La apertura como disolución

06 mayo, 2021 | Isaac Martín García | Categorías: Análisis Político, Espacio joven | 0 comentarios
Isaac Martín García

Asistente parlamentario en Congreso de los Diputados

El retorno de los dioses fuertes (Homo Legens, 2019) de R.R. Reno (1959) es una audaz síntesis de la corriente superficial del consenso de la posguerra en Estados Unidos. El punto de partida es el concepto de sociedad abierta de Popper, sobre el que Reno elabora la recurrente dicotomía de dioses débiles-dioses fuertes. El recorrido de la obra ofrece un análisis del despliegue de esa sociedad abierta y sus aliados. 

Más allá de la sucesión temporal, la posmodernidad se manifiesta como un “de aquellos polvos estos lodos” de la modernidad. La emancipación (hoy diríamos de forma un poco más cutre, empoderamiento), como Libertad, presupone la eliminación de la verdad, ya que plantear una cuestión acerca de la misma frenaría esa preconizada apertura. Es preferible, pues, hablar de “sentido”. Frente al conocimiento (que, desde estos presupuestos filosóficos, como tal, no tiene cabida), el “pensamiento crítico”. 

La tesis que entraña la dicotomía esbozada por Reno es esta: nos encontramos bajo el yugo de los dioses débiles tras la expulsión de los dioses fuertes (verdad, patria, familia, etc.) de la res publica, pues son obstáculos a la Libertad que ha de abrirse paso. La coartada es la evitación de las tragedias del siglo XX, generadora de categorías indeseablemente dilatadas más allá del umbral del nuevo milenio. 

A mi juicio, este abrirse paso de la Libertad en realidad se vale de los dioses débiles de forma provisional. Los dioses débiles −como “instrumentos de dominación”, según reza el prólogo de Adriano Erriguel− son transitorios. En definitiva, también son un obstáculo. Servirán en la medida en que sean, precisamente, un instrumento para que el Estado devenga plenamente social. Dicho de otro modo, guiarán en la búsqueda de liberaciones individuales como formas “gnóstico-individualistas”, en palabras de Javier Barraycoa. Cualquier atisbo de solidez, de relación, o hasta de osar decir de algo que es algo como tal, una realidad cualquiera, será arrasado, disuelto…

Las primeras consecuencias ya las palpamos, como una extendidísima “sociedad sin hogar”, dirá Reno; que es “la consecuencia existencial del debilitamiento a gran escala”. Y es que la “sociedad abierta nos educa en el desasentamiento, nos enseña a no abrazar convicciones estables ni amores comunes”. Higinio Marín lo expresa así en su obra Mundus: “La cultura contemporánea ha declarado la inhabitabilidad del mundo a favor del enaltecimiento de la existencia y su sujeto desarraigado, extranjero y nómada en un mundo como exterioridad”. 

Una particular conclusión que he extraído de la obra de Reno es que no ha habido ni hay sujetos que encarnen de manera más radical lo sistémico que los denominados “rebeldes” (“¡Prohibido prohibir!”). Su deriva puritana así lo pone de relieve. El desarraigo es conveniente. Que repudies tu realidad inmediata y anheles la huida es conveniente. El conflicto, la inestabilidad y el cambio por el cambio, son convenientes. Aunque incluso desde un punto de vista esencialmente pragmático parece evidente que una sociedad familiar y fuertemente vinculada es deseable en todos los sentidos, nuestro tiempo tiene una particular propensión por el desarraigo y la muerte. Todas las políticas públicas avanzan en este sentido.

El hecho de que los gerifaltes de la sociedad abierta, por ejemplo, muestren una aparente simpatía por el islam o los inmigrantes ilegales provenientes de África, no radica en su deseo de acoger verdaderamente a quienes profesan dicha fe o provienen de equis región, sino por lo que tiene de, podríamos decir, anti occidental. Esta es la operatividad del dios débil de la diversidad, al que unos idolatran y de los que otros se sirven para ejecutar sus pretensiones de transformación social. 

Las carencias de la obra no son ni mucho menos un defecto, ya que tiene naturaleza y fuerza de llave que facilita el acceso al estudio de corrientes de profundidad. “Una sociedad −dice Reno− vive de sus respuestas, y no sólo de sus preguntas; de convicciones, y no meras opiniones”. La apertura posmoderna, a la que Reno nos aproxima mediante un prodigioso esbozo, nada tiene que ver con la apertura de la razón, con vocación de conocer la vida buena. Pero hablar de vida buena supondría reconocer una vida, un bien; un dios fuerte, un enemigo de la sociedad abierta…

Un epílogo “insuficiente” nos invita a no ser “pusilánimes al disponernos a encarar el siglo XXI, que por fin despunta”. ¿Cuál es esta misión a la que Reno nos convoca? Cuidar, amar, restaurar los vínculos; renunciar a la deserción de la res publica.





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