengo ahí delante, en el prójimo en el sentido más estricto de la palabra. Por el contrario, cuidar implica una consideración muy racional, casi abstracta, planteada en términos de empatía no por los cercanos, sino por los lejanos, los compatriotas, por ejemplo. Cuidar implica una forma sui generis de acción colectiva, de coordinación en aras de un bien común esta vez bastante bien identificado. Siempre hay alguna emoción, alguna pasión que impulsa a cuidar a los demás, pero en este caso lo que prima es el razonamiento, un razonamiento casi matemático, el que está detrás de los esfuerzos individuales y colectivos por reducir por debajo del 1 el que denominan número reproductivo básico, lo que significa evitar que la epidemia se extienda. 

Durante varias semanas pudo ser menos obvio que cuidar también implica producir y distribuir bienes y servicios, ante la urgencia de reducir lo más posible el número de fallecidos. Pudo serlo, pero no dejó de serlo: los alimentos, los productos de limpieza, las medicinas, etc., tenían que seguir llegando a nuestros hogares. El personal sanitario ha necesitado de múltiples recursos materiales para desempeñar su labor, y ha habido que acopiarlos a marchas forzadas, no siempre con éxito. Ahora, en un momento distinto de la epidemia, cuando nos proponemos ir recuperando una vida más o menos normal, es mucho más obvio que si la producción de bienes y servicios no se recupera en la medida suficiente, el resto de los cuidados también se resentirá, gravemente, comenzando por el cuidado de la salud. No se trata de lo uno o de lo otro, sino de la combinación apropiada de ambos. 

Hace unos meses, en una reunión de gente cercana, preocupada por el futuro del país, justo antes del desencadenamiento de la epidemia, hablando de nuestro sistema de bienestar, proponía considerar una expresión: “nos cuidamos con cuidado”. Es decir, organizamos un sistema de bienestar, con sus componentes público y privado, con el alcance adecuado, enfocado especialmente enfocado en los más vulnerables, los más necesitados de cuidados, pero lo hacemos con cuidado, es decir, con prudencia, con sensatez, por ejemplo, haciéndolo compatible con los niveles necesarios de crecimiento económico, entre otras cosas. 

Cuando lo proponía estaba, sin ser consciente de ello, jugando con tres de las acepciones de la palabra “cuidar”: la más inmediata, en aquel contexto, la de “asistir, guardar, conservar”, pero también las de “poner diligencia, atención y solicitud en la ejecución de algo” y “discurrir, pensar”. Lo que no sabía entonces es que la palabra “cuidado” viene del latín “cogitatus”, el participio de “cogitare”, es decir, pensar, reflexionar. 

Es lo que nos queda por delante en esta crisis sanitaria que ya es una gravísima crisis económica: seguir participando en ese sistema de cuidados con los sentimientos apropiados, todos, comenzando por los gobernantes y acabando por el último adolescente que no sufrirá la enfermedad o la sufrirá sin darse cuenta, pero también, y sobre todo, con las dosis de reflexión, de inteligencia, de conocimiento apropiadas. No estoy seguro de que hasta ahora hayamos contado con las suficientes, pero, desde luego, no tenemos más remedio que hacer acopio de ellas en las próximas semanas y en los próximos meses.

 

Transcripción de la intervención para el Club Tocqueville: "Juan Carlos Rodríguez / MIRADAS ANTE LA CRISIS DEL COVID-19"


Constant y la Libertad en tiempos de cambio

 

 

Salvador Otamendi. Estudiante. Alumno del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

"Adáptese a las circunstancias" es lo que aconseja a Yuri Zhivago un soldado del ejército del zar Nicolás II que marcha a Petrogrado, poco después renombrado Leningrado, para servir en la Guardia Roja. Es 1917, un año de cambios clave en el devenir de la historia: en febrero estalla el primer capítulo de la fase revolucionaria rusa; EEUU, hastiado por los ataques de la armada alemana a su marina mercante, declara la guerra al II Reich, inclinando la balanza de forma definitiva a favor de las potencias aliadas en la Gran Guerra; y el presidente Wilson, a finales de aquel año, comienza a vislumbrar los célebres Catorce Puntos que sentarán las bases del nuevo orden internacional.

Generalmente, el maremágnum de acontecimientos que contiene toda crisis pone en juego la libertad humana. Una de las salidas más corrientes es la que le plantea el revolucionario anónimo al doctor en la película de David Lean: renunciar a la libertad y amoldarse a la nueva tiranía, sea ésta cual sea. Es un comportamiento dudoso para algunos —pero conveniente para la mayoría— que quizá se pueda explicar como una inclinación biológica en clave darwinista, o sea, sólo sobrevive quien mejor se adapte a los entornos cambiantes.

El creador de Vikingos prepara una serie sobre Doctor Zhivago ...

En más de una ocasión, Zhivago, el joven poeta de vocación y médico de obligación, se plantea qué camino escoger. Tomemos como referencia al personaje de la novela y no tanto al del film, pues siendo la de Lean una obra de una calidad cinematográfica exquisita —baste recordar los vastos paisajes panorámicos, las miradas, las despedidas— no contempla todos los conflictos políticos, sociales y espirituales que sí se plasman en el libro. En la novela de Pasternak, la imparable marcha de los tiempos históricos sí está presente. Y, más allá del idilio trágico entre Yuri y Lara, el lector puede ver un análisis del cambio de época: una transición del mundo antiguo al nuevo; el ocaso del siglo XIX y la entrada, ya sí, en la centuria de los totalitarismos; la sustitución de las guerras imperialistas por las ideológicas; la caída de las costumbres y el surgimiento de nuevas prácticas sociales. 

Un mismo panorama podemos hacer del siglo XXI, el “siglo de las incertidumbres”: crisis, inestabilidad, inseguridad, confusión, brotes de reaccionarismos, nostalgia por edades doradas pasadas, ánimos alicaídos, decadencia, esperanzas depositadas en lo finito e inmediato y deseos de líderes firmes. Son sólo algunos exabruptos, expuestos aquí finamente, oídos en los bares de Europa. Y, por si fuera poco, no se olvide el más habitual: que cualquier tiempo pasado fue mejor. 

Este discurso de cambio de página, o capítulo si queremos hacerlo más dramático y misterioso, no es, ni mucho menos, original. Como casi todo en la historia, encontramos sus voces gemelas en el pasado. Y si hay una que destaca en el mundo de las ideas es la de Benjamin Constant. El polemista francés defendió en De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos lo que significa la libertad individual en la modernidad que se abría paso en los albores de la Restauración borbónica en el país galo, allá por 1819. Esto suponía un valiente ejercicio: elevar la voz contra el regresivo sentir popular hacia posturas más propias de la libertad de los antiguos y apostar por la libertad de los modernos.

La situación que le tocó vivir puede encontrar sus semejanzas con nuestro presente: el Antiguo Régimen terminaba sus días en Francia frente al advenimiento de la Monarquía constitucional; en el plano social, la edad industrial empezaba a producir cambios de diversa magnitud —él habla de “sociedad comercial”— y las turbulentas aguas revolucionarias que provocaron varios lustros de guerra en Europa daban paso a un tiempo de aparente calma institucional en territorio francés. Sin embargo, este sosiego no tranquilizaba a Constant y de ahí que viera necesario explicar a sus colegas por qué, en este momento postrevolucionario, había que salvar la modernidad frente al jacobinismo y el reaccionarismo que reaparecían entre la opinión pública parisina.

Ante el murmullo popular, en gran parte receloso de estos cambios, Constant se pregunta por la manera de fundar un nuevo régimen cuando en el pensamiento de la mayoría de los franceses ya no gobierna una cosmovisión propia de tiempos prerrevolucionarios. Un régimen, la modernidad, presidido por la libertad del individuo, entendida como el disfrute de toda una retahíla de derechos… y obligaciones. Aquí la alerta de Constant: siendo el “anhelo de los modernos (…) la seguridad en los goces privados” y las libertades “las salvaguardas que otorgan las instituciones para dicho disfrute”, todo puede echarse a perder en cuanto los hombres desatienden la libertad política, llegando a caer en una especie de dulce dictadura. Sirva la sociedad de Un mundo feliz de Aldous Huxley como una distópica aproximación a lo que ya previo Constant: el embobamiento en torno a los intereses privados puede provocar que “renunciemos con demasiada facilidad a nuestro derecho a participar en el poder político”.

Además del bicentenario que cumple este discurso, el interés del mismo recae en su idoneidad para hacernos las preguntas clave en estos momentos de cambio que estamos viviendo: ¿hasta dónde ha llegado el ensimismamiento de las sociedades occidentales? ¿Hemos renunciando a la libertad política hasta tal punto de hacer peligrar la comunidad política y sus instituciones construidas tras siglos de ímprobo esfuerzo? Leer a Constant, entre otros, puede servirnos de impulso inicial para valorar hasta qué punto está en juego la libertad o, mejor, para no olvidar que si a algo nos insta la libertad política es a cuidar y reformar nuestras instituciones más queridas.


Antonio García Maldonado: El contraste de la pandemia radiografía el malestar (y la esperanza)

Antonio García Maldonado. Consultor y ensayista.

Desde el inicio de la pandemia, junto al drama cotidiano de los muertos y el derrumbe económico, ha convivido otro fenómeno curioso: el de inquirir a expertos en distintos campos del saber y de distintos sectores "cómo será el mundo tras la Covid-19". Nuestros medios y redes sociales se llenaron desde el comienzo de vaticinios, afirmaciones, predicciones y opiniones sobre cómo luciría el mundo tras superar el trauma del coronavirus. Y no era tanto un exceso de oferta como una hipertrofia de la demanda de respuestas: casi todos los que opinan lo hacen porque se les pregunta. Algo lógico, porque el ser humano necesita certidumbre –por más que el mundo económico y laboral, entre otros, se basen en gran medida en lo contrario, y de ahí bastantes de nuestros males colectivos–. Decía Cicerón que "la seguridad de la gente es la Ley Suprema", y en base a ella buscamos coordenadas básicas para manejarnos en este interregno doloroso.

Sin embargo, nadie sabe nada. No hay ningún arcano que ningún Oráculo pueda desentrañar para nosotros consultando ni las tripas de un ave ni recurriendo al Big Data. Porque no puede haberlo, o mejor, porque no debe haberlo. Asumir que podemos saber cómo serán las ciudades, o los empleos, o las casas, o las familias del futuro inmediato, es tanto como aceptar que nuestro papel en dicho futuro es nulo, en la medida en que si se puede anticipar es porque está prefijado. Sin duda hay tendencias de fondo, muchas de las cuales se venían observando antes de la pandemia, que nos ponen tras pistas sólidas en cuanto al funcionamiento de nuestra sociedad y de sus instituciones formales e informales. Pero de ahí a establecer escenarios tan definidos y cerrados, media un buen trecho que deberíamos –ciudadanos y expertos de todo tipo– tomar con cautela.

Sin embargo, esta profusión de vaticinios, así como la demanda que la provoca, nos muestra algo importante. El coronavirus ha funcionado como una suerte de solución de contraste, como esos brebajes utilizados en medicina para ver mejor el interior de un cuerpo que quizá necesite tratamiento o cirugía. Cada pregunta y sus respuestas nos enseñaban, más que un vaticinio sobre el futuro, una clara insatisfacción con determinados aspectos del presente y del pasado reciente. Síntomas no tanto de cómo creemos que deben ser nuestras sociedades, sino un hartazgo claro ante algunas de sus realidades actuales. De ahí que sea lícito ver en este exceso de vaticinios el síntoma positivo de una mínima esperanza de que las cosas deben cambiar –por más camufladas que estén las afirmaciones en un van a cambiar–, y no el cinismo desencantado tan habitual en otros momentos.  

 

Cuando se vaticina un nuevo impulso a las relaciones afectivas con amigos y familia, emerge la soledad presente. Cada vez que se prevé un futuro de ciudades más cohesionadas, verdes y mejor conectadas, asoma detrás el hartazgo por la insalubridad de unas urbes contaminadas e incómodas para vivir, no digamos para criar una familia. De la misma forma que cada vez que se augura el impulso definitivo a flexibilidad del teletrabajo, lo que destaca de fondo es el empacho de los atascos, la sensación de derroche vital al llegar a casa a deshoras con demasiada frecuencia. Si creemos que las democracias serán más consocionales y los líderes más dialogantes no es tanto porque ningún elemento nos lo haga creer así –las opiniones divergen aquí mucho–, como por el cansancio lógico ante una polarización exagerada, agobiante y desbordada. O si creemos que los ciudadanos aumentarán su consumo de prensa seria y rechazarán los bulos se debe más a nuestro deseo de cambiar el ambiente de una conversación pública imposible que porque los datos objetivos nos indiquen que vaya a ser así. Como le gusta decir a Manuel Arias, "toda predicción se sostiene secretamente en el deseo".

Uno de los vaticinios más significativos ha sido el de que muchos trabajos poco o mal considerados hasta ahora tendrán más reconocimiento material y simbólico en el futuro. Dado que entre quienes más nos han ayudado a sortear el confinamiento han estado cajeras, repartidores, riders, camioneros o kiosqueros, es lógico pensar que así será, al menos por un tiempo. Pero no deja de ser, también, una denuncia de un presente y un pasado reciente realmente cruel a este respecto. Décadas en las que se desplegó un lenguaje excluyente y darwinista social respecto al valor de determinados empleos y sectores –y regiones e incluso países– que no podía terminar bien. En nombre de la innovación y la competitividad –objetivos loables, en principio– se ha despreciado a mucha gente tratada sólo en base a sus habilidades –o skills, en la jerga–, sin más consideración ni a su dignidad, ni a su papel en el mundo, ni a sus necesidades más elementales, entre las que están un salario suficiente, pero no sólo eso.

Todo este debate se ha resumido en la pregunta dicotómica de si de esta pandemia saldremos siendo "mejores o peores". El hecho de que preguntemos y vaticinemos transformaciones positivas implica que esperamos algo digno del futuro, y eso ya es significativo respecto al pasado inmediato. Por eso, la solución de contraste de la pandemia ha revelado las múltiples caras del malestar, pero también ha mostrado que seguimos atesorando expectativas y esperanzas. Como si el médico que nos analizara hubiera encontrado múltiples patologías, pero también una fortaleza inesperada en nuestro sistema inmune capaz de doblegarlas pese a que el primer diagnóstico apresurado nos daba por perdidos. No es poco.  


 Ricardo Franco: El compás jondo de cada día

Ricardo Franco. Director de la Editorial Nuevo Inicio.

Qué difícil es meter en la exigua horma de este artículo todas las palmas y silencios de nuestro cante. ¿Cómo  voy a canalizar todo este torrente para que ustedes beban? Pero algo hay que decir; así que me arranco…

  Podríamos aludir a un estrato popular como “verdad musicalizada de la experiencia”, pero ciertamente, una descripción así no llevaría a nadie al Sacromonte o a un tablao de madrugada. Por eso, es mejor partir del contenido emotivo, humano, por tanto universal, del cante jondo.

  Para ir haciendo boca, y polarizando al máximo el ejemplo,  imaginemos a un hombre  que sufre  ese escalofrío mortal que nos atraviesa a nosotros, sobre todo ahora. Pero su creatividad y su sensibilidad, en este contexto de fatiguita doble, sublimó el escalofrío en tercios y coplas acompasadas, aprendidas de otros, quién sabe cuándo. Al ver pasar un carro hacia la morgue reconoció una mano. Quizá de su hija. Quizá de su madre, o de su amada: 

“En er carro de los muertos,

ayer pasó por aquí,

yebaba la mano fuera...

por eya la conosí”

Esto es el Cante Jondo. Pellizco, picotazo, y gañafón de un drama incomprensible. De nuestro mismo drama por antonomasia. Un drama a compás de nudillo y palmas  donde descargar el peso de la jornada o ensalzar un fugaz e inesperado gozo. 

El cante es como un árbol del que cuelga la trágica  seguiriya, la solemne Soleá y los Fandangos arracimados en centenares deTarantas, Granaínas, y Malagueñas, pero su raíz nace de una herida sin anestesiar de sufrimiento y belleza indescriptible, excepto para el cantaor, que se convierte, de este modo, en voz rumiante y profética de nuestra experiencia humana. 

Todavía cae la sombra sobre el origen y formación de nuestro arte. Ahí tienen trabajo de sobra filólogos y musicólogos.  Sí podemos decir que el Mediterráneo esparció hasta nuestra costa el milenario canto de Tartessos, el lamento judío y el musulman; cómo no, también el cristiano; incluso vinieron sones del Nuevo Mundo para desembocar como riachuelos en el aljibe profundo de un hombre andaluz, que recoge en su memoria todo ese flujo milenario. 

Desde el romance de Castilla hasta el cancionero de Demófilo, padre de los Machado, la literatura cede, -o el Flamenco toma- un torrente de imágenes y contenido. También los cantaores, analfabetos de cuna,  pero doctores de vivencias, crean  infinitos tercios sobre el amor y los celos, la vida y la muerte, el vino y el hambre. Porque la creatividad no distingue clase social ni pajaritas blancas para ser culta. No hay más que recordar a Manuel  Santos Pastor “Agujetas”, flamenco salvaje, paradigma gitano, desentendido de la  servidumbre educativa y selectiva del payo, que abandona su fragua e inventa mil estrofas sembradas de noche y paridas al alba de su memoria sin fondo, como si la ausencia de letras y números hubiera dejado el espacio necesario donde desbocar su poética rabia. Y yo me pregunto si eso no es cultura ¿No hacen lo mismo el compositor o el poeta? Entonces, ¿Por qué el Flamenco es mirado con desdén? ¿Quién decide la altura cultural de una expresión? ¿Quién sabe…?

 

El hecho es que el Flamenco ha sufrido dos grandes desprecios:

El desprecio clasista de cierta intelectualidad que lo desterró al limbo de lo “folclórico”, y la ignorancia supina de las españolitos, acomplejados de sí mismos, y religiosamente entregados a colonizadores divertimentos foráneos, “porque eso sí que es moderno…” Pero el Flamenco,-no lo olvidemos-, es la celebración poética y musical de la vida -sin censuras melindrosas- cuyo nacimiento no está en conservatorios o pentagramas, sino alrededor de las fogatas de las gañanías, los patios de vecinos, las fraguas, las barberías, los bares y burdeles con un mismo fuego: el fuego del hombre hecho Cante como profecía sedienta de otro mundo. 

Su génesis está circunscrita a las familias- sobre todo gitanas-, a los amigos, a las comidas y las cenas, a las tareas diarias que conforman lo humano, cuando el hombre no sufría  la injerencia abusiva de la tecnología, y necesitaba encontrarse y divertirse con los otros. De hecho, y como muestra de este triste botón desgastado, ya no nacen artes como el nuestro: único y misterioso. Es más, casi parece que ya no nace nada realmente bello, desde que nos abrazamos a un eterno presente que desdeña la tradición, el encuentro fraterno y el pasado.

En cualquier caso, el Flamenco no necesita defensa, porque se defiende solo. Le basta ser visto y escuchado,-en vivo a ser posible-, y dejarle respirar: que respire un poco en su silencio. Porque el Flamenco fetén, “el que sabe a sangre” en la boca de la Piriñaca -no el de radiofórmulas de hora punta-, es un acontecimiento  de humanidad tal que la televisión o la radio no logran reproducir. Hace falta estar encima, escuchar el aliento cantaor y el golpe de los dedos en la guitarra, como llamadas en la puerta de una vida que no ha cumplido su palabra. Entonces sí comprenderemos aquel temblor remoto, primigenio y anterior a todo, incluso al dinero y al prejuicio, para ver la fragua, la mina, el corredor carcelario, la flor silvestre, los amores, el agua clara, el verde oliva de unos ojos que ronean, y los tragos de asombro que se vuelcan en las grietas de esta voz centenaria. 

Quiero terminar recordando el eco jerezano de mi amigo José Duende, cantaor de las Cavas de mi Madrid calé, que en noches insomnes invocaba al espíritu melancólico de la Soleá para aligerar el peso de nuestra penas entrelazadas “como la morera por los vallaos”, y  mi corazón entonces, soñaba en sueños un no sé qué de horizonte atardecido, donde liberarnos por fin del peso de las duquelas y sus bajonazos. 

Por Undebé se lo pío…Acérquense al Flamenco. Háganse el favor. Háganme caso. Seguramente vibre en su alma algún compás perdido de ese Espíritu que sobrevolaba el  primer amanecer del mundo, alumbrando un nuevo canto.


El Estado servil, cien años después

Javier Conde es ingeniero aeronáutico y economista. Alumno del Programa de Formación Política de la Fundación Conversación.

A comienzos del siglo XX, el escritor británico Hilaire Belloc (1870-1953) publicó El Estado servil. En este ensayo, sostenía que el sistema capitalista de comienzos del siglo XX era inestable y, en su disolución, avanzaba hacia una sociedad donde la propiedad se estructuraba de una forma que recordaba a la antigua Roma o la Grecia clásica. Allí, muchos de sus habitantes —empezando por los esclavos— estaban obligados a trabajar para una minoría propietaria a cambio de un sustento vital básico.

En la sociedad medieval, la propiedad de los medios de producción tenía un importante grado de reparto, una forma que Belloc denomina “Estado distributivo”. En este Estado se encuentran, a un lado, aristócratas y reyes junto a la Iglesia. Al otro, pequeños propietarios agrarios y los habitantes de las ciudades organizados en gremios.

La Reforma protestante inició un proceso de concentración de las tierras en los grandes propietarios a costa de la Iglesia y del rey, quedando el sistema productivo cada vez en menos manos. Es entonces cuando se desarrolla el capitalismo que, a hombros de la revolución industrial, deja a un importante segmento de la población desamparado, en contraste con la creciente opulencia de industriales y comerciantes.

Nace, entonces, el socialismo en sus diferentes variantes, como respuesta a la creciente desigualdad, sí, pero especialmente a la miseria de una clase obrera vulnerable ante los vaivenes de los ciclos económicos. Belloc ve en esta ideología y la colectivización de medios de producción una alternativa al Estado capitalista, pero considera que otro modelo se impondrá gracias a la transacción entre grandes capitalistas, burgueses reformistas y el mismo proletariado. Los primeros asegurarán a los terceros mejores condiciones de vida que las de la época a cambio de trabajar para ellos: un “pan y circo” a cambio de paz social, que vuelve a recordar a la Roma imperial.

 

¿Nos encontramos en esa tesitura? Un siglo después se puede analizar en qué medida se han cumplido sus predicciones.

La inestabilidad creciente del capitalismo se palpa en la crisis económica posterior a la Gran Guerra y, más adelante, durante la Gran Depresión. De ella sólo se acabará de salir con la gran movilización de la II Guerra Mundial, de la que se puede culpar a los experimentos nazi y fascista, quizá las sociedades que más se asemejen al Estado servil: todos sirven al Estado y a la industria bélica, quien disiente se arriesga a ser castigado.

El arranque convulso del siglo XX y su continuación se caracterizan en Occidente por un pacto entre socialistas y conservadores que fomenta unas sociedades más reguladas, donde el Estado es propietario de gran número de empresas industriales y de servicios; parece que nos encontramos ante un sistema capitalista parcialmente colectivizado, que garantiza el sustento digno de casi todos. Esta fue la alternativa al capitalismo de comienzos del siglo XX, basada en el acuerdo de los representantes del proletariado y la burguesía. Sin embargo, falta la compulsión al trabajo para asemejarse al Estado servil que describía Belloc.

Este orden comienza a desmoronarse a partir los años 70 del siglo XX por causas diversas y, ante la ineficacia del sistema vigente para atajarlas, comienzan a cuajar las ideologías que apuestan por menos Estado y más capitalismo. El declive industrial de los años 80 trae al primer plano el fenómeno del desempleo. Esta vez el Estado no deja en la miseria a los ciudadanos que, gracias al sistema de ayudas, quedan protegidos durante un tiempo. Algunos, sin embargo, acusan a estos subsidios de estar gripando la máquina del progreso económico. Además de las oleadas de privatizaciones, una de las respuestas a este desafío que encontramos en umbral del siglo XXI es la Agenda 2010 de la socialdemocracia alemana: las prestaciones sociales se someten a una mayor condicionalidad. No es obligatorio trabajar, pero es más necesario y no está garantizado. Además, el trabajo estable es cada vez menos abundante.

Mientras tanto, asistimos a la pérdida de poder adquisitivo de todos menos de las élites, tendencia que la crisis financiera de 2008 no ha hecho sino exagerar. Parece que llevamos ya varias décadas de retorno hacia el Estado capitalista que Belloc consideraba definitorio de su época, una de cuyas características es la inestabilidad: un castillo de naipes construido sobre el multilateralismo, el turismo de masas y la financiarización de la economía, que se halla amenazado por los populismos, el cambio climático y que sorprende al mundo, hoy, con una crisis sanitaria global.  

Vuelven a resonar palabras como nacionalización de empresas y renta básica universal, lo que no puede sino devolvernos al debate de El Estado servil de hace cien años, quizá ahora con la redistribución de una riqueza cada vez más desigualmente repartida en el foco: por una parte, ésta circula ahora en forma de complejos instrumentos que financian, por ejemplo, unas viviendas cada vez más caras o la deuda de las empresas y estados. Por otra, nuestra elevada productividad ha logrado que muchas de nuestras necesidades básicas puedan ser cubiertas con una pequeña fracción de los ingresos de la mayoría. En este nuevo mundo feliz la servidumbre tendría consecuencias menos onerosas que las que pudo imaginar Belloc, quedando a nuestro albedrío si deseamos ocuparnos y cómo.

Para encauzar este nuevo escenario serán necesarios sucesivos amplios acuerdos políticos. Esperemos que nos permitan recuperarnos del shock, sin olvidar que las democracias deberíamos saber preservar, además de nuestro bienestar, nuestros derechos y libertades frente a algunas alternativas que pueden salir reforzadas en la desorientación actual.


Belén Becerril: Imperfecta e imprescindible

Por Belén Becerril. Profesora de la Universidad CEU San Pablo. Subdirectora del Instituto de Estudios Europeos del CEU.

En las últimas semanas se ha hablado a menudo de una crisis existencial de la Unión Europea, poniéndose en duda incluso su propia supervivencia. Como es lógico, la crisis que vivimos no ha provocado el cuestionamiento existencial de China o de los Estados Unidos. Sin embargo, dicen algunos, la Unión no es una nación, es sólo un proyecto y, por lo tanto, se legitima por sus resultados. Pende siempre de un hilo.

En realidad, la crisis ha acompañado siempre la integración europea: el fracaso de la Comunidad de Defensa en sus primeros años, la quiebra del sistema de votación en los sesenta, el no danés al Tratado de Maastricht, el fracaso del Tratado Constitucional… La historia de la integración incluye, junto a sus logros extraordinarios, una larga sucesión de tropiezos, de proyectos frustrados, de desafíos. En los últimos años, la crisis económica y financiera y la de refugiados han ocupado un lugar muy destacado en esta larga lista de dificultades. También la retirada del Reino Unido, una crisis agónica, prolongada a lo largo de cuatro años.

Como era de esperar, la pandemia que sufrimos ha despertado, si cabe en mayor medida, las voces de los agoreros. Estas se unen a las muchas que desde los medios anglosajones señalan desde hace años el colapso de la Unión o el inminente final del euro. El proceso de integración no es irreversible, como bien ha puesto de manifiesto la retirada británica, pero, ¿tiene sentido, en nuestros días, plantear cada crisis en términos existenciales?

Creo que a menudo, tras el discurso apocalíptico, late la frustración causada por algunas expectativas infundadas.

En primer lugar, muchos esperan que la Unión resuelva con éxito los problemas planteados en ámbitos en los que carece de competencias. En salud pública, por ejemplo, las competencias quedan en manos de los Estados miembros. La Unión no puede sustituir la competencia nacional y toda armonización está expresamente prohibida por los Tratados. Sólo le queda la posibilidad de fomentar la cooperación entre los veintisiete gobiernos... algo difícil cuando deciden las autoridades nacionales y no hay posibilidad de adoptar decisión alguna por mayoría cualificada.

En segundo lugar, muchos esperan de la Unión la plasmación perfecta de sus ideas políticas. Con frecuencia, las críticas a las políticas europeas vertidas desde la derecha o la izquierda parecen poner en duda la misma legitimidad de la Unión Europea. Para algunos conservadores y liberales esta sólo se concibe en tanto y en cuanto refuerce las libertades del mercado interior o exija a los Estados miembros políticas económicas ortodoxas. Para algunos socialdemócratas, en cambio, la Unión sólo se justifica en la medida en que desarrolle políticas de solidaridad y muestre flexibilidad hacia las políticas fiscales. Buen ejemplo de ello son las voces que desde de la izquierda española han sugerido, en las últimas semanas, que una Unión sin eurobonos es insolidaria e inútil.

La Unión Europea no es perfecta. No resolverá todos nuestros problemas, ni saldrá airosa de cada crisis, menos aún, cuando carezca de competencias. Tampoco será nunca la plasmación de nuestros ideales, ni nos librará, afortunadamente, de la pluralidad que caracteriza al espacio político europeo. Siempre habrá tensiones entre sus Estados miembros. Siempre habrá que ajustar las claves del reparto competencial.

Pero, con todas sus limitaciones, la Unión Europea es un gran éxito colectivo del que podemos estar orgullosos. Como se ha dicho, un éxito inverosímil, a la luz del pasado europeo. Y también, un marco capaz de afrontar con éxito los retos que plantea la sociedad global de nuestro tiempo -  las pandemias, las crisis financieras, el cambio climático, la transformación digital… -. Retos ante los que los Estados, en solitario, sólo pueden fracasar. Europa es imperfecta, pero también es imprescindible.

Tras setenta años de integración, la Unión es mucho más que un proyecto, es una construcción sólida y madura, basada en una identidad cultural, latente bajo la rica diversidad europea, y en unos valores compartidos. Construida en torno a un gran espacio de libertad que llamamos mercado interior, con unas instituciones comunes y unas normas aceptadas por todos.

Por lo demás, el discurso apocalíptico a menudo nos oculta los pasos en la integración que acompañan a cada crisis. Llama la atención, por ejemplo, el silencio de los medios ante la propuesta de la Comisión de aumentar el presupuesto de la Unión hasta el dos por ciento del PIB, algo inconcebible hace tan sólo unas semanas. Parece mentira que, tanto tiempo después, las palabras de Jean Monnet sigan resultando tan certeras: “Siempre pensé que Europa se haría entre crisis y sería la suma de las soluciones que diéramos a estas crisis”. Mientras, los agoreros anuncian el colapso de la Unión.


Ruido

Por Roberto Inclán. Editor y analista de política alemana.

¿Está la salud por encima de la economía y la seguridad pública por encima de nuestras libertades? La respuesta de nuestros políticos actuales a estas dos difíciles cuestiones ha sido un rotundo sí, al menos por el momento. Si bien la crisis sanitaria provocada por la covid-19 no ha afectado a todos los países por igual, sí ha marcado la tendencia de que merece la pena pagar el coste económico que sea necesario para proteger nuestra salud y nuestras vidas. Donde sí está habiendo mayores diferencias no es en el objetivo final, sino en las maneras para afrontar esta situación.

Como afirma el profesor Ángel Rivero en su libro de Geografía del populismo, el populismo es una expresión del malestar con la democracia, generalmente a partir de un contexto de crisis: económica, cultural, política o social. Para ello, el populismo necesita permanentemente un enemigo sobre el que focalizar la culpa de los males de la sociedad y ser el causante de las crisis: los ricos, la casta, los inmigrantes, etc. Como parte de su discurso antipolítico, ofrece soluciones simples a los problemas complejos de las sociedades modernas. En la actualidad, la imposibilidad de que “un virus chino” sea un enemigo político creíble para la mayor parte de la ciudadanía, provoca que su eficacia comunicativa habitual sea menor, y las personas prefieran otro tipo de liderazgos.

En este sentido, el ruido constante y los mensajes contraproducentes generados por líderes “carismáticos” como Trump o Bolsonaro han quedado silenciados por otro tipo de liderazgo más eficaz e inteligente como el de Angela Merkel, con palabras y respuestas bien recibidas por la mayoría de la población, como así muestra su subida de un 8% en la última encuesta realizada por Forsa en Alemania y que confirman la posición de dominio de la CDU (38% del total). Por el contrario, en los datos del partido Alternativa para Alemania (AfD, en sus siglas en alemán) se observa una caída de un 4-5% en los dos últimos meses (10% del total), debido a la incapacidad para ofrecer alguna propuesta de calado en la sociedad alemana. Esta desorientación de los partidos populistas no es exclusiva de Alemania. En el caso de Austria, el Partido de la Libertad de Austria (FPÖ) también cae un 3%, según los datos de Europe Elects. Una explicación a esta situación podría ser que, tanto en el caso de Austria como de Alemania, la crisis está siendo mucho menor en términos sanitarios que en otros países más afectados, como España o Italia. No obstante, el comportamiento de la Lega de Matteo Salvini o de Vox de Santiago Abascal, también muestra una caída en las encuestas de ambas fuerzas políticas –un 2,8% menos en el caso de la Lega y un 1,8% en el de Vox–.

Ante la posibilidad de elegir entre discursos más radicales o más moderados, estas sociedades están apostando por un rechazo de la radicalidad y por una mayor confianza en quienes, sin hacer tanto ruido, logran solucionar los problemas del presente a los que se deben enfrentar. La crisis sanitaria creada por la expansión de la covid-19 obliga a los líderes políticos a adoptar medidas complejas y eficaces. En un primer lugar para salvar vidas y lograr el menor número de afectados posible, y posteriormente para reactivar la economía y tratar de tener una recuperación rápida y exitosa.

A pesar de todas las incertidumbres, si algo parece claro es que de esta crisis sanitaria los Estados saldrán con un gran aumento de su deuda pública y, por tanto, con la necesidad de llevar a cabo una serie de recortes que tendrán un impacto en la sociedad. Será en este escenario más económico y de miedo donde sea más probable que los mensajes populistas vuelvan a tener una mayor acogida y puedan volver a encontrar un blanco a quien culpar de los males de nuestra sociedad democrática. O quizá de todo lo malo que nos ha traído la covid-19 hayamos aprendido alguna lección.